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La pisada de los internautas

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La pisada de los internautas

La ley debe encargarse de proteger la propiedad intelectual que, en primer lugar, pertenece a los creadores. Encuéntrese la fórmula; si no puede ser de control, sea de compensación; quizá gravando los aparatos que pueden burlarse de los derechos de quienes trabajan en la creación artística o intelectual

04.02.10 - 02:11 -
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Pocas veces he tenido ocasión de asistir a una argumentación tan cínica como la que se está esgrimiendo para pasarse por el arco del triunfo -creo que a tal intento conviene esa expresión entre eufemística y victoriosa- el derecho de propiedad intelectual. Más o menos es decir que como tengo un aparato con el que consigo algo, mi derecho a conseguirlo está por encima de quien adquirió ese algo o lo inventó. Y como soy internauta -no sabía yo que hay muchos que quieren dar a esa palabra una segunda acepción: ladrón de obras ajenas- pues adquiero lo que puedo y quiero gratuitamente, porque mi 'autoderecho' recién parido me autoriza a ello.
O sea que si poseo una palanca con la que puedo hacer saltar las puertas de mis vecinos, tengo derecho a entrar en su casa, y si, una vez dentro, tengo manos para agarrar cosas, también tengo derecho a hacerlo. Bien.
Alguien dirá: no, eso no es legítimo. Y pregunto: ¿por qué? ¿Acaso porque se trata de bienes materiales? Creo que el definitivo argumento -bastante vil- es ése. Si no, no se entiende que tantos quieran que los contenidos sean gratis y no la herramienta con la que se comunican. Porque otra pregunta es por qué se quiere la obra gratis y no se pide que los aparatos electrónicos también los sean, y ni tan siquiera que les reduzcan el precio. Claro que, a lo mejor, será porque se ahorran tener que pagar a quienes son capaces de imaginar para que los demás se diviertan.
Algunos, en el colmo del comunismo cultural, aducen los derechos a disfrutar de los bienes culturales, gratuitamente por supuesto. Confunden derecho y gratuidad. Pero puestos a tan deliciosa vida, ¿por qué no se reivindica la regalía de otros bienes aún más elementales? El pan, por ejemplo; o mejor aún, la cesta de la compra que incluya todos los elementos nutritivos necesarios, con variación cotidiana, o sea a la carta. Continuemos con el vestido, con la vivienda, con los transporte. Basta, basta, dirán los que venden todas esas mercancías y servicios, y con razón atendible; y entre ellos estarán también los que además de vender naveguen internáuticamente y quieran capturar obras ajenas a costo cero.
Otro argumento para no oponerse a tamaño desafuero, es el de la vía de la resignación -con frecuencia interesada- es decir que no hay nada que hacer, que la tecnología de captación de obras es inatacable e incontrolable y, por tanto, cualquier individuo provisto del artilugio adecuado se apoderará de la música o lo que sea que le dé la gana, sin posibilidad de que se detecte. Pues ante eso: hecha la trampa, hecha la ley.
Y la ley debe encargarse de proteger la propiedad intelectual que, en primer lugar, pertenece a los creadores. Encuéntrese la fórmula; si no puede ser de control, sea de compensación; quizá gravando clara y seriamente los aparatos que pueden burlarse de los derechos de quienes trabajan en la creación artística o intelectual. Porque si algún abuso se ha producido en esa defensa, asimismo se podrá limitar, y es incomparablemente menor que el que se pretende por esos paladines de la piratería, aplaudidos fervorosamente por quienes hacen negocio -y de los más suculentos en la actualidad- con la internáutica, sus aledaños y todos los elementos de la nueva era tecnológica. Y una cosa es que su negocio sea legal y legítimo, y otra es que se haga a costa de otro derecho anterior y más elemental.
Sí, porque si de algo se puede ser propietario -con la legitimidad más alta- es de aquello que uno mismo ha construido, he hecho nacer con su mente o con sus manos. Por eso no comprendo, salvo desde posturas irracionales o interesadas, que se pretenda conceder un derecho superior al que es usuario que al que es creador, que aquél pueda beneficiarse por la utilización y a este se le sustraiga la remuneración por su trabajo. En la cultura, al sujeto pasivo le quieren tratar mejor que al activo. Curiosa inversión.
Me temo que un gran número de personas -entre ellas todos los que reivindican internet como un instrumento de depredación- limitan su idea de la cultura a los regalos de instituciones y entidades o a lo que se puede ir apañando al paso.
Y peor aún, que cuanto más se acerca algo a lo espiritual o intelectual, menos se valora; y menos se considera a quieres lo trabajan. Está claro en un mundo en el que el mayor valor y el dios más querido es el dinero: aquello por lo que no se quiere pagar es que es despreciable y a quien no se quiere pagar es un paria inconsiderado y no merecedor de un salario.
De unas u otras maneras jurídicas y técnicas habrá de atajarse ese atropello que quiere perpetrar la caballería de los internautas.
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