Diario Vasco

Túnez, 9 nov (EFE).- El conflicto suscitado por la remodelación del Gobierno entre el primer ministro tunecino, Yusef Chahed, y el presidente de la República, Beji Caïd Essebsi, ha evidenciado el poder e influencia que acumula el partido islamista Ennahda, clave en la estabilidad política del país.

Tras varios meses de presiones e intentos fallidos, el discutido jefe del Gobierno presentó la noche del lunes la esperada modificación del gabinete, que justificó en la necesidad de sacar a la nación de la aguda crisis económica que sufre.

Un día después, la respuesta desde el palacio de Cartago fue rotunda y directa: la presidencia no estaba de acuerdo ni con el fondo ni con la forma de la misma e instaba al primer ministro a dar explicaciones antes de elevarla al Parlamento.

Unas palabras más medidas que las pronunciadas por la gobernante plataforma laica Nidaá Tunis, fundada por el propio presidente de la República en 2014 y de cuyas filas salió el actual primer ministro.

Su secretario general, Hafed Essebsi, el ambicioso hijo del presidente, tildó la remodelación de golpe de Estado y en una entrevista concedida a la revista internacional "Jeune Afrique" volvió a exigir a Chahed que dimitiera o se sometiese a una moción de confianza.

Ambos políticos llevan enfrentados más de un año, pulso que ha debilitado y fragmentado la plataforma y permitido que los islamistas sean en la actualidad la primera fuerza en el Parlamento y el socio esencial de un frágil Gobierno.

"Desde hace un año, el país vive al ritmo de una crisis que ha dividido el poder ejecutivo, de un serial interminable que ha transformado el partido del presidente de la República en una fuente de desestabilización y polarización de la vida política", explicaba el columnista Nijab Ouerghi.

Se trata de "un intercambio ininterrumpido e insalubre de acusaciones también entre la izquierda, representada por el Frente Popular, y Ennahda, que amenaza en un futuro próximo con extender sus tentáculos por todas partes y convertirse en una fuerza política omnipotente en el país", advertía en un artículo publicado el jueves.

El probable desenlace de este desencuentro así parece demostrarlo: mientras Essebsi y Nidaá Tunis arremetían contra el primer ministro, el mismo miércoles Ennahda salía al paso y zanjaba el debate al confirmar que apoyaría la remodelación en el Parlamento, institución que debe validarla.

El respaldo de los islamistas, unido a la fuerza parlamentaria de los disidentes de Nidaá Tunis afines a Chahed, constituidos en un nuevo bloque llamado Coalición Nacional, y los votos de Machroua Tunis, partido de Mohsen Marzouk, uno de los fundadores de Nidaá, garantizan el sí de la Cámara.

"El primer ministro someterá su nuevo gabinete al escrutinio de los diputados el próximo lunes", confirmaron hoy a Efe fuentes próximas al Ejecutivo.

Detrás del pulso se esconden las luchas bizantinas que libran entre las bambalinas del poder los diferentes grupos de presión económicos y la clase política de cara a las elecciones presidenciales, previstas para finales de 2019.

Y el nerviosismo que se ha extendido en ciertas esferas nacionales e internacionales ante las encuestas que predicen una victoria electoral de Ennahda similar a la que logró en las municipales de mayo.

Los islamistas han dado hasta la fecha una lección de pragmatismo que les ha permitido quedar al margen de las críticas por el hundimiento de la economía nacional y atraer el voto de las clases medias no religiosas.

Principal fuerza en el Parlamento, es también socio esencial en el Gobierno, donde ha eludido la primera fila al renunciar a los ministerios y limitarse a controlar importantes secretarías de Estado.

Además, ha emprendido una campaña de imagen en el que la mujer se ha convertido en protagonista, hasta el punto de que ha dejado entrever que podría optar por una candidata a la presidencia de la República.

"Ennahda está siendo muy inteligente. Ha adoptado una política de nivel bajo que le está dando sus frutos. Observa sin mancharse cómo sus enemigos combaten y se debilitan entre ellos", explica a Efe un diplomático europeo.

"Es un partido mucho más estructurado y solido que el resto, con una amplia base social, tanto en la capital como en las zonas rurales del sur. Además, la crisis económica ayuda a su estrategia", agrega la fuente, que prefiere no ser identificada.

Una crisis, sostenida en el paro estructural y en la corrupción -dos de los factores que desataron la revolución que en 2011 acabó con la dictadura de Ben Alí-, que amenaza con arruinar la única de las primaveras árabes que sobrevive.