El Polo de Desarrollo de Kabuga es hoy un ejemplo para Ruanda

Educación. Escuela de Primaria construida e impulsada por Behar Bidasoa en Kabuga, piedra angular del proceso de formación./
Educación. Escuela de Primaria construida e impulsada por Behar Bidasoa en Kabuga, piedra angular del proceso de formación.

I.M. IRUN.

Las circunstancias han llevado a Behar Bidasoa a tener que asumir en muchas ocasiones un perfil de ayuda más asistencial con el que paliar las necesidades más inmediatas. Pero su vocación es más ambiciosa. «Hemos oído muchas veces lo de 'no le des un pescado sino una caña y enséñale a pescar'. Es la realidad. La educación es fundamental», asevera Javier Goñi, uno de los pioneros y que aún permanece en la directiva de Behar Bidasoa.

Cuando Amunarriz llegó a Kabuga, «aquello era un grupo de casas diseminadas donde los habitantes no se comunicaban, malvivían y apenas podían alimentarse». Con el apoyo de la ONG bidasotarra, se creó un Polo de Desarrollo llamado a impulsar la transformación de la localidad. Se han construido casas, pozos, carreteras, puentes, un hospital, un instituto de FP, un colegio de Primaria y otro de Secundaria. Éste último «acaba de ser reconocido por el Gobierno ruandés por lo que, aunque la gestión seguirá siendo del Polo, la financiación será gubernamental». Es el camino para que las infraestructuras se consoliden y la ayuda cooperante pueda ir abriendo nuevos frentes.

Construir es sólo una parte. Se han impulsado cooperativas agrícolas y se han mejorado las técnicas de cultivo, se han atendido las necesidades más básicas y enfrentado los problemas de un país siempre en conflicto o al borde de él. A mediados de los 90 un genocidio racial provocó más de 800.000 asesinatos en apenas 100 días. El propio Amunarriz tuvo que enfrentarse varias veces a situaciones comprometidas para desempeñar su labor allí, hasta que «el día que cumplía 70 años, murió trágicamente», recuerda Goñi.

A pesar de las dificultades, Kabuga se ha convertido en un municipio de 15.000 habitantes que sirve de espejo para otras localidades ruandesas de carácter rural y para el resto de proyectos de desarrollo de la propia ONG.

«En lugar de ir ayudando aquí y allá, había que elevar un faro», señala Goñi. A su luz, las cosas que debían pasar ya están pasando y se resumen con el ejemplo de un caso concreto. «Un niño estudió en el colegio de Primaria que construimos y pudo seguir formándose en Kabuga. Acabó yendo a la Universidad, en la capital del país, y una vez licenciado regresó y trabaja en el Polo de Desarrollo. Es el ideal: gente que se forme y trabaje para sacar a su pueblo de la situación en la que está».

Mientras tanto, continúa la acción cooperante que allí, como «en todos los países en los que colaboramos, cuenta siempre con contrapartes católicas. Nuestra asociación es aconfesional, pero la realidad es que no hay gente no religiosa que se traslade a estos países a involucrarse en la ayuda al tercer mundo el tiempo que hace falta. La gente no religiosa que asume este tipo de sacrificio no suele aguantar muchos años. Los misioneros católicos sí lo hacen, están de manera permanente y eso es lo que permite llevar los proyectos adelante». Al hilo de esto, Goñi subraya una realidad que ya identificó José Ramón Amunarriz nada más llegar a Ruanda y que aún sigue presente: «lo primero es que la gente tenga las necesidades básicas cubiertas, que se pueda formar, que se desarrolle como persona. Sólo entonces, cuando tienen posibilidad de elegir, cabe hablarles de Dios. Eso los misioneros lo tienen claro».

Esa contraparte religiosa tiene cada vez más edad y algo similar ocurre aquí. Los pioneros de este proyecto solidario aún pueden presumir de vigor para seguir al frente de la entidad, pero ya miran alrededor en busca de manos en las que dejar el testigo. «Hay gente más joven que está en la organización, pero nos gustaría que fueran entrando más, claro», invita Goñi.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos