250 años de la rebelión contra los jauntxos

Guerra por el cereal. La carestía del trigo estuvo en el origen del levantamiento del 16 de abril. /
Guerra por el cereal. La carestía del trigo estuvo en el origen del levantamiento del 16 de abril.

Cientos de elgoibartarras trataron de extender la revuelta contra los precios del trigo a toda la cuenca del Deba

AITOR ZABALA

Tal día como hoy de hace exactamente 250 años, las calles de Elgoibar andaban muy revueltas. Al igual que había sucedido dos días antes en la vecina localidad de Azkoitia, el pueblo salió a la calle para protestar por el encarecimiento sin freno del precio del trigo, llevando su protesta hasta la casa de los 'jauntxos', a los que responsabilizaban en buena medida de este hecho.

El trigo era un bien de primera necesidad y, entre 1761 y 1765, su precio se había duplicado. El 12 de julio de 1765, los ministros de Carlos III promulgaron la Real Pragmática, una ley que apostaba por liberalizar su comercio, eliminando la tasa de los granos. La ley fue vista por parte de las clases populares como una medida más para encarecer el preciado cereal, al entender que buena parte del trigo iba a venderse fuera del reino, haciendo subir aún más su precio. Este hecho, unido al convencimiento de que los 'jauntxos' o señores estaban acaparando el trigo que cobraban como renta en especie a los arrendatarios que explotaban sus propiedades para venderlo más caro luego, fue el detonante del levantamiento o 'matxinada' que se vivió en Elgoibar el 16 de abril de 1766. El libro 'Elgoibar: Crónica de una etapa conflictiva. 1765-1825', escrito por Pello Arrieta y Javier Elorza, se hace eco de aquellos sucesos al recoger una crónica de la época que relata el levantamiento y lo que se vivió en Elgoibar y los pueblos del entorno entre el 16 y el 30 de abril.

La 'matxinada' comenzó el atardecer del 16 de abril. Los sublevados se habían reunido en la casa concejil y los sacerdotes de la localidad y los señores, que se había concentrado en el cementerio de la nueva parroquia de San Bartolome, les salieron al paso para convencerles de que depusieran su actitud. No sólo no lograron su objetivo, sino que los sublevados les obligaron a acompañarles mientras revisaban sus casas y graneros en busca de grano escondido. Esta búsqueda se prolongó durante toda la noche y continuó la mañana siguiente, cuando a los amotinados se les sumó la gente de los caseríos, que acudió alertada por el incesante volteo de las campanas de las iglesias durante toda la madrugada.

Esa mañana, el levantamiento se trasladó hasta el Ayuntamiento, donde los sublevados promulgaron sus propias leyes para poner fin a la carestía de los cereales, pese a la oposición de los representantes de las clases sociales que regían los destino de Elgoibar y sus gentes. «...se juntaron en la sala de la casa nueva de la villa y pasaron a ésta la justicia, clérigos y religiosos franciscanos y caballeros a disuadirlos, pero los sublevados enfurecidos, cerradas las puertas y gritando '¡que hubiesen morzillas!', les obligaron a hacer las capitulaciones que a cada uno les dictaba su comodidad y veleidad. Estas las remitieron a la Provincia y al Corregidor para que la confirmasen -como lo executaron las autoridades por bien de la paz-, y como uno de los capítulos decía que se quemasen las ordenanzas, baxaron a la plaza y sin esperar al fuego, las rompieron».

Los amotinados no pararon aquí, sino que llevaron la revuelta a Mutriku, animados por la idea de liberar la entrada de trigo por mar. Mientras esto sucedía en la costa, los miembros del consistorio elgoibarrés veían aumentar su preocupación. Las noticias que llegaban de la costa indicaban que vecinos de Mutriku, Ondarroa y Berriatua se habían sumado a los sublevados de Elgoibar y que una muchedumbre de 2.000 personas venía camino de vuelta hacia esta localidad. Alarmados, las autoridades locales le plantearon al jefe de los amotinados que frenara la marcha y que, a cambio, ellos harían posible el cambio de las leyes en los mercados de Bergara y Vitoria. Ya sea por que se aceptó esta propuesta o por otras causas, el 20 de abril llegaron a Elgoibar únicamente 300 hombres, vecinos todos ellos de la propia villa, así como de los barrios de Altzola y Mendaro, en lugar de los 2.000 anunciados.

Sin embargo, el levantamiento estaba lejos de terminar. La mañana del 21 de abril volvieron a reunirse para llevar el levantamiento hasta Bergara e imponer allí sus propuestas contra la liberalización del precio del trigo. La marcha inició su andadura a las 11.00 del 21 de abril, tras haber reclamado a los caseros de Altzola y Mendaro su presencia «con la pena de veinte ducados que se les exigiría en caso de no concurrir». Camino de la villa mahonera, hicieron un alto en Placencia, tratando de lograr más adeptos para su causa. Sin embargo, sus planes se iban a ver desbaratados. Tras anunciar a los bergareses la llegada de los elgoibartarras a su villa, los placentinos se comprometieron a ponerles freno y lo hicieron «dándoles un poco de pólvora sin balas». Algunos de los sublevados entendieron el aviso y tomaron conciencia de que habían sido abandonados por los placentinos, optando por regresar a Elgoibar. Otros, sin embargo, decidieron seguir adelante, terminando presos al poco de llegar a Bergara.

La 'matxinada' que se había iniciado en Azkoitia y se había extendido a otras poblaciones como Elgoibar, estaba a punto de concluir. Las autoridades que gobernaban la provincia sofocaron todos los puntos de rebelión y la represión contra los que tomaron parte en los levantamientos fue inmediata. El 30 de abril de 1766, el presidente del Consejo Real, el conde de Aranda, envió una carta a las autoridades provinciales reclamando que los presos e implicados en el motín fueran juzgados con la mayor severidad, lo que dio lugar a que varios elgoibarreses tuvieran que huir del pueblo para eludir la cárcel, según indican Arrieta y Elorza en su libro