Diario Vasco

Bruselas, 16 may (EFE).- El 26 de mayo, Europa decide qué camino tomar: el de una Unión Europea que cree en sí misma y quiere seguir avanzando por la integración o una que se reduzca a la mínima expresión y lleve a cada socio a buscar alianzas fuera del bloque.

Están llamados a las urnas más de 500 millones de ciudadanos europeos, de los que alrededor de 100 siguen indecisos, apuntan los sondeos, en los que, atención, en sus manos está nada menos que el futuro de Europa.

Según uno de los últimos eurobarómetros, el 62 % de los ciudadanos cree que es "algo positivo" que su país pertenezca a la UE y un 68 % que sus Estados se han beneficiado de formar parte del bloque.

Al mismo tiempo, un 17 % de europeos responde que votaría a favor de marcharse de la Unión si hubiera un referéndum y otro 17 % se lo pensaría.

Menos de la mitad de los llamados a votar, el 41 %, conoce además la fecha en que se celebran elecciones europeas en su país.

Pero, ¿qué está realmente en juego en las europeas?

Por un lado, la prosperidad de una Unión Europea que siga otorgando derechos a sus ciudadanos, desde viajar por la zona Schengen sin pasaporte, hasta el derecho a trabajar en otros países de la Unión Europea sin barreras o incluso a llamar sin sobrecostes de itinerancia (roaming).

Por otro, la opción de pertenecer a un bloque que trasciende las fronteras nacionales en el tablero global, como la mejor opción para hacer frente a las grandes potencias mundiales que ejercen su poder con creciente desprecio al multilateralismo y las relaciones internacionales clásicas.

La Unión Europea ha garantizado la paz durante los últimos setenta años, algo excepcional en la historia de Europa; sin embargo, eso no es óbice para que algunos empiecen a creer que les iría mejor bajo el ala de otras potencias, desde Rusia a EEUU.

Si los ciudadanos apuestan mayoritariamente por fuerzas euroescépticas, se devolverán más competencias a los Estados, y se quedará por el camino, entre otras iniciativas por completar, la llamada unión bancaria con la que se espera evitar futuras crisis de deuda en la eurozona como la que azotó a la UE en 2008.

Otro asunto en el que Bruselas ahora manda, y mucho, y podría diluirse si la UE da pasos atrás, es en la garantía de la libre competencia para evitar monopolios y prácticas desleales. La CE ha dictado más de una decena de decisiones solo en los últimos años contra gigantes digitales como Google.

En materia social, también podrían frenarse definitivamente medidas como nuevas normas de conciliación laboral y familiar o una directiva de cuotas de mujeres en la dirección de empresas públicas y privadas.

En definitiva, en manos de la ciudadanía europea queda seguir apostando por las políticas de la UE o denunciar el sistema comunitario que exija mínimos denominadores de progreso a los más rezagados o que las capitales recuperen el timón de su rumbo.

En España, solo un partido, Vox, estudia aliarse con los euroescépticos en el futuro Europarlamento, en concreto con la líder de Agrupación Nacional, Marine Le Pen, o el xenófobo PiS polaco.

Pero en otros países, como Francia, con la propia Le Pen, o Italia, con la extremista Liga Norte de Matteo Salvini, las opciones antieuropeas podrían resultar las más votadas en sendos territorios.

Como ariete de estas fuerzas, principalmente, una política de inmigración y asilo común prácticamente inexistente, pese a su propaganda, con unas cuotas de acogida de refugiados que ni se cumplen ni son obligatorias.

Más allá del resultado efectivo de votos para formaciones europescépticas, será clave para dimensionar la magnitud de la amenaza antieuropea y de extrema derecha comprobar si en el mes de junio, cuando toque el momento de pactos, los eurófobos son capaces de formar un único grupo potente o bien se dispersan.

En la mano de los ciudadanos quedará decidir si quieren seguir formando parte del proyecto comunitario o seguir los cantos de sirena del "brexit".