Julio Villar, nuestro primer navegante solitario

1970 Fosfatina, arroz, spaghettis, cabra y pescado como menú diario durante la travesía náutica

JAVIER SADA
Julio Villar, dispuesto a dar la vuelta al mundo a bordo de su barco./
Julio Villar, dispuesto a dar la vuelta al mundo a bordo de su barco.

sigue su habitual actividad de visitar hemerotecas en busca de acontecidos, aunque en esta ocasión ampliando su marco de acción para llegar hasta «la otra parte del mundo». La cabecera del periódico protagonista de la noticia no resulta ser ninguno de los habituales para los nosotros, aunque de ellos, de nosotros, de un donostiarra, se escriba con gran titular en su primera página.

La prensa consultada responde al nombre de , se publica en Haiti y, eso sí, para leerla no hace falta viajar a tan largo destino sino consultar EL DIARIO VASCO de hace ahora cuarenta años: «Julio Villar, el primer navegante solitario español sigue navegando».

destaca a Julio Villar como un héroe, como uno de esos «raros aventureros románticos y audaces que aman lo bello y lo natural»... y que de ser guía de montaña en su patria chica... «alpinista en Chamonix y enamorado del océano y de las grandes aventuras, se ha convertido en marino...» proponiéndose dar la vuelta al mundo, en solitario, a bordo de su .

Desde Nuku-Hiva Julio escribía a su familia tranquilizándola y relatando curiosidades de su aventura marítima... «las montañas de por aquí me recuerdan cosas y momentos de por allá... He ido al campo y he cogido plátanos, papayas, limones y pomelos para el camino».

Y un lamento: «He tardado 16 días en llegar a Galápagos», donde el recibimiento por parte de las autoridades había sido más frío que en otros puertos «y me han hecho pagar 16 dólares por permisos y papeleros... es el único sitio donde he tenido que pagar». Lo demás muy bien. La gente muy hospitalaria. Me han dado fruta, pan y huevos. He cazado, pescado y visitado algunos volcanes...».

Durante los 26 días empleados para recorrer la distancia que separa las Galápagos de las Marquesas, más de tres mil millas, «he comido arroz, spaghettis, pescado, salado y seco, y cabra, también salada y fresca... todos los días lo mismo... pero menos comen los indios». Para desayunar siempre fosfatina un tanto rancia «que me regalaron en Martinica».

Sin piloto automático el barco parecía saber qué rumbo seguir y aunque zigzagueando «sigue sin tener que estar yo al timón»... y no sé que ha sido del mundo... «no veo ni barcos, ni aviones, ni nada». Los ratos libres, que debe suponerse eran muchos, «los paso leyendo». Ya se sabía de memoria de Cela, perfeccionaba el francés con los muchos libres que escritos en este idioma llevaba a bordo e «intentó aprender inglés».

Cuando llegaba a una isla «he aprendido que no debo andar en traje de baño... hay unos mosquitos pequeñitos, llamados nonos, que te comen vivo... aunque en ningún caso pican a los nativos y lo que nunca hay que hacer es rascarse».

Estas y otras curiosidades eran el primer de su viaje, de sus últimas singladuras. Todavía faltaba mucho para completar la ruta marcada pero para conocimiento de todos ahí quedaba en las páginas de EL DIARIO VASCO el titular del mencionado : «Guide de montagne professionnel Julio Villarest aussi et surtout le premier navigateur solitaire espagnol».

Para Navidades «ya estaré en Papeete»... y mientras tanto ¿se prepararía para el 20 de enero ensayando en la cubierta del .

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos