Un aula en la web para «alumnos del siglo XXI»

El colegio San Ignacio implanta el método Khan Academy

MONTSE HIDALGOSAN SEBASTIÁN
Amaia Arzamendi, directora del colegio San Ignacio de San Sebastián, en el patio del centro./ Mikel Fraile/
Amaia Arzamendi, directora del colegio San Ignacio de San Sebastián, en el patio del centro./ Mikel Fraile

Cada clase del colegio San Ignacio de San Sebastián comparte un día al año con los ancianos de la residencia de la tercera edad San José de la Montaña. El bando que suma más años vividos tiene historias que contar sobre sus pueblos natales y conoce un buen repertorio de cuentos que relatar a la joven audiencia. Pero esta última no es un saco vacío. Como buenos hijos del final del siglo pasado y lo que va de éste, los alumnos del colegio San Ignacio han crecido viendo sin sorpresa cómo se multiplicaban las pantallas a su alrededor.

Sin despeinarse, explican a los ancianos cómo funcionan las pizarras digitales que utilizan en clase o qué tienen que hacer para llamar a sus nietos con sus teléfonos móviles. «Son alumnos del siglo XXI. Ellos son nativos digitales, nosotros somos inmigrantes», asegura Amaia Arzamendi, directora del centro.

Los ordenadores han formado parte del mobiliario desde que tienen uso de razón. De sobra saben encenderlos y apagarlos. Instalan, juegan y navegan por internet como por una prolongación del patio del colegio. Lo que no tienen tan claro es que la red es algo más que una herramienta para seguir en contacto con sus amigos, que puede enseñarles matemáticas, biología, economía o historia del arte.

Aquí entra en escena Khan Academy, el proyecto del informático e ingeniero eléctrico Salman Khan para reconciliar a su prima adolescente con las matemáticas, que ahora reconcilia al mundo entero con tropecientas disciplinas más biología, química, astronomía, programación informática, historia, medicina... a través de más de 3.900 vídeos disponibles en su web.

Khan Academy ha entrado en San Ignacio por la puerta del taller de Matemáticas de segundo de la ESO y las clases de Biología de cuarto del mismo ciclo. «Los vídeos cortos, de entre siete y doce minutos, y en inglés se ven en casa. El trabajo de profesor es estar en el aula resolviendo las dudas que surgen a los alumnos mientras resuelven los ejercicios que ha propuesto», explica Arzamendi. Sin embargo, esta plataforma es algo más que Youtube disfrazado de colegio. Dos palabras clave: seguimiento y recompensas.

Omnipresencia docente

Cuando un alumno ve un vídeo en Khan Academy, el profesor lo sabe. Cuando se enfrenta a un ejercicio matemático son los únicos disponibles por ahora, el profesor sabe cuántas veces lo ha intentado, cuándo lo ha terminado y cuántos más ha hecho después. «Facilita la atención a la diversidad del alumnado», afirma la directora.

El docente sabe quién avanza viento en popa dejando atrás una estela cada vez más larga de respuestas correctas. Sabe quién se ha quedado atascado en un ejercicio y ve en los siguientes un pasillo espinoso. «Podemos dar más trabajo al que tiene menos dificultades o ponerlo en tesitura de acompañar al que encuentra más problemas y potenciar así el aprendizaje cooperativo».

Atrás quedan las clases convencionales donde el profesor «explicaba para todos, resolvía algunos ejercicios para todos y corregía para todos». En Khan Academy el lugar del profesor está merodeando entre los pupitres apoyando individualmente el aprendizaje de cada alumno. Mientras tanto, la pizarra digital muestra el abanico de ejercicios que pueden hacer determinado previamente por el maestro: «Cada uno elige su camino, así potenciamos la iniciativa y la autonomía personal», precisa Arzamendi.

¡Y recompensas! Los alumnos no están viendo vídeos ni devanándose los sesos en los ejercicios en vano. Conforme avanzan en los programas propuestos por Khan Academy, reciben insignias que reconocen su empeño estudiantil y están descritas en la web. Las insignias meteorito, por ejemplo, son bien fáciles, basta con empezar. Las agujero negro son harina de otro costal: «legendarias y desconocidas, son los premios más extraordinarios de la Khan Academy».

«No te voy a decir que con este sistema el alumno trabaja menos y aprende más. Pero las recompensas permiten mantener en el tiempo la motivación. Empezamos con el proyecto en septiembre, estamos en febrero y el alumno está igual de motivado. De hecho, trabaja más», asegura la directora del centro. Según ella, la posibilidad de que el profesor conozca cada movimiento de cada alumno dentro de la plataforma ha permitido comprobar cómo algunos de ellos se aventuran hacia otros itinerarios y cacharrean entre lecciones de historia del arte o informática. «Ven en Khan Academy una ventana impresionante para aprender otras cosas. Lo cierto es que también es un sistema muy adecuado para que los adultos aprendan cultura general», reconoce.

En este programa piloto, primera experiencia Khan Academy en el conjunto del Estado, el colegio ha contado con la colaboración de la Fundación Bankinter Innovación, encargada de formar a los docentes, y la Universidad de Deusto, que aporta el «rigor científico», analiza los resultados.

Contexto global, cambio constante y crisis han formado un puzzle en el que los profesores actuales sólo pueden encajar reinventando su tarea. «Nuestros alumnos son del siglo XXI y necesitan respuestas del siglo XXI», insiste la directora. Khan Academy es una parte del «compromiso del centro con la innovación educativa», pero no la única.

Al mismo tiempo que se va asentando la plataforma de aprendizaje online, el proyecto Lagun enseña al alumnado a hacerse consciente de sí mismo, de sus capacidades y sentimientos así como a tolerar la frustración a través de técnicas de relajación y prevención y resolución de conflictos. Design for Change (DFC), por su parte, trata de hacerlos «soñar de manera cooperativa» con un mundo mejor. «Tienen que detectar algo en su entorno que no les gusta, hacer un plan de acción para resolver ese problema, llevarlo a cabo y dar a conocer el trabajo realizado», explica Arzamendi.

Diseñar un patio limpio

Cuarto de la ESO quiso cambiar el uso que hacen los jóvenes de las redes sociales; sexto de primaria, la situación de los niños refugiados del Congo; y los últimos en unirse a DFC durante este mismo curso fueron alumnos de tercero de educación infantil, que con sólo cinco años de experiencia vital, han detectado que el colegio está un poco sucio. «En su momento, irán a donde sus compañeros de quince años para decirles oye, después de vuestros recreos...», adelanta la directora. Es probable que medio metro de ser humano clamando por la limpieza del patio donde juega tenga algo de innovador.

Detrás de tanto ajetreo, de Khan Academy, Lagun, DFC y de cada nueva idea que echa a rodar en San Ignacio, Azarmendi sitúa los valores del centro, «las cinco Cs»: «Conciencia de uno mismo y del entorno, competencia para comprender ese entorno, compromiso con la realidad, compasión y todo ello con grandes dosis de creatividad».