Diario Vasco

València, 17 abr (EFE).- El balón podría empezar a botar en el futuro Mestalla en la campaña 2022-2023, quince años después de la colocación en 2007 de la primera piedra del nuevo campo del Valencia, tras el acuerdo alcanzado por el club con la cooperativa ADU Mediterráneo para la adquisición del solar del viejo estadio.

Tras diez años, desde 2009, con las obras paralizadas por falta de liquidez, el anuncio del acuerdo convierte un proceso que siempre había generado dudas en un paso adelante que parece definitivo para acabar el campo tras muchos debates, promesas e incumplimientos.

El estadio, actualmente poco más que un esqueleto y con las obras paralizadas desde 2009 en una de las zonas de crecimiento urbano de la ciudad, no ha sido durante este tiempo más que una mole de cemento destinada a afear uno de los accesos a Valencia.

Durante esta década, la posibilidad de reanudar las obras se había convertido en un "día de la marmota" por los constantes anuncios realizados al respecto, que siempre quedaron en agua de borrajas tras haber despertado unas expectativas tan efímeras como frustradas.

El sueño inicial fue acoger la final de la Liga de Campeones del ya lejano 2011. Primera utopía. Poco a poco se pospusieron fechas de vuelta al trabajo y del posible traslado al nuevo campo al ritmo de los cambios en la cúpula de la entidad con presidentes como Vicente Soriano, Manuel Llorente o Amadeo Salvo y la actual propiedad encabezada por Peter Lim.

Todos ellos acompañaron su llegada al club de promesas o al menos de declaraciones posibilistas de que las máquinas podían volver pronto al futuro estadio, aunque a medida que pasaba el tiempo se expresaba cada vez con más frecuencia que sin financiación, es decir, sin la venta del viejo campo, no habría movimiento.

De entre todas las posibilidades barajadas, la que se mantuvo más tiempo en el candelero fue la de la coincidencia de la inauguración con el centenario del club, celebrado hace un mes con la única novedad de que el requisito imprescindible de la venta del viejo recinto había empezado a avanzar.

Durante esta década, el debate recurrente ha estado condicionado por vicisitudes políticas, negociaciones con las instituciones, deterioro material de lo ya construido e incapacidad económica para afrontar los trabajos, además de la incorporación al paisaje urbano de una construcción tan abandonada como antiestética.

A todo ello, se ha unido otro debate, este de carácter sentimental y entre los valencianistas, sobre la conveniencia de abandonar el actual campo, el más antiguo de los que este año acoge partidos de Primera División y que cumplirá un siglo precisamente en 2023, año en el que posiblemente ya habrá sido demolido.

Muchos seguidores, algunos incluso desde antes del 2007, habrían deseado que el Valencia se quedara para siempre en su actual casa, pero con el paso dado esta semana ya saben que en un futuro no demasiado lejano verán a su equipo en una instalación más funcional y capaz de generar recursos económicos, a la que deberán adaptarse.

Con todos los flecos, matices o detalles que el proceso tendrá a partir de ahora, la de la cooperativa es una propuesta sobre la que hasta ahora apenas se había hablado, sin las urgencias de las promotoras, con la opción de los compradores de pisos ahorren y, de momento, con la bendición del actual alcalde, Joan Ribó.

El nuevo estadio ha visto la luz al final del túnel. Lo único que falta es avanzar desde la oscuridad a la firma de acuerdos, de contratos de compraventa y de la escritura final que permita cerrar una etapa de quince años con más pesadillas que presagios de felicidad.