Diario Vasco

Madrid, 12 ago (EFE).- A sus 63 años, y con cerca de tres décadas de experiencia, el artesano Javier Murillo no es capaz de hacer el recuento exacto de las réplicas de animales que ha creado a lo largo de su vida, un trabajo artesanal que, bajo el nombre de 'imaginería animal', conjuga con su pasión por el medioambiente.

Fue en 1990 cuando Murillo, cansado de hacer figuras de cartón fallero, decidió emprender la aventura de la 'imaginería naturalista o animal', un término asignado por él mismo a sus piezas que hace referencia a la "técnica de tallar o pintar imágenes de la naturaleza que representen de manera realista a los animales y otros elementos naturales, como troncos o madrigueras", siempre con un fin didáctico.

"Los primeros años no fueron fáciles, pues empezar a crear animales es una labor que exige mucho esfuerzo", ha explicado Murillo en una entrevista con Efe. Aprendió las técnicas y el manejo de herramientas en la Escuela de Artes y Oficios en Pamplona con el objetivo de ser ceramista, profesión que sustituiría años más tarde por la imaginería.

Entre sus realistas piezas, realizadas sobre todo con resinas sintéticas, escayolas extra duras y poliespán, destacan las diferentes especies de aves, insectos, mamíferos, e incluso anfibios, creados a partir de "muchas y muy diferentes técnicas, ya que te tienes que ajustar un poco dependiendo del animal que se trate", ha aclarado el artista.

Murillo reconoce que, a lo largo de estos años, ha podido crear cientos de réplicas de animales, encargadas sobre todo por diversos organismos, administraciones, fundaciones o asociaciones de ámbito nacional e internacional y destinadas a la educación ambiental, ya considera que sus figuras cumplen un papel "atractivo" para acercar al público en general al conocimiento de la fauna y, sobre todo, de la fauna local".

Aunque el imaginero califica su trabajo como "realista", ha destacado que "en toda pieza artesanal se queda una marca personal" e identifica la suya como el "carácter amable" que plasma en sus réplicas, que las hace más atractivas, como ocurre, según cuenta, con "el sapo común, un animal que da asco a muchas personas, y que, sin embargo, son de las réplicas que más gustan".

"Cada réplica, por pequeña que sea, conlleva muchas horas de trabajo", ha determinado Murillo, quien calcula que "para hacer un coleóptero, por ejemplo, puedes echar perfectamente dos días", tiempo que refleja en sus tarifas ajustadas, que "no son las de un artista, sino las de un artesano o trabajador".

La mayoría de sus réplica son aves, según ha admitido, "sobre todo aquellas que no son tan vistosas" en la naturaleza, porque "luego no les sacas el partido que tienen al pintarlos", y ha confesado que su favorito es "es un macho de gorrión común", ya que los tonos discretos del animal son los que "más matices esconden".

Murillo defiende su imaginería animal como una alternativa a la práctica de la taxidermia porque, aunque los animales disecados tengan una mayor validez al mostrar, entre otras cosas, los tejidos o la biometría de cada especie, las réplicas de Murillo gozan de un mantenimiento más sencillo.

Estas piezas tampoco exigen la muerte del animal, y además están hechas "al gusto del consumidor", ya que el artista se ajusta a las peticiones del cliente para determinar el sexo, la edad, el pelaje o plumaje.

Sin embargo, Murillo ha lamentado que durante estos últimos años ha sentido "muy fuertemente" la falta de trabajo, y ha culpado de ello a "los recortes que se han hecho a todos los niveles en los presupuestos del Estado", siendo uno de los más afectados los aspectos que se dedican a la divulgación sobre la naturaleza.

El artesano aprovecha cualquier exceso de trabajo para enseñar sus procedimientos a los jóvenes que se ofrecen a ayudarlo, pero teme que su profesión se pierda cuando se jubile, "no dentro de mucho", ha dicho, porque sería "una pena que toda la riqueza que tengo en moldes, herramientas, técnicas, y demás, dejaran de utilizarse".