«La inmigración llegada a Eibar contribuyó a la construcción de una ciudad mejor»

Todo Eibar se echó a la calle mostrando su dolor por el fallecimiento de los obreros./
Todo Eibar se echó a la calle mostrando su dolor por el fallecimiento de los obreros.

José Luis Rodríguez, hijo de un herido, rememora las dos tragedias que se produjeron en la construcción de las casas de Sostoa e Isasi

ALBERTO ECHALUCE

Los pasados 23 de febrero y 23 de marzo se cumplieron 58 y 60 años, respectivamente, de dos de los hechos más trágicos que ha vivido Eibar, como fueron la muerte de nueve obreros en la construcción de las casas de Isasi y de las de Sostoa. Eran las 9 y 12 minutos de la mañana del día 23 de marzo de 1956, cuando en el solar donde antiguamente existía la Casa Guipúzcoa incendiada durante la guerra y hoy desaparecida, actualmente ocupada por los números 29 y 33 de la calle Isasi, se produjo un corrimiento de tierras sepultando a ocho obreros. Tres de ellos fallecieron al momento y un herido murió más tarde en el hospital.

El siniestro tuvo lugar a los pocos días de la reanudación de las obras, una vez que los trabajos habían quedado paralizados por haber fallecido el contratista que tenía encargado el trabajo de realizar la obra.

En el momento de los desprendimientos, los obreros estaban esperando al camión para efectuar la carga. Por ello, se hubiesen producido más víctimas si los operarios hubiesen estado concentrados en los terrenos en los que se produjo el fatal corrimiento.

De inmediato, se llevarona cabo las tareas de rescate siendo liberados de la tierra, Antonio Fernández, de 31 años, y Facundo Rodríguez, de 41 años. A los treinta minutos se extrajó el cadáver de la primera víctima, Miguel Fernández Lozano, de 27 años, y a la hora y media se localizó vivo a Gustavo Bouzas Vázquez, siendo trasladado a la Clínica Arrillaga de Elgoibar. Minutos después se consiguió extraer muertos a Santiago Iglesias y Eladio Cid. Unos días más tarde falleció uno de los heridos, Gustavo Bouzas. En total cuatro muertos. En la obra se encontraban trabajando 13 obreros, a las órdenes del capataz: José Ángel Arregui Iriondo. De los seis obreros afectados, directamente, por el accidente, cuatro de ellos fueron alcanzados dentro de la zanja.

Al lugar de los hechos se personaron el jefe de la Policía Municipal, Espejo, el cabo Eguibar, junto al capitán y miembros de la Guardia Civil. Los doctores Garate, Imaz, Viteri y Mugica atendieron a los heridos y en las crónicas de la época se cuenta como se tuvo que utilizar una furgoneta de Casa Valenciaga para el traslado de los heridos. En aquel tiempo, no habían llegado las ambulancias a Eibar.

En las cercanías del suceso se produjeron momentos desgarradores, cuando muchas personas se trasladaron a la obra, para comprobar si sus familiares habían resultado sepultados por los terrenos. Al mismo tiempo, los hechos produjeron una gran consternación en la villa.

Unidad en la villa

El alcalde de Eibar, Palacios, hizo un llamamiento para que se sumase toda la población al dolor de las familias de las desgraciadas víctimas. Para ello, se colocó una capilla ardiente en los bajos del Ayuntamiento que acogió un amplio desfile de personas para orar, al tiempo que la gente depósito dinero para las misas y necesidades de los familiares. La conducción tuvo lugar a las 12.00 del mediodía y en las fotografías de Plazaola se muestra a todo un amplio número de eibarreses siguiendo los féretros y la comitiva.

José Luis Rodríguez Bouzas mantiene en su memoria aquella tragedia porque su padre Facundo Rodríguez De Santiago, quedó gravemente herido. Junto a Antonio Fernán-dez quedaron sepultados de cintura para abajo. Ambos fueron los primeros en ser extraídos. Inicialmente, se tuvo que retirar la tierra que les rodeaba, pero fue más tarde cuando comprobaron que Facundo tenía sus pies bloqueados por dos pedruscos. «Fue en la fase de extracción del cuerpo cuando le hicieron las mayores lesiones, de forma involutaria, al no poder salir hacia arriba por las piedras. Entre tres o cuatro hombres lograron sacarlo, pero antes le produjeron desgarros en pies, piernas y brazos debido a los tirones que tuvieron que realizar», recuerda el hijo de Facundo, José Luis, que contaba con 12 años cuando ocurrió esta tragedia. «Mi padre estuvo seis meses sin poder volver a trabajar», señala José Luis que estudiaba en las escuelas de Jardines y recuerda como le llevaba, a su padre, muchas veces la comida a pie de obra.

