Diario Vasco

Sevilla, 13 oct (EFE).- El escritor Juan Bonilla asegura que no recuerda un día en el que no haya buscado libros y cree que esta afición o "veneno" sirve para que algunos autores no caigan en el olvido, según ha dicho en una entrevista con Efe tras publicar "La novela del buscador de libros" (Fundación José Manuel Lara).

En estas particulares memorias de bibliómano con un título que evoca el de las de Rafael Cansinos Assens, Bonilla homenajea a autores a los que debe mucho, como el poeta Julio Mariscal, Fernando Quiñones o "el gran cuentista Gonzalo Suárez, que está aún en muy buena forma" y con quien comparte amistad.

El buscador de libros "tiene algo de vigilante de la playa, de guardián entre el centeno; no quiere que algunos nombres caigan al abismo del olvido o se ahoguen, quiere resucitarlos; es inevitable a veces tener la sensación, en plena madrugada, leyendo a un autor olvidado, pensar: seguramente soy el único sobre este planeta que está leyendo a Saulo Torón, o a Antonio de Obregón o a quien sea".

"Eres el único en el planeta gracias al que una voz muerta, sigue viva", ha añadido antes de contestar sobre el capítulo de este libro en el que cuenta cómo afrontó lo peor de la crisis vendiendo parte de su biblioteca:

"Desprenderme de libros valiosos, que no volveré a tener, tampoco fue ningún trauma; el trauma verdadero es saber que la mayor parte de lo que consigas con esas ventas te la vas a gastar en libros; porque la enfermedad es crónica, aunque se sabe de algunos que han conseguido curarse, de momento no los envidio".

Sobre cómo se inició ha dicho que "fue muy importante conocer joven a Abelardo Linares; sin conocerme de nada me prestó libros cuyos precios no estaban a mi alcance; además de librero era editor de la poesía que más cosas me decía, así que fue fundamental; y además me dio trabajo de dependiente en la feria del libro de Madrid varios años. Y le habló de mí a Jesús Quintero, que me fichó para su radio. Si no es por Abelardo quién sabe dónde estaría ahora..."

Las librerías más curiosas las encontró "en Latinoamérica, con diferencia; librerías que fueron librerías y poco a poco se convirtieron en otra cosa, en peluquería de señoras, en videoclub, en burdel".

Fruto de esas pesquisas ha recopilado un libro de fotos que saldrá en la Feria del Libro Viejo de Sevilla y se titulará "La calle de los libros", donde "pueden verse establecimientos majestuosos: desde una librería a la que se asoman unos tipos con tablas de surf porque está en plena playa hasta uno de los grandes templos, la Strand de Nueva York".

"Todo esto de los libros antiguos y los mercadillos y las librerías, en el fondo, es un asunto lleno de vida, vida perdida por supuesto, bibliotecas de difuntos que se esparcen al viento de los libreros, cosas dentro de los libros que te hablan de tardes antiguas, historias secretas en una dedicatoria, yo qué sé...".

Sobre los ejemplares que más le interesan ha señalado: "Tengo la curiosidad en buena forma y mis búsquedas cubren un abanico que mi bolsillo no se puede permitir; la poesía me sigue interesando como el primer día, pero la novela menos, no suelo buscar novelas -ya tengo las primeras ediciones de 'Lolita', 'Fortunata y Jacinta', 'La Regenta', 'El árbol de la ciencia' y 'El guardián entre el centeno', así que como no me salga 'Moby Dick'...".

No obstante, ha añadido que "lo fascinante de las búsquedas es que nunca sabes dónde van a acabar, sabes cómo empieza pero no sabes dónde vas a dar, una cosa te va llevando a otra, en esto la lectura de alguien tan desordenado como yo se parece a la navegación de cualquier internauta".

De las librerías de lance y los mercadillos ha dicho que "tienen mala fama, como muy casposo todo y poco higiénico, pero un altísimo porcentaje de la gente que yo he conocido parecía ducharse a diario, y he hecho buenos amigos, con la inevitable competencia que nos traemos cantando nuestras victorias y rebajando el precio verdadero de nuestras conquistas".