Elena Etxebeste Etxelen: «He aprendido otra forma de coser sin utilizar alfileres, ni agujas»

Elena frente a su academia de costura donde pasa horas y horas entre hilos, telas, máquinas y un buen grupo de alumnas./F. DE LA HERA
Elena frente a su academia de costura donde pasa horas y horas entre hilos, telas, máquinas y un buen grupo de alumnas. / F. DE LA HERA

La academia de costura situada en la calle Pinar comenzó con cinco alumnas, cinco amigas, y ahora tiene cincuenta y hasta lista de espera

YLENIA BENITO

Cuenta la leyenda que la joven Aracne tenía una habilidad extraordinaria a la hora de tejer. Verla bordar o hilar era un arte digno de admiración. Tanto que hubo quien se atrevió a confirmar que superaba el talento de la mismísima Atenea. Aracne, ante tantos piropos, se acabó creyendo mejor que la diosa Atenea. A la diosa de la guerra, la sabiduría y las artes no le gustó nada esta osadía, así que decidió visitar a la joven hilandera. Lo hizo disfrazada de anciana para darle un consejo: que pidiera disculpas a Atenea. Aracne rechazó el consejo de la anciana y, lejos de pedir disculpas, desafió a la diosa a crear un tapiz mejor que los suyos. En ese instante, Atenea se despojó del disfraz de anciana y aceptó el reto. El final de la historia ya lo conocéis. Aracne no pudo vencer al poder de la diosa Atenea. Su rueca no la salvó de terminar convertida para siempre en una araña. Tal vez, si hubiera tenido una máquina de coser y las clases de Elena, hubiera vencido a la gran Atenea. Y es que de Etxelen todas las alumnas salen con habilidades extraordinarias. No hay prenda ni diosa que se les resista.

-Cremalleras, botones, dobladillos, zurcidos... ¡no se te resiste nada, Elena!

-(Risas) Bueno, los cierres son el talón de Aquiles de las prendas de antes. Muchas no tienen cremalleras o cierres, se hacía todo a mano y era muy complicado.

«Tengo alumnas desde los 16 años hasta los 72 y hago los grupos según los temas de conversación»

«Empecé cosiendo trajes de casera y luego me lancé a confeccionar vestidos blancos para cantineras»

-Aquiles o Aracne, el caso es que manejar los hilos no es nada fácil, ¿verdad?

-Todo es práctica y aprender. Yo antes no sabía casi nada y mira ahora.

-Yo creía que desde pequeña te habrías hecho tu propia ropa...

-(Risas) ¡Qué va! Casi ni había visto coser. En mi casa no ha cosido nadie antes, no vengo de familia costurera. Yo a coser he aprendido tarde porque me dedicaba a los números, estudié empresariales. A coser me apunté por pura necesidad y como hobbie. Lo recuerdo bien, me apunté en una asociación de mujeres. Éramos cuatro personas y la profesora, Karmentxu.

-¿Karmentxu fue tu mentora?

-Algo así, fue mi primera profesora, sí. Iba por hobbie, pero me lo pasaba muy bien. Hice amigas y tengo muy buen recuerdo. Tal vez por eso, cuando me quedé en el paro, recuperé esta afición.

-¿Qué te pasó?

-Trabajaba en una empresa, pero me quedé en el paro. Al principio, decidí quedarme en casa. Pero...

-No fue coser y cantar...

-¡Para nada! Yo a las amas de casa les haría un monumento en la plaza San Juan. Estuve unos años así, pero no aguanté mucho. Sentí la necesidad de hacer algo, algo por mi cuenta.

-Buscar trabajo, ¡también es duro!

-Pues en aquella época, en plena crisis, sí. Tenía 45 años pero, a pesar de tener experiencia, la gente joven tenía idiomas y otros conocimientos. No me llamaba nadie. Ahí es cuando empecé a preguntarme: «¿qué puedo hacer?». Quería hacer algo que con la edad tuviese valor. Así es como se me ocurrió dedicarme a la costura. Entonces no sabía mucho, así que...

-¿A estudiar?

-Efectivamente. Hice un grado superior y me pareció increíble. Me enseñaron a coser de una manera totalmente diferente. A mí eso me fascinó. Me di cuenta de que la costura se vendía muy mal.

