Diario Vasco

Zaragoza, 10 nov (EFE).- La defensa de los derechos de la mujeres y de la tierra son dos luchas que confluyen en el ideario de la activista indígena guatemalteca Lolita Chávez, que reivindica que "los territorios, como nuestro cuerpo, no son propiedad".

Refugiada desde el año pasado en el País Vasco por las amenazas en su país, Chávez ha sido una de cabezas más visibles esta semana en las primeras Jornadas Internacionales Feministas en Zaragoza, que han reunido a más de una treintena de activistas por la igualdad entre hombres y mujeres.

En su caso, para narrar la experiencia de una mujer que carga en una pesada mochila con las piedras del machismo y del racismo. Pero también la de una mujer que conquista derechos junto a sus compañeras y que se revela contra los modelos impuestos de "modernidad" y de "blancura" que persiguen a su pueblo.

"Los hombres son superiores, la gente blanca es superior, la gente de dinero es superior. Y las violencias se generan precisamente por el tipo de modelo de vida que quieres imponer", explica la activista guatemalteca en una entrevista a Efe.

Violencia que aterriza en su pueblo de manera implacable en forma de "asesinatos, violaciones sexuales y torturas" que han quedado en la impunidad, denuncia.

Cuando las empresas transnacionales comenzaron a avanzar en el territorio, la situación de los pueblos indígenas se agravó y las mujeres y hombres de esta zona en Guatemala decidieron crear el Consejo de Pueblos K'iche's por la Defensa de la Vida, Madre Naturaleza, Tierra y Territorio (CPK) del pueblo quiché, del que forma parte.

"Surge el Consejo y surge el ataque; no hemos tenido ni una pausa en nuestro caminar. El resultado de ello es que yo tuve que salir de forma acelerada en un golpe profundo a mi pueblo", recuerda.

Y en el frente de la lucha, explica, la mayoría son mujeres. Y por su condición, los ataques que sufren son distintos a los que se perpetran contra los hombres.

"A nosotras nos violan, nos secuestran y nos generan un acoso sexual y estigmatización que los compañeros hombres defensores no están sufriendo", reconoce Chávez, finalista el año pasado del Premio Sájarov, que el Parlamento Europeo entrega cada año en reconocimiento a la defensa de los derechos humanos.

Esa lucha constante provoca en ella emociones encontradas que la activista expresa así: "Siento la injusticia sobre mi pueblo y me pesa mucho: ya pasamos guerra, ya pasamos tanta represión, mi mamá y mi abuela lo pasaron tan mal, y ahora yo". Y se pregunta que hasta cuándo.

Sin embargo, la guatemalteca, que luce con orgullo la vestimenta tradicional y trata de conservar sus costumbres en el exilio, alberga en su rostro un brillo de esperanza: se encuentra a la espera de conocer las conclusiones del Parlamento Europeo sobre si sería o no seguro para ella regresar a casa.

"No perder la comunicación con el pueblo y soñar el retorno es muy inspirador", explica Chávez, quien es autoridad con servicio comunitario en su tierra natal, uno de los pueblos mayas nativos del altiplano guatemalteco.

Y, mientras, esta profesora de Guatemala explica que sigue "tejiendo redes" y aprendiendo sobre las teorías feministas, que luego transmite a sus compañeras en el país.

Aunque remarca que sus antepasados, su madre o su abuela, siempre fueron feministas: "Nunca me hablaron de feminismo pero tenían una práctica feminista no nombrada, pero sí desarrollada".

"Tú lo vives, tú lo mamas, te crías con eso y al final lo sueltas y es lindo. Porque a mí la gente me pregunta: '¿De dónde sacas tanta fuerza?'. Y parte es de ellas, que nos dieron sabiduría en otro contexto y en otro momento", matiza.

Una sabiduría ancestral que también se transmite de generación en generación en el respeto a la tierra, el agua y las montañas. Por eso, cuando ellas siembran lo hacen para la vida, no para la producción y la comercialización.

"A veces los compañeros piensan: tenemos que vender. Y nosotras decimos, sí, pero tenemos que sembrar también ruda, hierbabuena, pericón o romero para sanar", relata.

En su región, donde las mujeres dedican una gran parte del tiempo a los cuidados no remunerados y a las actividades agrícolas, siguen luchando porque la tierra no sea propiedad, ya que la gran mayoría de los casos pasa a manos de hombres y de grandes compañías.

Por eso, Chávez no duda a la hora de repetir una vez más su llamado: "Si dejamos que estas empresas sigan caminando de forma acelerada, no estará en riesgo solo nuestro pueblo quiché, sino toda la humanidad".