Diario Vasco

Túnez, 14 ene (EFE).- Túnez conmemoró hoy el octavo aniversario de la revolución que acabó con la dictadura de Zinedin el Abedin Ben Alí sumido en la insatisfacción, una aguda crisis económica y un enconado pulso político que amenazan con arruinar una transición considerada modélica.

"La revolución nos ha dado un aire de libertad y nos ha aportado mucho, sobre todo en el plano político e institucional, pero acaba de nacer, por decirlo de alguna manera, y hay que esperar a que crezca", dijo a Efe Noumi Abdedayem, miembro de la Asociación Internacional de Apoyo a los Prisioneros Políticos.

"Pero ver sus efectos puede llevarnos hasta una década. Hasta el momento hemos logrado unas elecciones legislativas, presidenciales y municipales libres", agregó el representante de esta ONG que defiende a 20.000 víctimas de los regímenes de Ben Ali y de su predecesor, Habib Bourguiba.

Presente en los actos celebrados este lunes en el corazón de la capital tunecina, epicentro de la revuelta de 2011, Abdedayem se mostró seguro, sin embargo, de que el resultado a la larga será positivo para el país, aunque lo que ahora reine sea la insatisfacción social y el pesimismo.

"Nos queda superar esta transición y alcanzar una justicia económica y social, sobre todo en lo que se refiere al desempleo y al desarrollo regional. Pero lo lograremos y será un éxito", subrayó.

Y es que, desde fuera, la historia reciente de Túnez parece la de un proceso exitoso: el país ha celebrado comicios legislativos, presidenciales y municipales limpios y se prepara para elegir nuevo presidente a finales de 2019.

Además, ha aprobado novedosas leyes contra la impunidad para los miembros del régimen derrocado, contra la corrupción y la tortura y en favor de la transparencia y las mujeres, que han convertido a Túnez en el Estado árabe más feminista.

Desde dentro, sin embargo, la transición tiene aroma a fracaso, con una amplia masa social descontenta que se queja de que junto a las libertades, recortadas de nuevo en los últimos años, no ha llegado la dignidad que se demandó en 2011.

La corrupción, endémica en tiempos de la dictadura, es aún uno de los principales lastres de la economía, junto a la precariedad y el desempleo juvenil, que supera el 30 por ciento, igual en tiempos del derrocado Ben Ali.

Las arcas del Estado están vacías y la política económica está amarrada a las leoninas condiciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), que ha impuesto recortes en la administración y austeridad en el gasto público a cambio de un préstamo por valor de más de 2.500 millones de euros.

Políticas que el Gobierno aplica con reticencia, consciente de su impopularidad en año electoral, pero que aun así han desatado huelgas y protestas en las calles de todo el país convocadas por la UGTT, principal sindicato nacional y grupo de presión, con más de 800.000 afiliados.

El sindicato, motor esencial de las protestas de 2011 y miembro del cuarteto mediador que en 2014 salvó la transición y fue galardonado con el premio de la paz, mantiene para este jueves una huelga general de la función pública que ha puesto al Gobierno contra las cuerdas.

"Las elites tunecinas deben poner el interés del país y de su pueblo por delante de todas sus preocupaciones", advirtió hoy el líder del sindicato, Noureddin Taboubi, en alusión al conflicto entre el Ejecutivo y la presidencia en el seno del partido mayoritario Nidaá Tunis.

Frente a varios centenares de simpatizantes congregados junto a la sede del sindicato, el influyente líder social instó al Ejecutivo a "adoptar medidas valientes para combatir la evasión de impuestos, mejorar la gobernanza y a acabar con los barones del mercado negro y la economía sumergida".

"Debe velar por la neutralidad de la administración y de las mezquitas y asumir las posiciones de la UGTT en lo que se refiere a la gestión de las empresas públicas para que recuperen su valor en el circuito económico y social", destacó.

Un discurso que este lunes calaba en el frío de la calle, donde la palabra más común era insatisfacción.

"Es verdad que hemos logrado la libertad de expresión, pero la economía sigue siendo el gran problema en el país. No hay nada que celebrar si el ciudadano tunecino no tiene nada que comer", razonaba a Efe el periodista tunecino Chedly Araibia.

Más directa, Yosra Boughanmi, una jubilada de 70 años, recordaba que "fueron los pobres quienes lideraron la revolución, personas que dieron su sangre por este país y que no se van a callar", antes de advertir: "No pararemos hasta que Túnez vuelve a ponerse en pie".