Un 'paparazzi' en Santa Águeda

Baño. Tras muchas maquinaciones, el tenaz fotógrafo consiguió al fin sorprender y retratar a Cánovas en la bañera de jaspeado mármol. /  DV
Baño. Tras muchas maquinaciones, el tenaz fotógrafo consiguió al fin sorprender y retratar a Cánovas en la bañera de jaspeado mármol. / DV

Sobornó a dos bañeros para retratar al presidente Cánovas en paños menores en 1895

KEPA OLIDEN ARRASATE.

Sorprender al presidente del gobierno en la bañera y publicar la fotografía, al más puro estilo paparazzi, requiere mucho arrojo y no poca habilidad. La estampa de Antonio Cánovas del Castillo aparentemente desnudo y tomando aguas en el balneario de Santa Águeda vio la luz en el número del 22 de agosto de 1895 del semanario 'Nuevo Mundo'. Y el propio autor de la instantánea -que firma como 'F de A'- narra cómo se las apañó para lograr tan exclusiva fotografía.

El escritor e investigador Josemari Vélez de Mendizabal se ha hecho eco en su blog en euskera 'Hots Begi Danbolinak' de esta curiosa anécdota protagonizada involuntariamente por el malogrado político malagueño. Dos años más tarde Cánovas saltaría de nuevo a las primeras planas de los periódicos desde su reposo en el balneario arrasatearra. Esta vez por un motivo luctuoso: el 8 de agosto de 1897 el presidente Cánovas caía asesinado por las balas del anarquista Michele Angiolillo.

Pero en el verano de 1895 el elegante balneario de Santa Águeda se hallaba aún en pleno apogeo, y aristócratas, políticos, militares y otro próceres llegados de Madrid se codeaban en el veraneo mondragonés. Y con el 'famoseo' venían también los cronistas de la buena sociedad y los primeros paparazzis. Como F. de A., corresponsal enviado por el semanario 'Nuevo Mundo' a la turística villa de Mondragón a la caza de alguna información sensacional.

El intrépido periodista dio buena prueba de su osadía al comprar la complicidad dos bañeros empleados en el balneario. «El caso es que logré convencerlos y hacerlos mis cómplices. Ella soltera y él también; bañera y bañero amábanse en silencio y no habían menester más que de un tercero que los aproximase venciendo sus rubores juveniles y enamorados. Presteme al papel poco airoso, para mi verdadera obra de misericordia, y conseguí mi objetivo. Adiviné su amor y les procuré el plácido estallido y ellos, agradecidos, me dieron su auxilio que con gusto sacaría del anónimo si no temiera que les quitasen el pan que allí ganan, el jornal que conquistan y del cual ha de salir mañana el nido alegre de sus amores...».

Como apunta Vélez de Mendizabal en su blog, el reportero «compró la voluntad» de la joven pareja de bañeros, en una práctica poco escrupulosa que entonces como hoy se estila algunos medios de prensa e internet. Pero el audaz reportero no detalla en qué consistió el soborno. Vélez de Mendizabal se toma la licencia de conjeturar que en aquella época de moral rigurosa las ocasiones para desfogar las efusiones amorosas no serían muchas, y el avispado reportero no tarda en atar cabos... y «brindarles la intimidad de su habitación a cambio de un pequeño favor», aventura el investigador arrasatearra.

Originalidad

«Así y todo, la cosa seguía siendo difícil». El reportero se proponía nada menos que retratar al Cánovas dentro del baño. «Se me pide originalidad. ¿Qué mayor originalidad? ¿Quién lo había intentado siquiera? Yo lo intenté y lo conseguí, y con ésta va la fotografía. He tenido que hacer un escalo, he tenido que encaramarme por paredes inverosímiles, he tenido que estar en inenarrable postura... pero la fotografía está hecha».

El reportero había observado que don Antonio «acostumbraba dejar por medio del cuarto de baño las sillas, y esto me hubiera quitado luz: el bañero enamorado resolvió esta dificultad, entrando con obsequiosidad afectuosa, después de estar en la pila el presidente, para arreglarlo todo de suerte que no hubiera obstáculos entre el aparato y el sujeto». Observé, asimismo, que Cánovas acostumbraba volver la espalda al reloj de arena que advierte al bañista la duración de la cura, y como el reloj quedaba en un tocador frente a la pila, «resultábame don Antonio de cara a la pared, y también mi cómplice resolvió esto, poniendo el primitivo cronómetro sobre la repisa que forman los grifos del agua, como se ve en la fotografía».

Preparadas así las cosas, el reportero trepó como pudo a su observatorio y esperó. «Mucho hube de esperar, pues el señor Cánovas, como buen nervioso, es muy sensible al frío y es de los que van entrando por grados en el agua. Ya dentro de ésta, rebúllese mucho, y solo en un momento que logré verlo en reposo, ¡zas! quedó impresionada la placa, destacándose sobre el jaspeado mármol y sobre el fondo de los azulejos que forman el zócalo del gabinete, la cabeza ilustre a cuyos rasgos correctos asómase el genio del gran estadista...».

Jabón

«Perdóneme éste la indiscreción. Si su benevolencia ha tolerado tantas a la información escrita ¿no ha de tolerar a la información gráfica ésta que, por hacer algo inédito y servir al público, comete su admirador devoto y rendido?». 'F de A' parece que trata de hacerse perdonar la audacia de retratar al presidente en el baño dándole jabón. Así se percibe en los halagos que le dedica a Cánovas del Castillo, a quien le atribuye el mérito de haber transformado la «noche de la revolución sangrienta (en alusión a los desórdenes que rodearon a la efímera la I República- en aurora de restauración feliz, en referencia a la restitución de los Borbones en el trono de España con la coronación de en 1874 del rey Alfonso XII, hijo de la derrocada reina Isabel II. Cánovas, artífice de la Restauración, moriría asesinado dos años después de esta fotografía, pero su fallecimiento no fue muy llorado en la tierra que le vio morir. La constitución que había promulgado en 1876 abolió los fueros vascos y dejó como última migaja el concierto económico.