Diario Vasco

Berlín, 11 nov (EFE).- Alemania se encuentra en alerta tras el verano con menos precipitaciones en un siglo y, aunque el consumo humano está garantizado, las repercusiones son ya evidentes en el tamaño de las patatas, el repunte del precio de la gasolina o en algún río, que ahora discurre en sentido contrario.

Pasear por Berlín junto al Spree, el río que atraviesa la capital, puede llevar estos días a momentos de confusión por un inusual fenómeno: sus aguas, en lugar de avanzar hacia su desembocadura, corren en algunos tramos suavemente tierra adentro, hacia su nacimiento.

"Hemos observado que el Spree fluye en sentido contrario en (el distrito de) Köpenick", asegura Martin Pusch, del Instituto Leibniz de Ecología Hídrica y Pesca Fluvial (IGB).

La explicación, agrega, es sencilla: el volumen de agua que están aportando al Spree las depuradoras es mayor que el que llega naturalmente por el río tras meses sin apenas precipitaciones.

El fenómeno puede verse como una mera curiosidad, no así los efectos económicos que está provocando una sequía fruto de unas condiciones meteorológicas anómalas, algo que en ciertos círculos se apunta como un anticipo de lo que puede traer el calentamiento global.

Según el Servicio Meteorológico Alemán (DWD), este verano ha sido el segundo más cálido desde 1881, con una temperatura media nacional de 19,3 grados centígrados, y también el segundo más seco en el registro histórico, con 130 litros por metro cuadrado, un 45 % por debajo de los valores promedio, tan sólo por detrás de los 124 de 1911.

Los efectos de la sequía son evidentes ya en el 90 % del país, especialmente tras un otoño sin apenas precipitaciones y con temperaturas claramente por encima de la media.

Como en el Spree, los niveles de los principales ríos del país -el Danubio, el Elba, el Rin y el Meno- se encuentran en mínimos históricos en varios tramos, lo que limita sobremanera la navegación, un medio de transporte de mercancías muy empleado en Alemania.

Las grandes barcazas tienen totalmente restringida la circulación por algunas zonas -por el riesgo de embarrancar- y por otras sólo pueden navegar parcialmente cargadas.

Muchas empresas han recurrido a embarcaciones de menor tamaño -o al transporte por carretera- y los viajes se han multiplicado para mantener el flujo de mercancías, lo que está disparando los costes logísticos y dificultando a los proveedores cumplir con los ajustados tiempos de la producción en cadena.

Esto es evidente en el precio de los combustibles, sobre todo en el oeste del país.

Allí la gasolina se ha disparado porque el habitual tráfico de barcazas cisterna desde Holanda se ha reducido enormemente y el combustible debe ser transportado en trenes y camiones cuando una de estas embarcaciones equivale a 120 vehículos pesados.

A lo largo de octubre la gasolina "súper" se ha encarecido cuatro céntimos, hasta los 1,53 euros el litro, y la normal ha repuntado ocho, hasta los 1,42 euros.

Otras empresas en los márgenes de los grandes ríos han tenido dificultades de suministro, como en el caso de la acerera Thyssenkrupp en Duisburgo, o han debido reducir su producción por falta de agua para la refrigeración de sus plantas, como el gigante químico BASF en Ludwigshafen.

Además, cerca de la mitad de los ferris fluviales han dejado de operar, según la Administración Federal para la Gestión de Vías Fluviales y Ferris (WSV).

Otro de los sectores damnificados es la agricultura, que ya ha exigido al gobierno ayudas para compensar las pérdidas.

Michael Kunz, del Centro para la Gestión de Desastres y Tecnología para la Reducción de Riesgos (CEDIM) del Instituto para la Tecnología de Karlsruhe (KIT) estima que los daños ascenderán a varias decenas de miles de millones de euros.

Los problemas van de una magra cosecha de cereales a patatas mucho más pequeñas de lo habitual, pasando por una reducción sustancial de la producción de piensos, que obliga a los ganaderos a alimentar a sus animales con alternativas más caras.

Otra consecuencia de la sequía, más allá de lo meramente económico, ha sido la aparición en los cauces secos de algunos ríos de bombas sin explotar de la II Guerra Mundial.

Una de las últimas, de una tonelada y factura estadounidense, fue desenterrada a finales de octubre en el Rin, cerca de Neuwied.