Diario Vasco

Madrid, 14 ene (EFE).- Ocho décadas después del fin de la Guerra Civil, apenas queda en España rastro familiar de los casi medio millón de exiliados que abandonaron forzosamente su tierra por el avance de las tropas de Franco y los pocos que regresaron antes de la muerte del dictador se encontraron con un país que ya no reconocían como suyo.

"Al volver, perdían su país por segunda vez", explica Elsa Osaba, representante de la Asociación de Descendientes del Exilio Español e hija de refugiados socialistas en Francia, que regresaron con ella a la localidad cántabra de Ampuero en 1959 para descubrir una realidad de persecución política y marginación social que llevó a su padre a la convicción de que el retorno a España había sido "un gran error".

Osaba, que compareció ante la jueza argentina María Servini como querellante en la causa abierta por crímenes del franquismo, precisa que fueron "muy pocos" los que volvieron a su país tras la muerte de Franco y, al rememorar los años de exilio francés de su familia, quiere que quede claro que la vida era allí especialmente dura, ya que al desarraigo se sumaba el desprecio de Francia por todo lo español.

Según coinciden diversos historiadores expertos en la materia, en los tres primeros meses de 1939 se vieron obligados a abandonar España casi medio millón de personas -entre soldados y civiles, muchos de ellos mujeres, ancianos y niños-, pertenecientes a las más variadas condiciones sociales e ideologías.

Francia recibió unos 440.000, aparte de los 15.000 que llegaron a Argelia, entonces colonia francesa, si bien la cifra definitiva se redujo a 215.000 después de que muchos, tras la contienda, creyeran en el ofrecimiento de Franco a acoger sin represalias a todos aquellos españoles que no tuvieran las manos manchadas de sangre.

Quienes confiaron en su palabra y decidieron regresar fueron encarcelados, sometidos a juicio y marginados cuando intentaban conseguir empleo o directamente ejecutados.

Los exiliados en territorio francés fueron hacinados en centros de "acogida" -término que repudia Osaba- en unas condiciones que acabaron con la vida de miles y, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, unos 30.000 fueron enviados a campos de trabajo, aunque lo peor llegaría con la ocupación alemana y los traslados a campos de exterminio como Mauthausen, donde murieron 5.000 españoles.

El de Francia fue "el exilio más duro", reflexiona Elsa, y recuerda cómo, incluso después del triunfo aliado, muchos españoles fueron objeto de persecución por sus ideas políticas en virtud de convenios suscritos con EEUU e incluso deportados a Argelia o Córcega.

Y, en todo caso, los españoles eran víctimas de un trato hostil y xenófobo, "con mucho racismo", como también recuerda Amparo Sánchez-Monroy, delegada en Francia de la organización Archivo, Guerra y Exilio (AGE), quien valora no obstante la calidad de la educación que recibió, en contraste su traumática experiencia en la España franquista.

Nacida en 1938, Amparo, hija de un capitán del Quinto Regimiento, cruzó en 1939 la frontera francesa en La Junquera con sus padres, quienes se negaron a renunciar a la nacionalidad española y en 1956, orgullosos de sus raíces, enviaron a la entonces joven de 18 años a continuar sus estudios en España, en la ciudad de Toledo.

Amparo descubrió un país "triste, con mucho miedo", sin semejanza alguna con el que sus padres le habían descrito, donde se le retiró el pasaporte, fue sometida a la disciplina de la Sección Femenina, interrogada por la Brigada Político Social y, finalmente, tuvo que regresar a Francia entre avisos de que corría peligro por ser "hija de rojos".

"El año que viene volvemos a casa; del año que viene no pasa que podamos volver a España", repetía su padre desde que era pequeña; pero sus padres no pudieron regresar hasta la Ley de Amnistía de 1977 y aquel país ya no se parecía a la patria que habían dejado atrás.

Como en todos los éxodos, en el de la Guerra Civil -muchos exiliados reniegan de esta denominación y reclaman hablar de "Guerra de España" por su dimensión internacional- adquirieron además protagonismo especial los niños: Unos 30.000 menores fueron expatriados por sus familias para ponerles a salvo, entre ellos 17.500 a Francia, más de 5.000 a Bélgica y cerca de 3.000 a la URSS.

Frente al desarraigo de los exiliados en Francia, México destacó entre otras naciones latinoamericanas -Argentina, Venezuela y Chile también recibieron miles de ellos- por la excepcional política de acogida que les brindó el presidente Lázaro Cárdenas, gracias a la cual se establecieron allí unos 25.000, entre ellos grandes exponentes de la élite cultural e intelectual española.

España perdió con la guerra una generación considerada como la mejor formada después del Siglo de Oro, cuyos representantes contribuyeron así a reforzar los vínculos con América Latina, y hasta finales de los años sesenta no comenzó un flujo de retorno "lento pero constante" de exiliados -según fuentes del Ministerio de Justicia-, tan clandestino en su época que tampoco dejó rastro en las estadísticas oficiales.