Los adornos del neandertal

La revelación de que la concha marina ornamental descubierta en Lezetxiki en 2002 proviene del Mediterráneo, refuerza las teorías sobre la cultura de los neandertales

KEPA OLIDEN
El arqueólogo oñatiarra Álvaro Arrizabalaga dirige las campañas veraniegas de excavaciones en Lezetxiki./
El arqueólogo oñatiarra Álvaro Arrizabalaga dirige las campañas veraniegas de excavaciones en Lezetxiki.

ARRASATE. DV. Cuando hace siete años los arqueólogos de Aranzadi dirigidos por Álvaro Arrizabalaga desenterraron en la cueva de Lezetxiki una diminuta concha marina rojiza, los expertos comprobaron que se trataba de un objeto ornamental humano correspondiente al paleolítico medio (aproximadamente 95.000-35.000 años a. C.). Pero al atribuir a los humanos la fabricación y uso de este colgante, los arqueólogos no se referían necesariamente a nuestra especie -hombre de cromagnon u homo sapiens-, la única que en la actualidad puebla el planeta.

Hasta hace tan sólo 28.000 años nuestra especie compartió la vida sobre la Tierra, y durante varios milenios incluso el mismo el mismo entorno, con otra especie también humana pero ya extinta: el hombre de Neandertal. Y la posibilidad de que el adorno en cuestión fuera obra de estos otros humanos generó un gran debate en torno a los comportamientos simbólicos de los neandertales.

Estos humanos achaparrados pero extraordinariamente robustos habían sido considerados tradicionalmente poco menos que pseudosimios tambaleantes. Pero sucesivos descubrimientos y hallazgos han permitido arrojar luz sobre una especie humana que, según los investigadores, probablemente fue tan inteligente como la nuestra -su capacidad craneal era superior a la del cromagno o humano moderno- y que bien pudo haber tenido una vida simbólica tan rica como la que se le ha atribuido siempre a nuestra especie.

Por si todas estas revelaciones fueran pocas, la humilde concha roja de Lezetxiki, según los últimos análisis de laboratorio, ni siquiera fue recolectada en la costa cantábrica, como cabría suponer.

Su origen es mediterráneo, lo que, a juicio de los expertos, demuestra la existencia de una extensa red de intercambio entre los distintos grupos o clanes neandertales.

Como sostienen Álvaro Arrizabalaga, Esteban Álvarez-Fernández y María José Iriarte, el descubrimiento de esta concha ornamental en Lezetxiki, situada a 500 kilómetros en línea recta del Mar Mediterráneo, «evidencia los contactos más distantes hasta ahora conocidos en Europa occidental durante el comienzo del Paleolítico Superior».

Los tres expertos han investigado esta famosa concha en atención a su importancia como la «primera evidencia de comportamiento simbólico durante el Auriñaciense (38.000-28.000 a. C.) en Europa».

En su estudio no atribuyen fehacientemente la paternidad del adorno a los extintos neandertales, pero sí lo aventuran esa hipótesis como la más lógica.

La cueva de Lezetxiki fue durante la prehistoria hogar sucesivamente de grandes carnívoros y de humanos. La oquedad enclavada en Garagartza estuvo ocupada por humanos de las especies heidelbergensis, neandertal y crogmagnon.

Lezetxiki es un referente en la investigación arqueológica correspondiente al paleolítico medio y superior. Los niveles estratigráfico que corresponden a dicha transición proporcionan evidencias de distintos modelos de técnicas líticas (incluyendo una arcaica industria ósea particularmente antigua); de cómo este hábitat fue sucesivamente ocupado por carnívoros y por humanos; de las tres especias humanas que lo habitaron; y de comportamientos simbólicos. En este sentido, Arrizabalaga y sus colegas destacan la «gran importancia» de los restos de moluscos hallados. Porque «cuatro de los cinco especímenes descubiertos proceden de estratos inferiores al nivel en el que fueron desenterrados dos dientes humanos pertenecientes a neandertales». Por ello, estos investigadores juzgan «lógico pensar que fueron los ocupantes neandertales recolectaron y utilizaron estas conchas marinas, incluyendo la que es objeto de análisis».

Esta concha mediterránea de 25 milímetros de largo por 11 de ancho y un grosor de 6 milímetros se ha convertido en el eje del debate en torno a los usos y comportamientos simbólicos de los neandertales. Si se demuestra la hipótesis planteada por Arrizabalaga y sus colegas, estos extintos humanos podrían definitivamente situarse a la altura de nuestros ancestros en materia creencias, espiritualidad, arte...

«Cultura» neandertal

Como escribía el arqueólogo y erudito Julio Arrieta Sanz en 2002 en la publicación digital «El Escéptico Digital», de la que es codirector, se sabe que los neandertales a veces recogían objetos que les llamaban la atención: generalmente piedras de formas y colores llamativos, minerales o trozos de ocre; también existe cierta evidencia de asociar huesos de animales a sus inhumaciones, así como de manipulación de los restos enterrados (desplazamiento de los huesos, trepanaciones de cráneos...)

Pero «nunca se había encontrado algo parecido a un adorno personal, hasta que hace tres años aparecieron varios útiles y colgantes de hueso asociados a restos de neandertales en la Grotte du Renne cerca de París», recuerda.

Estos objetos fueron -y son, señala Arrieta- objeto de polémica porque aparecieron en niveles muy tardíos y asociados a útiles que bien pudieron pertenecer a humanos modernos.

La importancia de este tipo de datos es «crucial en el debate sobre la extinción de los neandertales, porque precisamente la falta de este tipo de rasgos de complejidad cultural que algunos interpretan como un reflejo de una inteligencia limitada, o por lo menos carente de principios simbólicos -de auténtica cultura, en definitiva- es esgrimida como una de las causas que contribuyeron a su desaparición».

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