La sanidad para quien la pagaba

Centro. Vista del antiguo recinto ferial de Mondragón./
Centro. Vista del antiguo recinto ferial de Mondragón.

Zientzia Elkartea describe la atención médica en Arrasate a comienzos del siglo XX |

KEPA OLIDEN ARRASATE.

Como decía la canción de Cristina y Los Stop, tres cosas tiene la vida: salud, dinero y amor. Pero con la buena salud siempre por delante en esta terna que encierra la clave de la felicidad.

Desde los chamanes, brujos y curanderos hasta la más moderna ciencia médica, la sanidad constituye una de las más ancestrales preocupaciones y ocupaciones de la humanidad. En el caso concreto de Mondragón, el investigador de Arrasate Zientzia Elkartea (AZE) Alfonso Donnay afirma que la «existencia de médicos o similares en nuestro pueblo puede datarse documentalmente al menos desde el siglo XVI». Y en un artículo publicado en el blog de AZE desempolvaba una «fantástica» receta de la época para la gota: «dos onças de sevo de cabrón viejo, dos onças del del ciervo et dos onças del del raposo et todas estas regaladas etcétera, et en un mortero una onça de gordura de serpient et una onça de agua ros, dos onças de çera virgen blanca et fiat unguentum».

Los procedimientos médicos y sus emolumentos no nos son desconocidos, pero Donnay conjeturaba que «muy posiblemente estos se cobraran por actuación, y nos da que muchos mondragoneses sin recursos tuvieron que enfrentarse a la Parca sin ningún apoyo médico». Ello favoreció la proliferación de «otra profesión pseudo médica: la curandería que, basada en unos elementales conocimientos empíricos sobre los efectos de ciertas plantas en el organismo y un mucho de sortilegio, paliaron, y en raras ocasiones curaron, algunos males pasajeros».

La llamada 'cura de Malatz', muy utilizada como cicatrizante durante la primera Guerra Carlista, fue la que el afamado curandero Petriquillo, de nombre José Francisco Tellería y natural de Zerain, le aplicó al general Tomás Zumalacárregui en su infructuoso intento de curarle la herida de arma de fuego que recibió en el sitio de Bilbao en 1835. Una mezcla de «aceite, flor de romero, manzanilla y bálsamo del Perú» que de poco le serviría al legendario general carlista.

De la misma manera, unos años antes, en la Guerra de la Convención (1793-1795), los mondragoneses «pretendían espantar la peste mediante la colocación de hogueras de enebro en todas las puertas de entrada a la villa para purificar el aire, mientras la pulga de la rata, verdadera transmisora de la enfermedad, campaba a su anchas», relata Donnay.

No hay piedad para el pobre

Alfonso Donnay ha hallado un breve opúsculo fechado en 1912, en el que se detallan los 21 puntos que regían las condiciones de las diferentes actuaciones médicas en la época. A estos efectos, la población se dividía en la parte urbana, atendida por los doctores Ángel Espinosa y Alberto Martínez de Ubago, y la parte rural, a cargo del doctor Félix Martínez de Urbina. A ambas poblaciones se les reconocían dos posibles alternativas: el pago puntual por intervención médica o visita o bien un sistema de iguala anual.

El investigador de AZE precisa que la iguala anual -dos pagos semestrales- consistía «en el abono de la cuota correspondiente a todos los individuos que forman parte integrante de la familia, a razón del precio que, por individuo y año, se fija en la clasificación general de vecinos. Y la de visita en el abono de la cantidad (pago mensual) que resulte por cada una que practique el médico al enfermo en su domicilio a razón de la tarifa que se marca».

Los doctores se aseguraban el cobro de sus actuaciones en el punto quinto, donde se recogía que «las facturas que no pueda cobrarlas el médico las presentará al presidente de la Comisión de Vecinos -presidida a la sazón por Vicente Vélez de Mendizábal Zubía- quien procederá contra los interesados con toda la fuerza moral y apoyo como testigo si el médico llevase a los morosos a los tribunales».

Alfonso Donnay sentencia que en este reglamento «no hay piedad para el pobre». El artículo continúa en tono amenazante: «en caso de insolvencia, se le negará en lo sucesivo el servicio, mientras no pague lo atrasado y además adelante dinero para lo sucesivo...».

Las tarifas se dividían en 4 modalidades. La de 1ª clase, a razón de 2,50 pesetas por individuo al año o 0.50 cada visita, está trufada de apellidos de alcurnia local como Resusta, Herrasti, Barrena, Gorosábel, Samperio, Aguirre, Monterrón, Adán de Yarza...

La tarifa médica de 2º clase, para los que también eran 'alguien', pero menos, era de 2 pesetas y 0,50 respectivamente. Otros 110 mondragones se acogían a la de 3ª clase, a razón de 1,50 pesetas y 0,50 respectivamente. Y para todos los que no entraban en las clases superiores, había una tarifa de 4ª clase que se pagaba a razón de 1 peseta por persona al año y 0,50 por visita.

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