El hedor de los cadáveres en la parroquia

Tradiciones religiosas tan inamovibles como el derecho a ser enterrado en la iglesia se tambalearon durante la epidemia de tifus. Los muchos cadáveres que hubieron de ser enterrados en la parroquia en tan corto periodo «se corrompían y repugnaba su hedor» a los asistentes a la funciones religiosas. Para evitar contagios hubieron de recurrir a bendecir un campo santo «fuera del cuerpo de la villa». Para ello se eligió un terreno cerca de la fuente de Iturriotz (hoy viviendas de Cerrajera). Pero superada la epidemia, los enterramientos regresan a la parroquia en 1796, y el cementerio de Iturriotz queda para forasteros y soldados.

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