La difusa frontera entre el bandolero y el guerrillero

La bibliografía española «sobrevalora el fenómeno de la guerrilla guipuzcoana a la vez que infravalora el grado de colaboración de los guipuzcoanos con el nuevo orden francés». Algo así ocurriría en 1945 en Francia, cuando todo el mundo estaba con la resistencia y nadie colaboró con los ocupantes alemanes.

Pero García Fernández, en su investigación sobre Ramón Barrutia, constata que el perfil del atacante a los aislados del ejército francés que recorrían el Camino Real en los primeros momentos de la ocupación estaba más cerca del salteador de caminos anterior a la invasión que del combatiente político. Y cita el ejemplo de los urretxuarras Jauregi, tío y sobrino. Este último, de nombre Gaspar, apodado el Pastor, «evolucionó hacia lo político y solamente cinco años después de la persecución de su alcalde a causa de varios robos y raterías fue nombrado coronel y considerado 'Benemérito de la Patria en grado Heroico y Eminente'».

Su tío Juan, por el contrario, le asestó un navajazo a un soldado francés en una reyerta tabernaria y pasó la posteridad como 'luchador político' que además cayó en un enfrentamiento con una patrulla francesa. Pero la realidad fue mucho menos gloriosa: Juan Jauregi falleció por «fuego amigo mientras trabajaba como guía para los franceses en una expedición militar».