Un osario medieval con 11 cráneos

Hallazgo. El arqueólogo Mitxel Berjón y el investigador de AZE J.A. Barrutiabengoa ante el osario descubierto con 11 esqueletos. / OLIDEN
Hallazgo. El arqueólogo Mitxel Berjón y el investigador de AZE J.A. Barrutiabengoa ante el osario descubierto con 11 esqueletos. / OLIDEN

Su estudio revelará información sobre la edad, sexo, dieta y patologías que sufrían | La segunda excavación arqueológica de Aranzadi descubre nuevos indicios de un poblamiento de la Edad de Bronce

KEPA OLIDEN ARRASATE.

La aparición de un osario medieval conteniendo los esqueletos de 11 personas proporcionará una información preciosa sobre la vida de estos antiguos arrasatearras muertos al menos ocho siglos atrás. «Los huesos tienen mucho que contar» aseguraba el arqueólogo Mitxel Berjón, colaborador de Aranzadi y uno de los participantes en los sondeos que desde la semana pasada se desarrollan debajo de la torre del campanario.

Además de la edad y el sexo, estos restos óseos y dentales encierran otras claves fundamentales para conocer qué comían y qué enfermedades padecían aquellos antiguos pobladores. Estos datos sobre dieta y patologías se extraerán durante la larga investigación de laboratorio que seguirá a la excavación a punto de concluir. La prospección dirigida por el arqueólogo de Aranzadi Alfredo Moraza ha recabado para ello abundante material: once cráneos más las ocho bolsas que han llenado con los huesos correspondientes a estos 11 individuos.

Han descubierto asimismo varios esqueletos de neonatos y niños pequeños que, junto con las personas mayores, protagonizan el principal contingente de defunciones en épocas de elevada mortalidad infantil.

Amortizando espacio

Los arqueólogos han excavado «hasta el estrato natural». Debajo «ya no hay restos antrópicos». Y en su búsqueda de los primitivos pobladores medievales de Arrasate se han topado con el grato hallazgo del referido osario conteniendo los 11 esqueletos. Alfredo Moraza explicaba que los huesos -grandes, los pequeños no se conservan- se hallaban dispuestos encima de los cráneo, depositado en el fondo. El osario, en realidad una oquedad reducida, fue cavado para depositar los huesos que iban desalojando de tumbas que se volvían a reocupar. Hay una continua amortización de espacio, reciclaje de tumbas y superposición de sepulturas desde el siglo XIII hasta el XVI, cuando se comienza a enterrar en el interior de la iglesia.

El osario en cuestión, al situarse en el estrato más bajo, albergaría los restos humanos más antiguos. A falta de los análisis de radiocarbono, los investigadores tienen pocas dudas de que correspondan a arrasatearras que vivieron cuando menos en el siglo XIII. Como apuntaba Mitxel Berjón, «eran feligreses de la antigua iglesia de Arrasate» que se quemaría, andando el tiempo, en el devastador incendio de 1448. Pero los arqueólogos no han encontrado ningún rastro de aquel primitivo templo. Alfredo Moraza tampoco es muy optimista al respecto porque «seguramente estará debajo de la planta de la actual iglesia».

De lo que tampoco ha aparecido indicio alguno es del obispo de Palencia. La excavación efectuada precisamente en el emplazamiento en el que varios testimonios aseguraban haber visto el sarcófago del prelado no ha dado resultado. «Pero que no haya aparecido no quiere decir que no haya existido» advertía Moraza. Todo apunta, según este arqueólogo, a que probablemente el sarcófago fue extraído y destruido en el transcurso de las obras de urbanización de Kantorpea para evitar entorpecer o demorar los trabajos.

Una pérdida irreparable que forma parte de una actitud que se ha mantenido a lo largo de la historia. Antes que nosotros, los pobladores medievales excavaron sus necrópolis arrasando a su vez un asentamiento previo que databa de la Edad de Bronce (hace 3.000 años).

Restos cerámicos de aquella época prehistórica han vuelto a aflorar en Kanpantorpea. Se refuerza así la hipótesis de que el casco histórico de Arrasate no se pobló con la fundación de la villa en 1260. Dos milenios antes había arrasatearras viviendo aquí. El arqueólogo Alfredo Moraza explicaba que los pobladores de aquella época «habitaban ya en el valle», y la zona donde han aparecido estos restos cerámicos del Bronce, entremezclados con la tierra de los enterramientos medievales, reúne las características idóneas para establecer un asentamiento humano. Añadía Moraza que se trata de un área «muy confortable para la vida» gracias a su orientación, abrigo del norte y abundancia de agua.

Mitxel Berjón hacía hincapié en la «importancia» que tiene la constatación de que «aquí hay una presencia ininterrumpida» desde hace 3 milenios. «Más tarde vendrían los romanos, y después se marcharían, pero la cultura autóctona se ha mantenido desde entonces y la mejor prueba de ello es la pervivencia del euskara», subrayaba este arqueólogo que colabora con Aranzadi.

 

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