-¿Cómo cosías? ¿Hay alguna aguja especial?

-Todo lo contrario. ¡Nada de agujas, ni alfileres!

-¡No puede ser!

-Sí, sí. Llegué a estudiar y lo primero que me dijeron fue: «no se puede usar un alfiler, no se puede usar una aguja. Solo tienes esta máquina de coser y tus dedos». Y así había que coser. (Risas) Creía que no sería capaz, pero sí.

-Pero... ¿Sin alfileres para sujetar?

-(Risas) ¡Nada! Bueno, yo a veces hacía trampas y debajo del hilo metía algún alfiler. Los profesores eran, además, muy exigentes. Así es como aprendí otra forma de coser. Ahora ni dedal, ni hilvanar... ¡fuera! Antes se usaba mucho la mano, pero ahora con la máquina se cose más rápido. Ahí es donde vi el filón para montar el taller de costura.

-¿Era la idea que tenías al empezar a estudiar?

-Más o menos. Yo sabía que quería dedicarme a la enseñanza, pero no sabía de qué manera. Fue en el proyecto de fin de grado cuando trabajé la idea. Ahí presenté el proyecto para montar una academia. Lo tenía claro, la gente tenía que saber que se podía coser de otra manera.

-Así nació Etxelen.

-Sí, sí. Salí del grado con el logo hecho, el nombre, la idea... ¡casi todo!

-Ahora sí: coser y cantar.

-No tanto. El papeleo, el presupuesto... Fácil no es y eso que yo venía del mundo de los números. (Risas) En ese sentido, mi marido me apoyó mucho. Él fue el que más me empujó a montar Etxelen.

-¿Y cómo fue el primer día?

-Pues mira, aún no había terminado de montar el local y ya tenía amigas que me preguntaban cuándo empezaba con las clases. Al final, un día una me dijo: «¿empezamos el mes que viene?». Y así fue. Abrí con cinco alumnas, cinco amigas.

-Y después de cinco años, tienes lista de espera...

-Sí, ahora tengo cincuenta alumnas y lista de espera. Estoy muy contenta, pero a algunas ya les digo: «deja las clases, que ya no puedo enseñarte más». Pero nada, que no se quieren ir. (Risas)

-Algo tiene Etxelen que engancha.

-Ellas me dicen que es su momento. Y lo entiendo. Tengo alumnas de todas las edades. Desde 16 años a 72. Lo que hago es juntarlas por edad. Por ejemplo, a las que tienen nietos las pongo juntas. O las que tienen hijos adolescentes. Los temas de conversación son diferentes y así pueden estar más cómodas. Al final, vienen y se quedan fijas. Creo que habrá unas cuarenta fijas, aunque en verano muchas me fallan.

-Las juntas por conversación, no por habilidades...

-¡Claro! Aquí suelen venir sin saber nada o poco. Lo primero que les digo es que tienen que aprender a usar la máquina y luego a hacer cierres, cremalleras, bolsos... Al principio se sorprenden con hacer un bolsita para la opilla. Es muy satisfactorio.

-¿Cada alumna elige qué quiere hacer?

-¡Esa es otra! Al principio empecé con una idea. Yo pensaba coger a seis alumnas y hacer todas lo mismo, pero me dijeron que 'tururú'. «Yo no me pongo falda, yo necesito una blusa, yo quiero arreglar este pantalón...» y bla bla. Cada una hace lo que quiere, sí. (Risas)

-Y tú, Elena, ¿sigues con la aguja?

-Ese es otro tema. Te pones a enseñar y... queda poco tiempo para ti, pero yo me sigo 'reciclando'. Voy a terminar ahora un curso de patronaje y moda con el que voy a poder dar ese título a quien quiera tenerlo. Aquí se cose a la antigua, así que he vuelto a las agujas y los alfileres. Estoy encantada. También empecé a coser trajes de casera un año y otro me atreví con los vestidos blancos de cantinera. Para esto sí que tengo que usar la mano y mucho. Son muchas horas de trabajo, pero me encanta. Que te pongan retos nuevos es divertido. ¡Lo importante es no mirar el reloj! (Risas)