Cuéntame lo que pasó en Irun

Tras los micrófonos, Rosi Pérez y José Sola, que ofrecieron su testimonio a los estudiantes. / F. DE LA HERA
Tras los micrófonos, Rosi Pérez y José Sola, que ofrecieron su testimonio a los estudiantes. / F. DE LA HERA

El proyecto Orbel Haizea recupera la memoria histórica a través del testimonio de personas mayores | 280 estudiantes de Pío Baroja, Irungo La Salle y CF Mendibil participaron en la segunda sesión del programa educativo

MARÍA JOSÉ ATIENZA IRUN.

Una larga cola de jóvenes espera la señal de entrada a las salas de cine del Centro Comercial Mendibil. No acuden al último estreno, pero lo celebran igualmente «porque nos libramos de dos horas de clase». En unos minutos, cuando los 280 alumnos de 1º de Bachiller de los institutos Pío Baroja e Irungo La Salle y del Centro de Formación Mendibil hayan ocupado sus asientos, se van a encontrar, frente a frente, con los iruneses José Sola y Rosi Pérez.

Rosi y José son dos personas mayores que participan en el programa educativo Orbel Haizea. Se trata de una iniciativa que coordina el área de Valores y Derechos Humanos del Ayuntamiento de Irun con la asociación Hezi Zerb y en colaboración con la Diputación Foral de Gipuzkoa y el Gobierno Vasco.

El programa comienza en las aulas con una primera fase de documentación y reflexión y continúa con una sesión de testimonios directos de personas que vivieron la Guerra Civil, el exilio y la dictadura. «Los testimonios que van a escuchar son fundamentales para entender la pequeña base teórica y el contexto histórico explicados en los centros», señalan los responsables del programa.

La presentación de José Sola, que vivió la guerra, el exilio y pasó parte de su dura infancia en el campo de concentración de Gurs y de Rosi Pérez, que huyó a Francia con su familia, perdió un hermano en la contienda (y aún no sabe dónde está enterrado) y regresó en la posguerra a su casa de Irun, en la que no pudo entrar porque estaba ocupada por otras personas, dejó a todos en silencio.

«Para que no vuelva a pasar»

«Vamos a contar lo que hemos pasado para que no vuelva a pasar». Así comienza el testimonio con acento francés de José Sola, el exiliado que nunca regresó, pero que se siente en casa cada vez que vuelve. «Nací en Irun en 1932», continúa. «Vivía en Oinaurre, con mis padres y mi hermano pequeño. Mi padre trabajaba en el depósito del Ferrocarril del Norte y mi madre en Hendaya, en el Palais de Cristal, que todavía existe. Llegó la Guerra Civil. Cayó un obús en el tejado de casa. Una noche que llovía mucho metimos algo de ropa en la maleta y nos fuimos al puerto de Hondarribia. Con una lancha llegamos a Caneta. Como mi madre trabajaba en Hendaya y tenía amigas allí, nos recogieron y estuvimos unos días con ellas».

La República resistía en Barcelona y la ciudad condal fue el siguiente destino de muchas familias huidas a Francia, entre ellas la de José. «Nos quedamos en Barcelona un tiempo, pero era una catástrofe, por los bombardeos. Cuando bombardeaban, bajábamos a la bodega. Un día, al salir de la bodega, vimos en la plaza un carro y un caballo muerto, pero no encontramos ningún hombre. Estaba la Cruz Roja. Buscamos. Era un edificio de cuatro pisos y al subir a la terraza encontramos brazos, pies y una cabeza. Lo recogieron todo y se lo llevaron».

Cuando la situación en Barcelona se hizo insostenible, «empezamos a marchar hacia Francia, una parte andando, otra en camión, como se podía. Venían los aviones y ametrallaban a la gente. Nos tirábamos a las cunetas. El que estaba abajo estaba protegido y el que estaba arriba no. Cuando llegamos a la frontera, en el Pertús, estaba el Ejército francés. Los hombres pasaban por Portbou para ir al campo de Argelès. A las mujeres y niños nos mandaron a Saint Flour, en el Cantal, donde fuimos bien acogidos en un convento de monjas. Mi padre salió del campo de Argèles porque hacía falta mano de obra y le mandaron de tornero a un pueblo cerca de Oloron-Saint Marie y allí tuvimos un piso con muebles y todo y empezamos a ir a la escuela. Vivíamos bien, pero entonces entró el Gobierno de Vichy y empezaron a recogernos porque éramos 'personas indeseables'».

A la familia de José Sola la llevaron al campo de Gurs. «Cuando llegamos nosotros, las barracas estaban rotas, las colchonetas estaban rotas, había barro hasta las rodillas y no había comida. Estábamos 60 personas en cada barraca y cuando por la noche oíamos gritar a alguien es que le había mordido una rata. Por ese campo pasaron 60.000 personas. Cuando empezaron a traer a los judíos al campo de Gurs, a los españoles nos empezaron a llevar a otros campos. Me acuerdo que llegó un matrimonio judío, bien vestidos, de unos 70 años. La señora se quedó en un rincón de la barraca. No quería comer, ni beber. Su marido y mi madre intentaban darle algo, pero no quería. Una mañana la encontramos muerta. Se dejó morir allí. Eso, a mí que era un chaval, se me ha quedado grabado».

Rosi Pérez nació en el barrio de San Miguel un año antes de que estallara la guerra, en una familia de nueve hermanos. «Mi padre era ferroviario. Cuando Irun fue quemada, mi padre dijo que nos teníamos que ir. Mi abuela tenía 84 años. Pasamos por Plaiaundi en lanchas, con lo puesto. De ahí, fuimos a Barcelona, donde estuvimos tres años y nos trataron muy bien. Mi hermano el mayor fue a la guerra. Al poco de estar en Barcelona, a mi madre la llamaron de Mataró y le dijeron que su hijo había muerto. Ella dijo que quería verle, pero no le pudo ver. No sé dónde estará mi hermano. Cuando terminó la guerra, mi padre y otro hermano estaban en un campo de concentración. Volvimos a Irun con mi madre y cuando llegamos vimos que nos habían robado la casa. Mi madre fue al Ayuntamiento y le dijeron que si se quería meter en un bajo, cerca de donde está ahora el tanatorio, donde había habido mulos y milicianos. Allí nos metimos. No había ni cristales en las ventanas. No os podéis imaginar el hambre y la miseria que pasamos. Nos comíamos las verduras con limacos y todo. Fue terrible».

Unas heroínas

Rosi y sus hermanos se fueron haciendo mayores, «empezamos a trabajar y fuimos saliendo adelante, pero lo pasamos muy mal, muy mal, muy mal. Mi madre y aquellas mujeres de entonces, las de la guerra y la posguerra, son unas heroínas, porque hicieron de sus hijos gente formal. En lo poco que pudieron, nos enseñaron a ser buenas personas y a respetar a la gente. Aquellas mujeres se merecen una placa en algún sitio».

Los estudiantes despiden a José y a Rosi con aplausos y alguna lágrima. Pero el programa Orbel Haizea no ha terminado aún. Los chicos y chicas participantes en la iniciativa realizarán un trabajo artístico después de viajar a Gurs para conocer el lugar que ocupó el campo de concentración. «Si puedo, iré con vosotros a verlo», les promete José Sola.

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