Alberto Schommer: «Tengo 85 años, pero muchos proyectos. Y uno será la 'bomba'»

La muerte de su esposa, hace dos meses, le dejó «postrado y agobiado de tristeza». El galardón que acaba de recibir «me insufla nuevos ánimos»

MITXEL EZQUIAGA , SAN SEBASTIÁN
Alberto Schommer: «Tengo 85 años, pero muchos proyectos. Y uno será la 'bomba'»

Se confiesa sumido en un estado de ánimo «confuso». La muerte hace algo más dos meses de su esposa, la donostiarra Mercedes Casla, «me dejó postrado, agobiado de tristeza, sin ganas de trabajar y casi sin ganas de seguir adelante». Pero la concesión del Premio Nacional de Fotografía, el pasado día 8 de noviembre, «me ha insuflado nuevos ánimos».

Alberto Schommer (Vitoria, 1928), el fotógrafo que ha retratado el último medio siglo de vida de su país, acaba de instalar un plató en su domicilio madrileño y trabaja en varios proyectos. «Si uno de ellos sale como espero será un bombazo, aunque no puedo dar más detalles aún», se excusa. Sigue soñando con exponer en el Museo del Prado «aunque me parece que a su actual director (en referencia a Miguel Zugaza) no le gusta mucho la fotografía», afirma con cierta sorna.

Schommer conversa desde su domicilio madrileño, donde ayer se encontraba más tranquilo después de un intenso fin de semana de felicitaciones por su «inesperado galardón», del que habla también en términos políticamente incorrectos.

-¿Cómo recibió la noticia de su Premio Nacional de Fotografía?

-Lo recibí con sorpresa y con cierta sensación de retraso: los fotógrafos de mi generación debíamos haber tenido ese premio hace tiempo. Algunos, como Oriol Maspons, han muerto sin haber conseguido ese galardón, algo que me parece incomprensible. Pienso que el jurado de esos premios está formado a veces por gente que no conoce realmente la profesión. Pero, eso sí, la ilusión por el premio no me la quita nadie.

-El galardón le llega con 85 años. Pero usted asegura que no está retirado...

-No, ni mucho menos. Sigo trabajando. Tenía en casa un pequeño estudio y ahora, gracias a que he subastado unos muebles "art decó", he instalado un plató para trabajar más cómodamente. Espero hacer ahí nuevos retratos.

-Y acaricia otros proyectos que también le ilusionan.

-Sí, sí. Uno de ellos, si sale como espero, aunque es muy difícil, será toda una bomba periodística. Es una propuesta muy original. Pero no puedo dar más detalles, al menos por ahora.

-¿Pero será un libro, una exposición, otro tipo de trabajo...?

-Digamos que serán unos originales para la prensa.

-Tampoco descarta su sueño de exponer en el Museo del Prado. Aunque también reconoce que no parece ahora el mejor momento para ello.

-El director actual no tiene ninguna ilusión por trabajar con la fotografía, cuando la fotografía ya ha entrado en otros grandes museos clásicos del mundo. La fotografía es un arte que muchos consideran ya paralelo a la pintura. El Prado debería tener una salita especializada en la fotografía, y el lugar ideal se encuentra en la ampliación del edificio que creó el arquitecto Rafael Moneo. A mí me gustaría hacer ahí una pequeña exposición de fotografías grandes, y voy a seguir perseverando aunque al director del Museo no parece gustarle la fotografía...

-Se recupera aún usted del reciente fallecimiento de su esposa, Mercedes Casla.

-Llevo dos meses y medio con la moral muy baja, desde que falleció. Estoy sin ilusión, completamente agobiado de tristeza por la muerte de mi esposa. Este premio me ha devuelto, al menos, cierta energía para encarar el trabajo.

-Es usted vitoriano, pero Mercedes Casla fue una de sus principales conexiones con San Sebastián, ciudad en la que ha pasado tanto tiempo.

-Mi mujer era de la calle Churruca, de la empresa que tenía más prestigio en su sector de la alimentación. Todos los hermanos de esa familia eran guapísimos, y todos se fueron casando con personas ilustres.

- Ha vivido en Madrid, pero siempre en contacto con su País Vasco natal.

