El último mito americano

La retirada de Ray Lewis, el temido defensa reconvertido a ‘predicador’ deportivo, acapara las horas previas a la Super Bowl. Fue absuelto de dos asesinatos y tiene seis hijos de cuatro mujeres. El domingo juegan la Super Bowl los Ravens y los 49ers, entrenados por dos hermanos, los Harbaugh, pero Ray Lewis les ha dejado fuera de foco

ÓSCAR ALONSO
El último mito americano

Cuando se acerca la Super Bowl, la gran final de la liga de fútbol americano, Estados Unidos comienza a buscar un héroe. Este año lo encontró pronto, a principios de enero, cuando Ray Lewis, el número 52 de los Ravens (Cuervos) de Baltimore durante los últimos 17 años, anunció que se retiraría al final de la temporada. Era el inesperado adiós de uno de los mejores y más rudos defensores de todos los tiempos, el jugador más valioso en la final de 2001 y uno de los símbolos de este deporte. Una celebridad nacional, reconvertida ahora en una especie de predicador deportivo. Solo había que confiar en que su equipo alcanzara la Super Bowl que se disputa este domingo (a las 12 de la noche) en Nueva Orleans.

Y lo hizo. Lesionado en un brazo desde la sexta jornada de una liga (NFL) en la que, dada su dureza, únicamente se juegan 16 partidos, Ray Lewis reapareció en el primer partido de los play off contra los Colts de Indianápolis. El último que su equipo disputaba en casa esta temporada. Como siempre, esperó a que todos abandonaran el vestuario. Sus 52 compañeros le esperaban impacientes. Todavía en el túnel, se arrodilló y pareció rezar con la frente sellada al suelo. Rodeado de cámaras, tomó impulso hacia el césped del estadio y emergió de entre una espesa niebla artificial.

Comenzó a contonearse y a emitir graznidos. La cara tiznada entera de negro. Flanqueado por espectaculares antorchas de fuego. La lengua fuera. Moviendo los brazos como si fueran alas. Hinchando el pecho como un pavo. ¿O imitando a un cuervo? En la Universidad de Miami, donde se formó como jugador, lo llamaban el baile de la ardilla. En Baltimore hablan de pavoneo. Sus gruñidos imitan a un cuervo. De forma ruda, amenazante. ¿Motivación? Espolea a sus compañeros pero, sobre todo, intimida al contrario. «Quiere que entiendas que éste es su campo y que tendrás que sacarlo en silla de ruedas si quieres ganar el partido», asegura su excompañero Derrick Mason.

El espectáculo finalizó con él en el centro de un corro formado por sus excitados compinches. Dando gritos:

¡Es lo que hay! ¡Vamos a por la victoria, chicos!

¡Es el día que hay que darlo todo!

¡Vamos!

¡Uh, uh, uh, uh, uh, uh, uh, uh....!, contestaron todos a la vez.

Contra pronóstico ganaron esa tarde a los Colts, más tarde a los Broncos de Payton Manning (grandes favoritos al título) y por último a los Patriots de Tom Brady (el marido de la modelo brasileña Giselle Bunchen), para colarse en la Super Bowl. Ray Lewis, durante muchos años ejemplo de la contundencia defensiva a veces rayana con la violencia ya no es el de antes, a pesar de que conserva el poderío físico 1,85 metros y 115 kilos . Los años se le notan, pero aún así contribuyó de forma decisiva a esas tres victorias. Hizo placajes. Asustó y exasperó a los contrarios. Les provocó con sus celebraciones. Y luego lloró.

Pero no dio pena a sus víctimas. Tras el partido, la esposa de una de las estrellas de los Patriots reflejó claramente en Facebook la frustración que les había provocado Lewis. «Si alguien está aburrido, por favor vaya a la página de Ray Lewis en Wikipedia. Seis hijos de cuatro esposas. Absuelto por asesinato. ¡Qué jugador de Salón de la Fama! ¡Un verdadero modelo!». Anna Burns Welker pidió luego perdón, pero ya había suscitado el debate sobre la cara oculta del último héroe americano.

Noche fatídica

Ray Lewis responde al prototipo de afroamericano de familia desestructurada que se mete en líos antes de redimirse. Tiene solo 37 años, pero su hijo mayor, Ray Lewis III, es ya una estrella en ciernes del fútbol americano universitario. Efectivamente ha engendrado seis vástagos dos de ellos chicas de cuatro mujeres diferentes. Y su supuesta implicación en dos asesinatos estuvo a punto de acabar con su carrera deportiva en el año 2000.

Después de presenciar como espectador la Super Bowl de aquel año en Atlanta, la que los Rams ganaron a los Titans, Ray Lewis se fue de juerga con dos colegas de equipo. Una noche fatídica. Se vieron implicados en una pelea que terminó con la muerte a puñaladas de dos personas. Inicialmente acusado de los asesinatos, Lewis fue liberado sin cargos tras testificar contra sus amigos. El traje blanco que vestía la noche del suceso nunca ha aparecido. Y restos de sangre de uno de los fallecidos fueron hallados dentro de la limusina de la estrella de los Baltimore Ravens. Doce meses de libertad condicional, 250.000 dólares de multa de la NFL y un acuerdo privado con las familias de las víctimas de importe nunca desvelado fue todo el coste que debió asumir.

