Diario Vasco

Compiègne , 9 nov .- Toda la fragilidad de la paz más efímera, la que vivió el mundo de 1918 a 1939, se concentra en un sencillo vagón de tren, escenario del armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial hace ahora cien años.

Con cuerpo de madera y chasis de acero, el vagón-restaurante 2419D acogió en un bosque en Compiègne, a unos 70 kilómetros al norte de París, a un grupo de militares y diplomáticos de largos bigotes. Genuinos especímenes de aquello que Stefan Zweig denominó "el mundo de ayer".

Aquellos hombres, representantes de Francia, el Reino Unido y Alemania, rubricaron el final de más de cuatro años de combates en un vagón que, dos décadas después, se convertiría paradójicamente en símbolo de la capitulación francesa ante Adolf Hitler.

Pero primero el armisticio. El 8 de noviembre de 1918, una Alemania exhausta envió una delegación plenipotenciaria a Compiègne para firmar un alto el fuego.

El mariscal Ferdinand Foch, comandante en jefe de los Aliados, había elegido una perdida vía ferroviaria que utilizaba la artillería pesada para citar a la comitiva alemana -encabezada por el ministro de Estado Matthias Erzberger- fuera de miradas curiosas.

"¿Cuál es el objeto de su visita?", preguntó Foch a Erzberger tras intercambiar saludos protocolarios y revisar sus credenciales.

"Venimos a recibir las condiciones de las Potencias Aliadas relativas a la conclusión de un armisticio por tierra, mar y aire, en todos los frentes y colonias", respondió el alemán.

"No tengo ninguna proposición que hacerles", les espetó el mariscal francés, que marcaba así desde el inicio la atmósfera tensa que presidió la reunión.

Foch quería escuchar de los alemanes que venían a pedir el armisticio. Sólo entonces les ofrecería sus condiciones.

"Fue un ambiente correcto, pero muy frío. Había millones de muertos sobre la mesa...", explica a Efe Bernard Letemps, presidente del museo Memorial del Armisticio, donde se exhibe un vagón idéntico y de la misma serie que el usado entonces.

Los alemanes recibieron con consternación las draconianas exigencias que les imponían los vencedores -como devolver Alsacia y Lorena o unas astronómicas compensaciones materiales- y las transmitieron a Berlín con la obligación de responder en 72 horas.

El 11 de noviembre, cerca de agotarse el plazo, las delegaciones volvieron a reunirse, a las 02.15 de la madrugada, y tres horas después firmaron los 24 artículos del armisticio.

"Quien redactó el texto puso el papel carbón del revés, así que no hay más ejemplares que el original", que se conserva en el Ministerio de Defensa francés, relata Letemps.

El vagón todavía sirvió para viajar a la localidad alemana de Tréveris y prolongar tres veces el alto el fuego, hasta la firma del tratado de Versalles en junio de 1919, tras lo cual se expuso primero en el Palacio de los Inválidos y después en Compiègne.

Pero su simbología gloriosa pronto iba a cambiar. El 22 de junio de 1940, la Alemania nazi había ocupado más de la mitad de Francia y Hitler viajó para culminar su ansia de venganza y obligar a los franceses a firmar su rendición en el mismo coche-restaurante 2419D.

"Hitler se sentó en el mismo sitio donde se había sentado Foch. Sacaron el vagón del interior del memorial, lo colocaron en el mismo lugar de 1918 y después de que el general Keitel leyese las condiciones del armisticio, Hitler se marchó. Pusieron el vagón en un carro y se lo llevaron a Berlín", rememora Letemps.

Objetos como ceniceros, lámparas o teléfonos que se guardaban en el vagón habían sido escondidos antes por el conservador, que evitó así que se los llevasen los nazis. Hoy esos testigos silentes de la historia están expuestos en el memorial.

El sueño del "Führer" era exhibir su botín en la anhelada nueva capital, Germania, que proyectaba el arquitecto Albert Speer.

Pero cuando en diciembre de 1944 las cosas se ponen feas para los nazis, Hitler desplaza el vagón a Crawinkel, cerca del campo de concentración de Ohrdruf, donde unos 10.000 deportados construían 24 grandes túneles en la montaña que iban a servir como cuartel.

En abril de 1945 el lugar se convierte en el primer campo liberado por los estadounidenses. Los generales Eisenhower y Patton descubren montañas de cadáveres apilados que muestran a los habitantes del pueblo, cuyo alcalde se suicidará días después.

Los liberados incendian las barracas que los nazis utilizaban como almacenes y como vivienda. Entre dos de esas barracas, estaba el 2419D que cae pasto de las llamas, salvo el chasis de acero, que todavía se utilizará durante décadas como remolque para transportar material en la estación de Gotha.