-Sí. Y nuestra casa la hicimos en San Sebastián: esa fue la elección. En Vitoria me querían dedicar una Fundación e instalar toda mi obra en un palacete de la Florida. Pero cambiaron de alcalde y el nuevo mandatario dijo que no había dinero para sacar adelante el proyecto, aunque el anterior aseguraba que había de sobra. Esos cambios de opinión me confirmaron que hubiese sido una barbaridad sumergirme en la aventura de la Fundación si resulta que cada político piensa de manera distinta.

-Esos cambios de proyecto, según qué siglas gobiernen, parece que se dan también en muchos otros lugares...

-No, hay sitios que son más serios en ese aspecto.

-Tres de sus libros, centrados en Gipuzkoa, tuvieron amplia difusión aquí: 'Azul', 'Verde' e 'Itsasoa'.

-Sí, dediqué 'Azul' a San Sebastián, 'Verde' a Gipuzkoa e 'Itsasoa' a nuestro mar. Cambian los tiempos y los paisajes pero sigo pensando que esos colores definen a cada uno de los sitios mencionados. En San Sebastián han hecho más parkings, como ese que construyeron en Alderdi Eder, pero la ciudad sigue siendo sobre todo 'azul'. Yo adoro a San Sebastián, la quiero muchísimo. Pero ahora pienso también que es la ciudad en la que falleció mi mujer, y eso me deja una amargura difícil de superar.

-Hubo en su biografía un momento que pudo cambiarlo todo: de joven, en París, recibió una propuesta para trabajar de la mano de Balenciaga.

-Mi idea era quedarme en París. El director de la agencia Publicis me invitó a su casa palacio, me llevó a Balenciaga y cuando el gran modisto conoció mi trabajo se empeñó en que me quedara a trabajar con él y con su equipo. Pero mi padre se negó rotundamente a que me fuera: yo era hijo único y quería que me quedase en el negocio familiar de fotografía en Vitoria. Qué gracia: esas cosas pasaban entonces. Ahora me hubiese quedado allí, en París, con mi mujer, y me habría ido a América.

-Se perdió un fotógrafo 'francés' pero España encontró al galerista de la Transición: sus retratos son como la crónica de medio siglo de este país.

-Sí. Es curioso. Cuando yo empecé a trabajar sé que Franco comentó en sus círculos más cercanos que ya veía que yo "no trabajaba a su favor"... Me lo contó tiempo después uno de sus ministros. Cuando Franco murió, empecé en el periódico El País mis galerías de retratos sobre la transición, que ahora se exponen como testigo de un cambio de época. Estoy orgulloso de esos trabajos.

-Perdone el reduccionismo periodístico, pero ¿cuál de sus fotos elegiría para resumir su forma de trabajar y de ver el mundo?

-Es una pregunta absolutamente imposible de responder. En cada tema que he trabajado, en cada libro, hay al menos una fotografía que todavía hoy me interesa muchísimo. Ahora mismo cogería una fotografía de mi mujer como resumen de toda mi obra. Y eso que desde que ella falleció no he querido ver ninguna de tantas imágenes que le hice a lo largo de tantos años de vida en común.

-Y de tantos personajes que ha retratado, ¿podría elegir uno?

-Por no evadirme otra vez en la respuesta, elegiría a un personaje tan controvertido como Salvador Dalí. Cuando estuve con él se comportó de manera normalísima y encantadora, pero en el momento mismo en que empezó a posar se transformó en alguien absolutamente histriónico. Era un ser exagerado y curioso que distinguía bien entre la persona y el personaje.

- Con la revolución digital vivimos un tiempo en que se hacen más fotografías que nunca.

-Con las máquinas digitales se hacen recuerdos, más que fotografías. La fotografía, tal como yo la entiendo, es otra cosa.

-Dígame.

-Como toda obra de arte, como la escritura, como la pintura, como la arquitectura, la fotografía exige una reflexión previa, un boceto. Aunque sea un reportaje fotográfico para un libro, debes saber qué quieres y cómo lo quieres.

-Sigue fiel a la fotografía analógica, pero también usa la digital como herramienta de trabajo.

- Sí, pero como herramienta para los bocetos: para montar el estudio o preparar los colores.

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