Diario Vasco

Nairobi/Johannesburgo, 10 nov (EFE).- Las mujeres que gobiernan o encabezan un Estado en el mundo se pueden contar con poco más que los dedos de las manos y la última en unirse a ese grupo es Sahlework Zewde, la nueva presidenta de Etiopía y la única en África.

Sahlework, una consagrada diplomática que ha ocupado altos cargos en la ONU, se mostró contundente en su primer discurso tras su elección en octubre: "Si alguien piensa que hablo mucho de mujeres, que espere a escuchar todo lo que tengo que decir".

A pesar de la repentina e inédita designación, en un país tradicionalmente gobernado por partidos de raíz étnica y de hombres, su puesto no tiene ninguna función ejecutiva y constituye, más bien, un cargo representativo.

"Parece más un esfuerzo para una transformación acelerada del país, pero aún es pronto para hablar de su significado más amplio para las mujeres o la política etíope", advierte a Efe la analista de género del International Crisis Group (ICG), Azadeh Moaveni.

La elección de Sahlework fue solo un paso más en lo que parece una declaración de intenciones que vino después del nombramiento de un Gobierno paritario y poco antes de que se designase a una abogada feminista como presidenta del Tribunal Supremo, Meaza Ashenafi.

Estos cambios históricos tuvieron efectos inmediatos en la región: Ruanda, el país con más mujeres en su Parlamento del mundo y con varias organizaciones gubernamentales íntegras de mujeres, decidió cambiar su gabinete y nombrar uno paritario y más joven.

Pese a que África Subsahariana es la tercera región a nivel global con más mujeres en Parlamentos, sólo detrás de América Latina y Europa, el porcentaje en conjunto sigue sin representar ni un cuarto de las Cámaras.

Antes de Sahlework, África ha tenido pocas pero importantes presidentas como la premio Nobel de la Paz liberiana Ellen Johnson-Sirleaf o la malauí Joyce Banda, quien quizás busque una reelección en 2019.

En el sur de África, en países como Sudáfrica o Zimbabue, las ligas femeninas de los partidos en el poder tienen un gran peso por su protagonismo pasado en la lucha por la liberación de sus pueblos.

Sin embargo, esa posición de influencia dentro de los partidos no se traduce necesariamente en acceso a cargos de gran liderazgo.

Saara Kuugongelwa, primera ministra y jefa de Gobierno de Namibia desde 2015, es una excepción, pero en el Zimbabue post Robert Mugabe, por ejemplo, apenas hay ministras en el Gabinete.

Y en la pequeña Esuatini (antes Suazilandia), última monarquía absoluta del continente, la población femenina tiene pocos derechos efectivos, dependiente siempre de maridos y padres.

En el norte de África, el sueño fallido de la Primavera Árabe dejó las aspiraciones de una verdadera transformación social y política en un breve espejismo.

Con excepciones tímidas como Túnez, donde hubo algunos avances, la desigualdad de derechos entre sexos y la influencia del Islám en la ley alejan la meta de la igualdad política.

"¿Cómo van a tener las mujeres en los países islámicos una participación efectiva y democrática cuando se les niegan sus derechos? Donde las leyes islámicas se aplican, por ejemplo, una mujer solo puede heredar la mitad de lo que el hombre hereda", remarca a Efe la activista francomarroquí Zineb El Rhazoui, excolumnista de la revista Charlie Hebdo.

Las mujeres africanas afrontan "retos estructurales" no solo para alcanzar puestos en el Gobierno sino posiciones de liderazgo en la sociedad civil, señala Moaveni.

"Es tradición que las mujeres tengan mucha familia, que no acaben su educación...Y eso no deja mucho espacio para presentarse a un cargo político", indica la analista.

Además, hay en ocasiones "mucha resistencia desde las propias mujeres al liderazgo de mujeres", asegura Moaveni.

La última presidenta de África antes de la elección de Sahlework, la mauriciana Ameenah Gurib-Fakim, dimitió en marzo.

Sin poder ejecutivo, renunció tras ser acusada de usar una tarjeta de crédito de una ONG, a la que representaba, para uso privado, hecho que ella desmintió; mientras, hombres con cargos de corrupción siguen en puestos políticos en el continente.

Pero las mujeres africanas continúan abriéndose camino y ocupan alcaldías de capitales y ciudades tan importantes como Durban (Sudáfrica), que alberga el principal puerto de África.

"Mi agenda pretende empoderar a las mujeres", decía a Efe en octubre pasado Rohey Malick Lowe, quien se convirtió este año en la primera mujer en Gambia que dirige un ayuntamiento, el de Banjul.

El avance de la mujer africana también se palpa en ámbitos tan importantes como la seguridad y la paz.

En el noreste de Nigeria, campo de batalla contra el yihadismo de Boko Haram, existen colectivos de mujeres en primera línea que trabajan como lideresas comunitarias y en proyectos de personas desplazadas, recuerda la experta del ICG.

Sin olvidar que, en todos los países africanos, florecen asociaciones de mujeres que luchan cada día por sus derechos.