Los cementerios también se mueren

Aldai. El cementerio del término de Santa Marina se inauguró en 1809 y se clausuró en 1994.
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Aldai. El cementerio del término de Santa Marina se inauguró en 1809 y se clausuró en 1994. / OLIDEN

Arrasate ha tenido tres camposantos desde que se prohibiera enterrar en la iglesia

KEPA OLIDEN ARRASATE.

La tradición cristiana de los enterramientos en sagrado, preferentemente dentro de la parroquia o cuando menos muy cerca del recinto eclesial, fue un uso muy arraigado durante siglos. Una excavación arqueológica realizada el año pasado bajo la torre del campanario ponía al descubierto una necrópolis medieval, conteniendo los enterramientos más antiguos hallados hasta la fecha en el entorno de la parroquia de San Juan.

Alfredo Moraza, arqueólogo de Aranzadi que dirigió la excavación en colaboración con Arrasate Zientzia Elkartea, constató que la quincena de esqueletos desenterrados databan de principios de siglo XIII, antes incluso de la fundación de la villa de Mondragón en 1.260.

Aquellos antiguos arrasatearras inhumados «vistiendo un modesto sayo o camisón sin ninguna clase de ajuar» recibieron sepultura en una necrópoli vinculada «a una iglesia mucho más pequeña que la actual». La parroquia contemporánea se construyó tras el incendio que devastó la villa el 23 de junio de 1448. Pero «antes hubo otro templo de dimensiones muchos más reducidas y de la que aún desconocemos su planta o si se era en piedra o madera». Los restos de este primitivo templo «seguramente perdurarán bajo la parroquia actual» según el arqueólogo de Aranzadi.

A los arrasatearras les costó años asumir la orden de inhumar fuera del recinto de la iglesia

Del mismo modo perduran bajo el suelo de la parroquia los muchos restos humanos enterrados a lo largo de los siglos. Hasta tal punto regía esta costumbre que las familias -al menos las más prominentes- tenía reservado un espacio de enterramiento y los deudos asistían a los oficios religiosos siempre en el lugar sobre el que reposaban sus antepasados.

Pero el crecimiento demográfico del municipio terminaría obligando a buscar acomodo para los difuntos fuera de los muros la iglesia. «Kanpantorpea y especialmente la parte de Erdikokale que hoy ocupa por el inmueble que alberga el comercio Luko, fueron el camposanto de Mondragón durante muchos años». Así lo constata Arrasate Zientzia Elkartea.

Fuente de Iturriotz

La gran epidemia de tifus exantemático que diezmó la localidad en 1795 produjo tal cantidad de defunciones, y tan graves problemas de insalubridad en la parroquia, que el ayuntamiento se vio obligado a improvisar un cementerio «en las proximidades de la ermita de San Antonio Santa Cruz de Iturriotz», junto a la fuente del mismo nombre, hoy detrás de las casas de Cerrajera.

Estos terrenos sirvieron como campo santo durante la gran epidemia y aun durante la estancia de las tropas francesas en la villa, tanto en la primera invasión de los convencionales (1795) como en la segunda de los napoleónicos (1808).

Vuelta a la parroquia

En su pormenorizada investigación sobre la invasión de las tropas napoleónicas, Arrasate Zientzia Elkartea reseña que «llama la atención que, una vez superada la gran epidemia, los naturales de Mondragón volvieran a ser enterrados en la iglesia parroquial de San Juan, y alguno en la de San Francisco». Los investigadores no han comprobado «ni un solo caso de enterramiento en el cementerio de San Antonio de Iturriotz de algún natural de la localidad desde el comienzo de la invasión francesa. De lo que se deduce que el campo santo de Iturriotz se utilizó desde 1795 hasta 1809, año en el que el gobierno francés ordenó el traslado de todos los cementerios a las afueras de la población, prohibiendo expresamente los enterramientos en las iglesias. Pero con todo, la utilización del camposanto de Iturriotz tuvo durante esos años un carácter circunstancial y para solventar problemas puntuales. Primero con motivo de la epidemia de tifus entre 1795 y 1796 pero una vez superada aquella plaga, este camposanto cae en desuso hasta 1808, año de la invasión napoleónica.

El cementerio de San Antonio de Iturriotz vuelve a activarse para dar sepultura exclusivamente «a los fallecidos foráneos: soldados franceses, prisioneros españoles, tropas extranjera aliadas del francés...».

Aunque hubo también casos de soldados franceses que fueron inhumados en la parroquia por expreso deseo del difunto por su condición de católico.

Mondragón mantuvo así dos cementerios durante los 15 años que van de 1795 a 1810. Aquel año el gobierno francés ordenaba poner fin a los enterramientos en iglesias.

Pero la investigación de Arrasate Zientzia Elkartea revela que ya en 1804 el corregidor Pascual Rodríguez Arellano había cursado la orden de comenzar la construcción de un nuevo cementerio en la villa. Ni qué decir tiene que los mondragoneses se resistían con uñas y dientes a renunciar a ser enterrados en la iglesia.

Todavía en 1806 se vuelve conceder comisión a Ángel de Echevarría y Antonio Vicente de Araoz para la construcción del nuevo cementerio.

Finalmente tuvo que ser una orden del gobierno francés la que obligó a construir un camposanto fuera del casco urbano. No es difícil imaginar la conmoción de aquellos mondragoneses privados de las posibilidad de ser enterrados en la iglesia como sus antepasados.

Cementerio de Aldai

En el año 1809 don Ramón Mendía abría los cimientos del nuevo camposanto en el término de Santa Marina. El párroco Manuel Mª Upategui bendecía el 5 de noviembre de 1809 el cementerio que posteriormente sería conocido como el camposanto de Aldai y que funcionaria ininterrumpidamente durante los siguientes 185 años, hasta su clausura en 1994.

Arrasate Zientzia Elkartea ha constatado que en un plano francés de la villa fechado en febrero de 1810 se comprueba que estaba ya construido y se supone que en plena actividad, habiendo para entonces cesados los enterramientos en tanto en la parroquia como en el cementerio de San Antonio de Iturriotz.

El 'nuevo' camposanto de Aldai fue objeto de diversas obras de mejor entre los años 1865 y 1867 que incluyeron la construcción de la desaparecida capilla, bendecida el 19 de mayo de 1868. La última ampliación se llevó a cabo en 1952.

Al igual que fueron muchas las reticencias y las resistencias que suscitó la orden de cesar los enterramientos en la parroquia, la historia volvía a repetirse 185 años más tarde con la clausura del cementerio de Aldai. La inauguración del nuevo camposanto de San Cristóbal desencadenó una fuerte resistencia por parte de algunos mondragoneses que se oponían en redondo a renunciar a ser enterrados en el mismo camposanto donde yacían sus antepasados.

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