«La profesora se reía de mí, me decía que no tenía ni idea de dibujar»

Margarita Álvarez posando con sus cuadros durante los días de la exposición en Arma Plaza. / F. DE LA HERA
Margarita Álvarez posando con sus cuadros durante los días de la exposición en Arma Plaza. / F. DE LA HERA

Con setenta años, tras jubilarse, se aficionó al dibujo y ha pintado más de treinta cuadros

E.P. HONDARRIBIA.

Después de toda una vida trabajando con su madre en el mundo del pescado y posteriormente en una joyería como dependienta, a Margarita Álvarez le llegó el momento de enfrentarse a uno de los grandes dilemas que afronta el ser humano cuando aparece el momento de la jubilación. ¿Y qué hago yo ahora?

A Margarita le tocó responder a esa pregunta con setenta años. Cuenta que «había estado toda la vida moviéndome, mis hijos ya estaban casados y como mucha otra gente me apunté a gimnasia, baile y también a pintura. No había dibujado nunca porque salí a los once años del colegio, pero decidí probar a ver qué salía».

Hondarribitarra de nacimiento pero irundarra de residencia, empezó a acudir una vez por semana al Hogar del Jubilado en Luis Mariano, de 16.00 a 18.00, para iniciarse en el dibujo. «La profesora se reía de mí. Me decía que no tenía ni puñetera idea de pintar, que lo hacía todo mal. Borraba y lo volvía a hacer, pero seguí machacando pensando que algo tenía que salir. Le ponía interés, me decía que algo tenía que sacar de aquello, y al final ha tenido un poco de éxito».

Al principio le costó. Únicamente dedicaba dos horas por semana pero aquellos primeros garabatos con el tiempo comenzaron a coger sentido. Más de treinta lienzos llegó a crear, aunque Álvarez explica que rara vez dibujó en casa. «Mi marido trabajó en control de calidad en La Palmera, era muy detallista. Yo no hacía perfectas las cosas y me sacaba los defectos. Eso me cabreaba y dejé de pintar en casa».

El grupo al que asistía Margarita exponía una vez al mes en la sala de la Caja Laboral en Irun pero a sus hijas no le pareció suficiente, quisieron que más gente pudiese ver las obras de su madre. En enero de este año cursaron la correspondiente instancia en Arma Plaza y recibieron un sí por respuesta. «No sabía si lo que pintaba estaba bien o mal o si iban a gustar o no, pero tenía ganas de enseñárselos a la gente del pueblo para que viesen lo que había sido capaz de pintar una vecina de 88 años. Esther y Mariaje, sus hijas, y su nieta Kattalin, se pusieron manos a la obra con todos los preparativos, organizaron y colocaron todos los cuadros en Arma Plaza y Margarita pudo exponer los días 5, 6 y 7 de abril.

El de La Marina, especial

Recibió muchas felicitaciones tras la muestra, incluso alguna propuesta para comprar una de sus obras, pero esta pintora tardía no quiso desprenderse de ninguna. A todos les tiene un gran cariño y no quiere venderlos, pero hay uno que es su ojito derecho. «El de la Marina, el lugar en el que nací, encima del Bar Ondarribi. Luego viví al lado del Bar Rafael, en el mismo centro. Cogí un calendario viejo de cómo era antes la calle San Pedro y la pinté. Fue de los primeros».

Quince años ha durado una afición que ahora mismo está aparcada, aunque hay quien le ha animado a que vuelva a exponer en Arma Plaza, esta vez con más tiempo. «Empecé a los 70 y he pintado hasta los 85. A veces me da pena pero ya me he cansado un poco. Ahora tengo otras aficiones. Voy con las amigas a jugar a cartas, a tomarme un descafeinado o a jugar al bingo. Me lo paso bien de otra forma».