Diario Vasco

París, 15 sep (EFE).- Grabados desde las primeras filas de sus desfiles en los salones del número 10 de la avenida George V, los vídeos privados que Cristóbal Balenciaga ordenó filmar para conservar con detalle el movimiento en vivo de sus creaciones se muestran por primera vez al público.

Las películas muestran los diseños en pasarela entre 1960 y 1968, año en que cerró la "maison", y se exhibirán en París este fin de semana durante las Jornadas de Patrimonio, en una de las alas del Hospital Laennec, sede desde 2016 del grupo de lujo Kering y de Balenciaga -que pertenece a ese conglomerado-.

Sin música, a paso lento y con un cartel que mostraba el número de la creación para hacer más fácil su compra, las modelos desfilaban en un ambiente que poco tiene que ver con los desfiles contemporáneos, ni en contenido ni en forma.

¿Qué pensaría el modista de saber que ahora los cientos de invitados a sus desfiles pasan buena parte de los quince minutos que dura la muestra grabando con sus pequeños teléfonos?.

Nada que ver con el ambiente casi sacralizado en el que se desarrollaban sus presentaciones, que se repetían cada día durante tres meses a la misma hora y duraban hasta una hora y media, el tiempo de que un centenar de modelos caminara con sus creaciones delante de los clientes.

Pese a que por motivos de derechos de autor lo desfiles no podían ser grabados, el creador vasco, asentado en París desde la década de los años 30 del siglo pasado y aterrorizado por la idea de que le copiaran, decidió crear un archivo personal que le permitiera guardar un vivo recuerdo del efecto del vestido una vez puesto.

"El mejor costurero de los costureros", como le llamaban sus competidores Coco Chanel y Christian Dior, construyó sus prendas de forma casi arquitectónica y logró que cada una de ellas destacara de manera independiente al cuerpo de la mujer.

Para ello suprimió los botones, que cortan la fluidez de la chaqueta, borró las líneas de la espalda para dejar un diseño recto e invirtió los volúmenes de forma hasta entonces nunca vista. Es más, el diseñador es a día de hoy uno de los principales referentes de los creadores contemporáneos.

Los primeros en ver la colección eran los clientes estadounidenses, los que más pagaban pues compraban además los derechos de reproducción que les permitían adaptar los vestidos y vender creaciones similares al otro lado del Atlántico.

Con ese dinero, según contó una representante de Kering durante una presentación de estas imágenes -digitalizadas en 2017-, Balenciaga reembolsaba el coste de los desfiles y podía ya empezar a obtener beneficios con el resto de su público, entre el que destacaba buena parte de la aristocracia europea.

Hacerse con uno de sus diseños costaba, además del dinero, hasta tres pruebas de vestuario y unas tres semanas de espera.

Una personalización que constituía "per se" el principio de la alta costura y que desapareció poco a poco a partir de finales de los años 60 con la llegada de diseñadores como Yves-Saint Laurent.

Los métodos del llamado "prêt-à-porter" convencieron a Balenciaga de que los nuevos tiempos no eran para él e impulsaron el cierre de su firma en 1968 y su retirada a España, cuatro años antes de su muerte. Casi veinte años después, en 1986, Jacques Bogart S.A. se hizo con la marca y la reabrió como firma de "prêt-à-porter".

Estos vídeos son un testimonio de aquella época dorada que supuso el fin de la alta costura, y permitirán a los curiosos de la industria comprender los mecanismos que inspiraron a varias generaciones, desde Hubert de Givenchy hasta el polémico Hedi Slimane, que en su despedida de Saint Laurent en 2016 reprodujo la dinámica de aquellos desfiles de salón.

Proyectados en grandes pantallas en la sala donde actualmente se realizan los "showrooms" de Balenciaga, el visitante podrá descubrir igualmente parte de las instalaciones de Kering y la capilla del hospital en la que ahora se exponen temporalmente algunas obras de la colección de François Pinault, dueño del grupo de lujo.