Superado aquello, Ray Lewis se reinventó. Al año siguiente ganó su único título con los Ravens y, además, se dio un baño de intelectualidad. En 2004 con 29 años se graduó en Artes y Ciencia por la Universidad de Maryland. Comenzó a vestir esos trajes ostentosos que solo un afroamericano puede llevar y se convirtió en una especie de telepredicador deportivo de convicciones cristianas. En un consejero de éxito cuyas hazañas se repasan con regocijo estos días.

Hace unos meses hizo llorar a miles de seguidores de los Ravens con su emotivo discurso durante el funeral del dueño de la franquicia. Más tarde, se presentó en la Universidad de Loyola, en Baltimore, y arengó en el vestuario a un equipo que a los pocos días ganó el campeonato nacional. «No hay obstáculo que no se pueda superar», les dijo durante el sermón. Uno de los jóvenes presentes resumió así sus sensaciones: «Da miedo. Cuando te mira a los ojos sientes que está viéndote el alma».

La leyenda sobre Ray Lewis ha aumentado en las últimas semanas gracias a Michael Phelps, el deportista mundial con más medallas olímpicas, natural de Baltimore. El nadador se pasó por el vestuario para saludar a Lewis después del último partido ante su hinchada y desveló al Washington Post, para sorpresa de todos, que el líder de los Ravens había sido decisivo en su vuelta a las piscinas antes de los Juegos Olímpicos de Londres donde logró cuatro oros y dos platas. «Hemos hablado mucho sobre el último par de años de mi carrera. Él me ayudó a superar muchos momentos difíciles y no habría sido capaz de hacerlo sin él», agradeció Phelps.

Gane o pierda este domingo la Super Bowl de Nueva Orleans, en medios estadounidenses se especula con que el futuro de Lewis está en el coaching deportivo. Y se dice que podría cobrar hasta 100.000 dólares 73.000 euros por arengar a altos ejecutivos. Aunque le siga acompañando la polémica, porque ahora Sports Illustrated le acusa de haber tomado esta temporada un extracto de cuernos de venado, que contiene una sustancia prohibida por la NFL, para recuperarse antes de su lesión en el brazo.

Duelo fraticida

Volcados con su último mito, los estadounidenses no han prestado demasiada atención hasta las horas previas del partido a quienes, normalmente, hubieran sido los grandes protagonistas de la gran final de fútbol americano: John y Jim Harbaugh. Por primera vez en la historia de este deporte seguramente de cualquier deporte dos hermanos entrenan a los equipos contendientes en el partido decisivo.

El mayor, John, de 50 años, dirige a los Baltimore Ravens desde hace cinco campañas. En 2012 se quedó a las puertas de la Super Bowl. Esta temporada estuvo a punto de darla por perdida tras ser apaleados por los Houston Texans, que les ganaron de 30 puntos. John, que como jugador no pasó de las ligas universitarias, tiene fama de ser un head coach duro. Cuando llegó al equipo ordenó quitar los banquillos de los campos de entrenamiento para que nadie pudiera sentarse a descansar; también que todo el mundo llevara bien atadas las zapatillas y abrochados los cascos lo que no era habitual durante las exigentes prácticas. Así que tras la humillación ante los Texans dio un paso más: ordenó que los entrenamientos se hicieran con todos los jugadores vestidos como si de un partido se tratara; hasta con las protecciones.

La medida generó un maremoto por lo inusual; se fraguó un intenso debate en el vestuario y el Harbaugh mayor tuvo que esuchar de todo. Una rebelión en toda regla. De aquella catarsis surgió el punto de inflexión que el equipo necesitaba. Fue despedido el coordinador ofensivo del equipo y más tarde Ray Lewis anunció su retirada. Y todos se unieron en busca de la Super Bowl que disputan este domingo.

El hermano pequeño, Jim Harbaugh, de 49 años, no ha tenido tantos problemas ni en los San Francisco 49ers, con los que cumple su segunda temporada, ni en la vida. Él sí llego a jugar en la NFL, donde fue un quaterback de relativo éxito en cinco equipos distintos (Bears, Colts, Ravens, Chargers y Panthers) e incluso fue seleccionado para un partido de las estrellas. Como entrenador llegó a las semifinales en su primera campaña al frente del equipo y este año le ha devuelto a una Super Bowl 18 años después.

Lo ha hecho tras tomar la decisión más controvertida que se puede adoptar en un equipo de fútbol americano: sustituir al quaterback a falta de solo cinco jornadas para el final de la temporada regular. Y además para colocar como titular a un jugador de segundo año, alguien sin experiencia. Ése es Collin Kaepernick, un tipo tatuado de 1,93 metros de altura y 104 kilos de peso que está siendo la sensación del final de la campaña. Si mantiene su nivel de juego, el trofeo de campeón será para Jim, el pequeño de los Harbaugh. Si no, seguramente lo alzará John, el mayor. Aunque el protagonismo en ese caso se lo llevará Ray Lewis, el último mito americano, en el día de su retirada.