Diario Vasco

Redacción deportes, 14 jun (EFE).- La selección ucraniana, comandada por el portero madridista Andriy Lunin, y el combinado de Corea del Sur, orquestado por la magia del valencianista Kangin Lee, disputarán su primera final mundialista en Lodz para decidir el próximo campeón de la Copa Mundial sub-20.

Ucrania llega a la final tras completar un torneo 'perfecto': invicta en fase de grupos, y capaz de batir a todos sus rivales en las eliminatorias (Panamá, Colombia e Italia) en el tiempo reglamentario y sin apenas conceder goles, encajando solo en octavos ante Panamá con el choque resuelto, en un partido que terminó 4-1.

Que la selección de Petrakov es el equipo más sólido del torneo está fuera de toda duda. Su fiabilidad defensiva ha sido su mejor argumento para anular a sus rivales y proteger los resultados favorables con eficacia siempre que se han adelantado en el marcador.

Además, la habilidad del entrenador ucraniano para diseñar planes en los que ellos planteen las preguntas, por más que se repitan una y otra vez, y sean sus adversarios quienes tengan que encontrar las respuestas ha reforzado aún más la armonía del grupo y la noción de que con una idea trabajada y optimizada se puede competir contra el talento.

La conocida columna vertebral de los ucranianos se construye desde la misma portería. La solvencia de Andriy Lunin bajo palos, seguramente el mejor portero del torneo, por su sobriedad, madurez y la manera de solucionar los problemas, convive con una (poblada) línea defensiva marcada por la rigidez de sus tres centrales, donde Petrakov echará de menos la presencia de Popov, sancionado por su doble amonestación ante Italia.

Sí estarán Danylo Beskorovayny y Valeriy Bondar para tratar de contrarrestar el juego directo de los asiáticos, presidido por la 'torre' Sehun Oh, siempre dispuesto a utilizar su envergadura para ganar la posición y colocar su cuerpo por delante de los rivales a la hora de luchar por un balón largo. Bien para controlarlo y jugarlo de cara, para retenerlo en su poder y dar tiempo a su equipo a desplegarse o para actuar como alivio a las continuas fases defensivas a las que Corea del Sur ha hecho frente durante el torneo.

Por delante, Ucrania necesitará de la proyección de sus carrileros, Viktor Korniienko y Yukhym Konoplia, para trasladar el balón desde su área hasta la medular, donde Serhii Buletsa, Oleksii Kashchuk y Heorhiy Tsitaishvili se han juntado, cediendo espacios a la subida de sus compañeros de banda, para organizar y gestionar los ataques.

Tanto Danylo Silkan, especialmente actuando como referencia para ganar balones aéreos y tomar oxígeno cuando Ucrania ha sentido momentos de acoso, como Vladyslav Supriaha, que brilló en semifinales con sus movimientos a los espacios y sus galopadas antes la defensa 'azzurri', serán vitales para batallar con la zaga asiática, desviar atenciones y originar espacios para los mediapuntas europeos.

Enfrente, otro de los entramados más complicados de descifrar de la cita mundialista. La línea de tres centrales de Corea del Sur nunca está sola: Lee Ji-sol, Kim Hyun-woo y Kaeik Lee cuentan con el apoyo de sus dos carrileros por fuera, Choi Jun y Taehyeon Hwang, y de otra densa y compacta línea de tres acompañando muy cerca para que no existan espacios a sus espaldas desde los que sus rivales puedan activar superioridades.

Jeong Ho-Jin, Go Jae-Hyeon y Kim Se-Yun llegaron a pasar más tiempo cerca de la frontal de su propia área que de la línea del centro del campo ante Ecuador. Todo sea por proteger la portería de Lee Gwang-Yeon y, sobre todo, de liberar de tareas defensivas al que probablemente sea el mayor talento ofensivo de todos los que se reunieron en Polonia.

Kangin Lee empezó el torneo partiendo por detrás del delantero en un 5-2-3-1, como mediapunta, para poder caer a las bandas -sobre todo la derecha-, donde recibir más liberado y poder sacar provecho a su exquisito golpeo de balón.

No obstante, su ascendencia sobre el juego de su equipo, su incidencia en los resultados y su determinación para estar presente en cada una de las acciones de gol de Corea (de los últimos cuatro goles, ha marcado uno y asistido en los tres restantes, todos entre cuartos de final y 'semis'), han llevado a Chung a mutar el sistema. Todo para que el valencianista esté más exento de participar en tareas defensivas (a pesar de que colaborado en la presión y se mantiene cerca de la jugada cuando su equipo pierde el esférico) y aún así el equipo no pierda efectivos a la hora de replegarse.

Ahora, en la punta de lanza, el che se mueve por todo el campo con total libertad, localizando el sitio más propicio para la recepción y acudiendo a él. A veces con un pase directo desde la defensa o recogiendo un control de Oh. Una vez allí, controla, retiene la pelota, la protege de las entradas de los rivales y saca a relucir la milagrosa técnica de su delicada pierna zurda.

Todo empieza con un giro, un cambio de ritmo y una sucesión de buenas decisiones de las que su equipo se nutre para sobrevivir a la tensión de sentirse tan lejos de la portería rival. A veces mezclando en largo, tratando de activar zonas débiles del ataque, en ocasiones intercambiando pases cortos y apoyos constantes para juntar a sus compañeros en el carril central, o acelerando la jugada, cuando Corea tiene piezas situadas en buenas posiciones para dañar al rival.

Los registros de Kangin son casi inacabables, pero si uno de ellos está siendo diferencial en Polonia es su golpeo de balón, con el que ejecuta todos los balones parados, tanto córners como faltas, que los asiáticos han sabido optimizar desde el primer partido, conscientes de la técnica de Lee a la hora de botar estas suertes.

Dos equipos optimizados, trabajados, enrevesados y complejos, poco vistosos pero muy efectivos, pero, sobre todo, competitivos. Capaces de trasladar su ritmo bajo, la viscosidad de su repliegue y sensación de estar atrapado en una trampa a sus rivales, Ucrania y Corea del Sur, Lunin y Kangin Lee, buscarán el oro mundialista por primera vez en la historia de sus respectivas federaciones.