Diario Vasco

Argel, 16 jul (EFE).- Sentadas entre raídos cartones en medio de la acera, Selima y su hija, de apenas cuatro años, no son más que otro obstáculo para la riada de personas que suben por una de las calles que conducen a la colonial plaza de la Grand Post, corazón de Argel.

Procedente de algún lugar del norte de Mali, Selima, que apenas puede comunicarse en un irregular francés, no recuerda exactamente cuando abandonó su país, aunque sí que fue junto a su marido y su hermano, ahora desaparecidos.

Ambos salieron un día como tantos de la zona de chabolas donde se resguardaban para trabajar en una obra, y desde entonces no ha vuelto a verlos.

Tampoco recuerda cuando fue, solo que desde ese día vaga por el centro de la capital viviendo de la caridad.

"Por las noches, las mujeres tratamos de dormir juntas. Tenemos mucho miedo de la Policía", explica a Efe con la mirada inquieta, desconfiada ante tanta pregunta.

No es un caso aislado. Como el resto de las naciones del norte de África, Argelia es uno de los núcleos de la migración irregular a Europa, tanto para los subsaharianos que tratan de atravesar el país como para sus propios ciudadanos, que buscan huir de la pobreza y el paro.

Pero apenas existen cifras oficiales públicas sobre la migración en un régimen conocido por su hermetismo, lo que hace que sea complejo obtener una perspectiva ajustada de la verdadera dimensión del problema.

Un registro de 2016 de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) cifraba en más de 90.000 el número de refugiados y solicitantes de asilo mientras que organizaciones de defensa de los derechos humanos internacionales y locales calculan en decenas de miles los que cruzan cada año la frontera sur.

La mayoría, sin embargo, no suelen llegar a la capital o a la costa, si no que trabajan de manera ilegal en las ciudades del centro y del sur -menos vigiladas-, y cuando acumulan dinero optan por dos rutas.

Ambas parten de la localidad de Ourgla: una en dirección a la histórica ciudad de Ghadames, escala necesaria para entrar en Libia, y otra hacia Maghnia y Oujda, que facilitan el acceso a Marruecos y la llegada a Melilla.

"La mayor parte de los subsaharianos no llegan a la capital y otras ciudades del norte porque saben como se las gasta la Policía argelina", explica a Efe un activista de los derechos humanos argelino.

"Si los encuentran, simplemente los meten en camiones y los ponen en la frontera de Mali o Níger para que se las apañen", agrega el activista, que por motivos de Seguridad prefiere no ser identificado.

Según la OIM, agencia vinculada a la ONU, 391 de ellos fueron depositados esta semana en la localidad fronteriza de In Guezzam y empujados al desierto de Níger en condiciones precarias, desde donde lograron llegar a ciudad nigerina de Amssaka.

En mayo pasado, el ministro argelino de Interior, Noureddine Bedoui, admitió que su país expulsó a unos 27.000 migrantes irregulares en los últimos tres años.

Bedaoui, que acusa a las ONG de querer ensuciar la imagen de Argelia, volvió a insistir este fin de semana en que su país nunca autorizará la creación de los centros de detención transitorios y que mantendrá sus políticas pese a las críticas.

Organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch han denunciado en los últimos meses el "tratamiento inhumano" que el régimen argelino da a los migrantes, en su gran mayoría subsaharianos.

"Desde enero, Argelia ha expulsado a miles de hombres, mujeres y niños a Níger y Mali en condiciones inhumanas, y en muchos casos sin considerar su estatus legal en Argelia o el grado de vulnerabilidad individual", dijo HRW en junio.

La organización exigió entonces el cese de las expulsiones arbitrarias y sumarias, y el desarrollo de un sistema de asignación equitativa y legal de los migrantes en situación irregular.

En un informe presentado en febrero, Amnistía Internacional resaltó, por su parte, que más 6.500 inmigrantes procedentes de África subsahariana fueron expulsados de Argelia en 2017.

"El hermetismo del régimen y la connivencia de los gobiernos de Europa hacen parecer que el problema de la inmigración irregular en Argelia no existe, pero existe. Es una bomba de relojería", advierte el activista argelino.

"No solo los subsaharianos, que además deben hacer frente al racismo. También los propios argelinos, que cada vez buscan con más ahínco escapar", agrega.

Dos caminos se abren a este respecto: uno, desde el este hacia las islas italianas; el otro rumbo a España, más corto pero más arriesgado.

Según ACNUR, en 2017, la llegada de argelinos a Cerdeña aumentó un 25% mientras que Argelia se situó en segunda posición como país de origen de migrantes que llegan a España, solo por detrás de Marruecos.