Aquellas semanas santas 'de matracas'

El Jueves Santo, festivo solo a partir de los años 50, el primer oficio se celebraba en Bidaurreta./VERACRUZ
El Jueves Santo, festivo solo a partir de los años 50, el primer oficio se celebraba en Bidaurreta. / VERACRUZ

A mediados del siglo pasado, anunciaban las misas y procesiones, al estar prohibido usar las campanas. El repetitivo, insistente y molesto ruido de este instrumento hizo popular la frase «dejar de dar la matraca»

MARIAN GONZALEZOÑATI.

Era el sonido habitual de la Semana Santa oñatiarra el Jueves y Viernes Santo, cuando estaba prohibido utilizar las campanas de las iglesias en señal de luto. Con este instrumento se anunciaba a mediados del siglo pasado el comienzo de las misas y las procesiones como bien recogía Juan Zubia en el batiburrillo oñatiarra, y aún recuerdan los fieles más veteranos.

Todos hemos escuchado alguna vez la expresión «dar la matraca» para referirse a aquellas personas pesadas, molestas e insistentes en alguna cosa y que terminan cansándonos. Y es que así es como describen quienes las 'sufrieron' a ese instrumento fabricado con uno o varios tableros en los que se sujetaban una o varias argollas, aldabas o tiradores de algún mueble.

Madera y hierro, similares a los elementos que se usaron para clavar a Jesús en la cruz. Un instrumento que desde la Edad Media se utilizó en muchos conventos para convocar a la oración matutina, y que, dado lo molesto que resultaba su ruido, se convirtió en sinónimo de algo incordiante.

Recuerdos de otra época

En Oñati y en otros muchos lugares su sonido convocaba a mediados del siglo pasado a los feligreses a los santos oficios y a las procesiones. Las matracas son un símbolo de la Semana Santa de antaño. Hoy por hoy las procesiones se han convertido en espectáculos poco menos que turísticos propicios para ser presenciados aprovechando el éxodo vacacional. Pero hubo un tiempo en que monopolizaban la vida oñatiarra y, a juzgar por quienes las han vivido, «se escenificaban con el mayor sentimiento y una concurrencia extraordinaria».

En Oñati, la solemnidad del comienzo de la Semana Santa se notaba ya en la Misa Mayor del Domingo de Ramos, acto al que asistía la Corporación en pleno con el objeto de bendecir unos olivos que sólo portaban el clero y las autoridades. El resto de los vecinos llevaban ramos de laurel.

Su uso se popularizó en los conventos en la Edad Media para convocar a la oración matutina

Como en aquella época casi todos los utensilios de cocina eran de barro y se estropeaban muchos en el trascurso del año, se guardaban para jugar con ellos este día en los cantones de las calles a las cuatro esquinas. Por la tarde era popular el Vía Crucis del claustro parroquial con el acompañamiento del coro. Al terminar la ceremonia los grupos se repartían a jugar la última partida de txirikillas.

El Jueves Santo, festivo todo el día sólo a partir de los años 50, el primer oficio religioso se celebraba en el convento de Bidaurreta a las 8 de la mañana con asistencia de autoridades y representantes del Palacio de Lazarraga (fundadores del convento). En la Parroquia la misa era a las 10 con la Bendición de las Palmas presidida, según recordaba Juan Zubia en el batiburrillo oñatiarra, «por la Corporación, todo el clero, la Guardia Civil de gran gala y demás autoridades».

A partir de este momento y hasta el sábado de gloria se suprimía hasta el toque de campanas, usándose sólo las 'matrakas' por la calle para anunciar los oficios. Tras la misa, las autoridades realizaban un recorrido por las estaciones, que por la tarde repetían los fieles.

El periplo se iniciaba en la capilla del antiguo Hospital y proseguía por los Agustinos y la Capilla de las Siervas, que entonces estaba en frente. Luego por la calle San Antón, la comitiva se dirigía a la capilla de las Benedictinas, que entonces residían en la casa Zárate. De allí por Santa Marina a Bidaurreta para terminar regresando a la antigua Iglesia de Santa Ana. A las 14.00 horas tenía lugar en la Parroquia la ceremonia del lavatorio y media hora después en la Iglesia de Bidaurreta se celebraba el sermón del Mandato con la asistencia del pueblo en masa, que luego participaba en una procesión que las crónicas de Juan Zubia califican de «grandiosa».

La comitiva la formaban la Oración del Huerto, el Nazareno azotado, Ecce Homo, Verónica, La Caída, El Crucificado y la Piedad. Tras ellos la Dolorosa, una bandera portada los miembros del Ayuntamiento, y San Juan. Cerraba la procesión la presidencia formada por el vicario de Bidaurreta, franciscanos y la Corporación. Delante iba siempre la Banda Municipal y detrás un elevado número de mujeres vestidas de luto riguroso.

Sin coches a Brinkola

Las celebraciones del Viernes Santo solían comenzar con un impresionante Vía Crucis a las seis y media de la mañana en el claustro de la Parroquia.

Durante la mañana el público visitaba las iglesias y capillas, mientras, desde el Palacio Lazarraga, trasladaban a la Parroquia las imágenes de la Dolorosa y San Juan con sus ricos mantos para el desfile en la procesión de la tarde. En el altar mayor se procedía al montaje de la cruz y a crucificar en ella la imagen del Cristo Yaciente que se venera al pie de la Dolorosa.

A las 14.30 horas comenzaba la misa, «un acto impresionante por su dramatismo y que jamás se nos olvidará a los que la conocimos» recordaba el difunto Juan Zubia en su batiburrillo. La procesión del Santo Entierro salía presidida por autoridades cívicas y religiosas con el mismo recorrido que el día de Corpus. Esa jornada el paro era total y era el único día del año que no circulaban los coches a Brinkola y Bergara. Además todas los bares cerraban por la tarde hasta después de la procesión.

En Semana Santa estaba prohibido usar las campanas en las iglesias en señal de luto

El Domingo de Pascua a las seis y media de la mañana se celebraba en Bidaurreta la Procesión del Encuentro de la Madre y el Hijo. Por una de las puertas salía la imagen de la Virgen con la cabeza cubierta con un velo y rodeada de cofrades y por la otra la imagen de Jesús, también acompañado. Tras el encuentro la virgen se quedaba sin velo. A la 8 se celebraba una misa presidida por la Corporación que acudía al templo al son del «alkate-soñua».

Con la misa mayor de las diez y el concierto de la Banda terminaba la jornada matinal. El cordero en casi todas las mesas y la misa y los bailes festejaban la resurrección. El lunes la fiesta era total.