Diario Vasco

Rabat, 8 dic (EFE).- La caravana de emigrantes centroamericanos que se dirige hacia EEUU o la odisea del barco Aquarius por aguas del Mediterráneo el pasado verano sin encontrar un puerto de acogida han tenido en vilo a la opinión pública internacional y han demostrado que la migración se ha convertido en un tema capital del debate del siglo XXI.

Síntoma de este debate, la cumbre que se abre el lunes en Marrakech (Marruecos) para aprobar el "Pacto Global para una migración segura, regular y ordenada" va a contar con numerosas ausencias -algunas tan importantes como Estados Unidos, Australia o Italia-, que revelan cómo las migraciones agitan los peores miedos en la sociedad.

La caravana centroamericana, reducida ahora a unas 7.000 personas varadas en territorio mexicano, ha puesto sobre la mesa uno de los asuntos más peliagudos: ¿a quién hay que considerar meritorio para conceder el asilo?; ¿qué diferencia ahora a un emigrante "político" de uno "económico"?; ¿supone la persecución de las "maras" una razón para pedir refugio en otro país?.

El pasado junio, el Departamento de Justicia de EEUU informó de que "en general" ya no son elegibles para el asilo las víctimas de violencia doméstica o de pandillas ni las de abuso sexual, principales argumentos esgrimidos por los migrantes centroamericanos.

Se calcula que cada año hay unas 300.000 personas que emigran desde Honduras, Guatemala y El Salvador huyendo de la pobreza o de una violencia en pocos casos calificable de "política" pero no por ello menos peligrosa.

A la Administración de Donald Trump no le ha temblado la mano: el 22 de noviembre último, autorizó la "fuerza letal si fuera necesaria" contra los emigrantes que traten de traspasar la frontera, y ocho días después el Departamento de Seguridad Nacional de EEUU (DHS) solicitó al de Defensa prorrogar el despliegue de tropas del ejército en la frontera con México hasta fines de enero.

En Europa, segundo gran foco del debate migratorio, el debate agita todas las sociedades, como bien pudo verse el pasado verano cuando el barco Aquarius deambuló por el mar Mediterráneo encontrando cerrados los puertos de varios países hasta que España accedió a acoger temporalmente a los 629 inmigrantes de más de veinte nacionalidades que llevaba a bordo.

El periplo del Aquarius, fletado por las ONG Sos Mediterranée y Médicos sin Fronteras, hizo evidente una realidad: los países europeos iban "pasándose la pelota" y negándose a acoger a los ocupantes del Aquarius; se hizo famoso el mensaje del ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, al calificar de "victoria" la partida definitiva del barco de las aguas italianas.

Las disputas entre europeos por culpa del barco recordaron a las que tres años antes los socios de la Unión Europea (UE) habían mantenido en 2015 y 2016 por el reparto de las "cuotas de refugiados", unas cuotas que en muy pocos casos se cumplieron y que supusieron el germen del llamado "grupo de Visegrado", el grupo de países de Centroeuropa unidos en su rechazo a la emigración.

Aunque la odisea del Aquarius del pasado verano tuvo entonces un final feliz, el calvario no había hecho más que empezar: las posteriores misiones del barco han encontrado no solo puertos cerrados, sino también la negativa de Suiza a facilitar al barco una bandera de conveniencia, y finalmente Médicos sin Fronteras (MSF) anunció esta misma semana el fin de las operaciones de rescate.

La directora de MSF para Reino Unido, Vickie Hawkins, denunció la "campaña de desprestigio" europea (con Italia a la cabeza) contra el Aquarius: "Europa -dijo Hawkins- ha saboteado activamente los intentos de otros para salvar vidas".

Son numerosas las señales que llegan desde Europa de rechazo al emigrante, y no solo por el ascenso de los grupos xenófobos en las citas electorales de prácticamente todos los países; el último de ellos, España, donde unas elecciones autonómicas en la región de Andalucía dieron un 10 % de votos a un grupo ultraderechista.

Incluso en países tradicionalmente más abiertos a la emigración, como los escandinavos, se registran iniciativas antes impensables: esta misma semana, el gobierno danés propuso recluir a los emigrantes culpables de crímenes en una isla desierta mientras se tramitaba su expulsión.

Y mientras que los países ricos van cerrando las puertas a la emigración, los países de Asia y África acogen con menos ruido y menos polémica cantidades mucho más generosas de emigrantes: sirios en Líbano, birmanos en Bangladesh y africanos del Oeste en Costa de Marfil. En todos esos casos se cuentan por millones.