La tristeza se apoderó de todo Eibar, pero especialmente de las familias gallegas que vieron perder a sus seres queridos. «Fue muy duro todo aquello. Lo peor estaba en aquellos cuatro compañeros de trabajo que habían perdido la vida. A mi padre le recogía un taxi del bar Gorbea, para recibir 'corrientes', para lograr su recuperación que tardó muchísimo, pero no sé si al final se consiguió que se recuperara del todo».

José Luis comenta como se colocó la capilla ardiente en los bajos del Ayuntamiento, que alojaba los cuatro féretros de los peones gallegos muertos. Su funeral constituyó una movilización de toda la villa que consoló a las familias de los fallecidos. Las condiciones precarias en las que se efectuaban muchas veces estas excavaciones producían los desprendimientos.

Segundo accidente

Dos años más tarde de la muerte de cuatro peones en Isasi llegó la segunda tragedia, sin que todavía hubiera quedado cicatrizada la primera. Cinco obreros de la construcción volvían a fallecer en otro desprendimiento de terrenos que tenía lugar en la trasera de la plaza de toros, con la construcción de las casas de la calle Sostoa.

Los fallecidos fueron: José Otero Nuñez, de 36 años, Jesús Méndez Iglesias, también de 36, Modesto Cid Romasanta, Salvador Darriba, de 20 años y Marcial Cid. Todos ellos eran de diferentes enclaves de la provincia de Ourense. Pese a estos accidentes, las necesidades urbanísticas exigieron que la constructora siguiera en actividad y así, siguió realizando más y más obras. Entre ellas estaban las casas de Ipurua, los bloques actuales de Santaiñes y Jardines de Argatxa. Esta misma empresa fue la que llevó a cabo la construcción de la plaza del mercado de Errebal, el edificio de la bolera, tras el incomprensible derribo del Palacio Indianokua, una de las casas más bellas de la antigua villa, así como las casas comprendidas entre el antiguo túnel de la calle Arragueta y Bittor Sarasketa, las viviendas de la calle Estación, así como las nuevas de Errebal, sobre las que se instala la sucursal de la BBVA.

Hay que tener en cuenta que el desarrollo industrial y urbano se realizó en una orografía complicada, por la propia estrechez del valle, que llevó a un urbanismo y arquitectura, tanto industrial como residencial, característicos. El desarrollo vertical de los edificios junto con la mezcla entre industria y residencia condujo a un complicado acceso a algunas urbanizaciones, cuestión que se mitigó con la utilización de excavaciones de terrenos sobre el monte, para abrir paso a la construcción de casas. La industria florecía y cada vez más se hacía necesario la construcción de viviendas para toda la inmigración que llegaba desde Galicia, Extremadura y Castilla. Barrios enteros, como Amaña, Txonta o Ipurua, se edificaron en las décadas de los cincuenta del pasado siglo para dar cabida a toda esta inmigración.

Pero, la ausencia y la dificultad de ampliación de las instalaciones industriales hizo que comenzara también un proceso de traslado a otros lugares de las industrias que no tenían terreno, principalmente el Duranguesado y Álava, de muchas empresas. A este hecho se sumó la crisis industrial que comenzó en 1973 y afectó severamente a la infraestructura industrial eibarresa.

A comienzos del siglo XXI Eibar había perdido casi la mitad de su población, tras pasar de un censo de 47.000 habitantes la actual de los 27.500. Pero, en esa modernización de Eibar fueron gallegos, extremeños, castellanos y demás originarios de otras regiones los que constribuyeron con su esfuerzo a la construcción de la abigarrada ciudad.

Y en ello la comunidad gallega ha sido clave. La emigración gallega a tierras vascas se produjo en tres oleadas. A finales de los siglos XIX y principios del XX se asentó en Bizkaia una primera colonia para trabajar en la incipiente industria siderometarlúrgica. La segunda oleada llegó a Trintxerpe (Pasaia) alrededor de los años 20, cuando un armador viajó con un autobús vacío a las Rias Baixas para reclutar pescadores que quisieran embarcarse en la creciente flota bacaladera. La tercera etapa se inició en la posguerra, pero alcanza su mayor apogeo en las décadas de los 50 y 60 con la segunda industrialización.

Es en esta tercera etapa, sobre todo a partir de 1950- 1955, cuando un asentamiento representativo de la provincia de Ourense se instala en Eibar y en el resto del País Vasco.

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