El efecto tranquilizador de Lukas

Lukas, en el centro, repone fuerzas mientras Nela ayuda a uno de los chavales durante una de las actividades del taller. /
Lukas, en el centro, repone fuerzas mientras Nela ayuda a uno de los chavales durante una de las actividades del taller.

La actividad, organizada por Lagunkan y el centro pedagógico Help, consiste en que los chavales lean un cuento al can para que superen sus miedo a leer en público

JOSEBA ZUBIALDE

Lukas está tumbado en el suelo, sobre unas grandes piezas de puzzle de gomaespuma. Se le ve totalmente relajado mientras Maddi le lee el cuento 'La playa de Pedro'. Junto a ella, Pablo, Nicolás, Unai y Haizea no pueden evitar alargar la mano y acariciar a Lukas en la cabeza, la espalda y la tripa, una acción que Hugo, Markel y Ander, que observan con atención, dudan si imitar o no. Al final ellos también caen. Ante los mimos y atenciones que recibe, Lukas, un Golden Retriever de tres años, no puede más que dejarse llevar.

Aunque no lo parezca Lukas está en plena jornada laboral. Este perro es una parte fundamental en el taller de lectura en el que participan estos ocho chavales de entre 7 y 8 años. Algunos de ellos leen con soltura. A otros les cuesta un poco más, lo hacen más pausadamente, pero no tiran la toalla. Lo que ninguno de ellos puede evitar son esos nervios de narrar un cuento en voz alta, sobre todo cuando son conscientes de que se atascan con las palabras. Es ahí donde Lukas obra su magia. «Si el niño está nervioso toca al perro y se tranquiliza. Es una herramienta para romper ese miedo que tiene», explica la psicóloga Nela Larrinaga, su dueña y fundadora de Lagunkan, dedicada a la terapia asistida con animales. Pero no solo eso: «Si les dices vamos a leer, muchos te dicen 'qué aburrido', pero tener que leer a Lukas les motiva mucho más y se convierte en un juego».

Las dificultades de los más pequeños en la lectura «es bastante habitual y el no poder leer con fluidez es algo que les produce frustración», apunta Helena Oyarzabal, directora del centro pedagógico Help de Irun. En ese sentido, explica que «durante la actividad los niños saben que no van a ser juzgados por Lukas y que si se equivocan nadie va a comentar los fallos».

Cuestión de confianza

El taller, organizado en colaboración cor Larrinaga y Oyarzabal, busca que estos niños «adquieran herramientas que les sirvan para comunicarse con los demás y darles seguridad para que sepan hacer frente a esa frustración», explica Oyarzabal. No obstante, para lograr ese objetivo no basta con solo una sesión, «es necesario que se repita en el tiempo», recalca. Larrinaga apunta a que ese «trabajo progresivo que hacen aquí lo pueden hacer si quieren en su casa, leyendo a su perro, gato a un peluche, por ejemplo». Pero este tipo de experiencias también sirven para «que vean que no son los únicos con problemas de lectura».

Durante la actividad, Larrinaga va pasando el cuento entre los niños para que lean una página cada uno por turnos. Todos aceptan de buena gana y no se oye ninguna risa por palabras mal pronunciadas o frases leídas con poca fluidez. El libro llega a un chaval que niega con la cabeza con gesto serio. No pasa nada. «¿Qué ves?», pregunta la psicóloga mostrando el dibujo al pequeño, animándole a que describa la imagen. «Un barco en el mar», responde el niño. «¿Qué le pasa?», continúa ella; «se está hundiendo», responde él, que describe la acción con todo lujo de detalles, con una sonrisa pintada en la cara. Al finalizar, vuelve a acariciar a Lukas.

Controlar los nervios y centrarse en la lectura no es el único objetivo del taller. «También aprenden otra forma de concebir la lectura, a no relacionarla solo con el estudio y la obligación, sino que también es para disfrutar», comenta Oyarzabal. Por eso, muchas veces basta con «elegir un libro que a ellos les interese», subraya Larrinaga.

Inculcar valores

El taller también sirve para inculcar el valores como el respeto o el trabajo en equipo. Al finalizar de leer el cuento la psicóloga les hace preguntas sobre el relato. «Les digo que tienen que elegir ellos al portavoz del grupo que de la respuesta, yo no intervengo. La solución la tienen que encontrar hablando entre ellos», explica Larrinaga. Cuando les lanza la pregunta ellos se arremolinan en un círculo, con Lukas en el centro, y debaten en voz baja la posible respuesta para que nadie les oiga. Luego el portavoz es quien da la solución en pocos segundos.

En una segunda parte del taller, Larrinaga reparte varias fichas entre los chavales con órdenes que deben leer para que Lukas les de la pata, se tumbe o se ponga sobre dos patas. «¡Platz!», grita uno de los pequeños. El perro no hace caso. «No hace falta gritar, hay que decirlo tranquilo», le corrige Larrinaga. El niño vuelve a intentarlo, esta vez con más suavidad. Lukas se tumba. Aunque «todos los perros no son como él los niños aprenden cómo tratarlo».