Cuenta atrás para el adiós de las Clarisas tras 485 años en Elgoibar

Grupo. Nueve de las diez religiosas (la hermana Carmen Lazkano está postrada en la cama) posando juntas, ayer por la tarde. /  AITOR
Grupo. Nueve de las diez religiosas (la hermana Carmen Lazkano está postrada en la cama) posando juntas, ayer por la tarde. / AITOR

La parroquia de San Bartolomé acoge este sábado un acto de despedida que se prevé multitudinario

: AITOR ZABALA ELGOIBAR.

La música y la danza se sumarán al adiós que Elgoibar ofrecerá a las monjas clarisas en la parroquia de San Bartolomé este sábado, con la actuación del Coro Parroquial, la Banda de Música, Haritz Euskal Dantzari Taldea y la Banda Municipal de Txistularis en la misa de las 19.00. Esta despedida pone fin a una relación que se inició en 1533, con la llegada del primer grupo de religiosas desde el convento de Bidaurreta, ubicado en Oñati, curiosamente, la misma localidad que acogerá el próximo 7 de abril a ocho de las diez monjas que a día de hoy siguen viviendo en Elgoibar. «Siete iremos al convento de Santa Ana, de Oñati, y la octava al convento de Bidaurreta, situado en esa misma localidad, ya que tiene una hermana allí. De las dos restantes, una será acogida en el convento de Durango y la última, la hermana Julia, se quedará en Elgoibar, en un piso propiedad de la congregación», manifestó María Jesús Azpiazu, hermana abadesa del convento de Santa Clara.

María Jesús Azpiazu nació en Urrestilla y llegó al convento de Elgoibar en 1965, cuando contaba con 22 años. Al igual que ella, el resto de las hermanas de la congregación lleva casi toda una vida en Elgoibar. «Aunque pueda sorprender, soy la que más tarde llegó a Elgoibar, con la salvedad de la hermana Julia, que fue la última en incorporarse a la congregación, hace unos pocos años. El resto lleva casi 60 años e incluso más viviendo en el convento de Santa Clara», señaló la hermana abadesa.

Después de tantos años, es lógico que la emoción esté presente ahora que se acerca el momento del adiós pero, como reconoció María Jesús Azpiazu, el ajetreo de la mudanza tampoco les deja tiempo para pensar mucho en ello. «Somos una congregación serena y tranquila, pero no puedo negar que vivimos estos días con un punto de pena y nerviosismo. En cierto modo, queremos que pase todo ya. Estamos preparando la mudanza y nos vemos rodeadas de cajas, trastos, bultos, polvo... ¡Es una locura!».

Una relación duradera

La primera comunidad de religiosas de la orden de Santa Clara se instaló en Elgoibar el 8 de septiembre de 1533. En concreto, lo hicieron en el convento original, situado en los terrenos que ahora acogen a la plaza y a la urbanización de Jausoro (en 1976 se trasladaron al nuevo convento, situado metros más arriba, tras la demolición del antiguo). Aquellas primeras monjas procedían del monasterio de Bidaurreta, radicado en Oñati, y su llegada se vio acompañada de un solemne acto en el que tres jóvenes de Elgoibar, María Gracia de Sarasua, María Ibáñez de Carquizano y Domenja de Larreategui, tomaron los hábitos de novicia.

En estos casi cinco siglos de historia, la relación entre el convento y el pueblo de Elgoibar ha sido muy estrecha. Este vínculo vivió su máximo apogeo entre 1957 y 1973, coincidiendo con el periodo en el que gestionaron la primera escuela religiosa femenina de la localidad. Sin embargo, el Concilio Vaticano II hizo que la congregación retornara a sus orígenes, con la apuesta por la clausura y la oración como señas de identidad, y el consiguiente cierre de la escuela. Pese a todo, nunca perdieron el contacto con el exterior, debido, en buena medida, a las labores que las religiosas han realizado tras las paredes del convento a lo largo de su historia. «Nuestra primera misión ha sido dedicarnos al Señor y a la oración. Sin embargo, siguiendo el carisma social de Jesucristo, también hemos tenido relación con nuestro entorno más inmediato. En el convento siempre se ha trabajado. Hemos encontrado una manta hecha por la monjas que data de 1761, lo que demuestra que ya entonces se hacían trabajos para fuera».

Esas labores vinculadas a la costura, también se complementaron en las últimas décadas con trabajos para Sigma y la empresa Goratu. «Solíamos formar una cadena de trabajo y montábamos el pedal de las máquinas de Sigma, y también hacíamos piezas para surtidores de aceite de Goratu. Aquello acabó y desde hace 23 años hemos estado gestionando una lavandería», recuerda la hermana abadesa de Santa Clara. Además, el convento ha venido realizando una función de casa de acogida, sirviendo de marco a reuniones de grupos de convivencia de jóvenes, Alcohólicos Anónimos, grupos de oración e, incluso, como escenario de clases particulares para niños y punto de avituallamiento para personas en situación de itinerancia tras un acuerdo con Cáritas, lo que también ha ayudado a potenciar el vínculo entre estas religiosas y el pueblo que les va a decir adiós este próximo sábado.

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