«Por fin puedo dar la obra por terminada»

Mañana, dentro del primer Arantzazu Eguna, se desvelará el nuevo aspecto de la Cripta en la que Néstor Basterretxea terminó de pintar, hace 25 años, los murales que había iniciado en 1952

NEREA AZURMENDISAN SEBASTIÁN.
«Por fin puedo dar la obra por terminada»

DV. «Ha sido como un embarazo de años y años...». Así se refiere Néstor Basterretxea, con el alivio de quien se ha liberado por fin de una carga «que ha dado lugar a mucho sufrimiento», al largo y a menudo tenso proceso que se inició en 1952 y se cerrará mañana, con la reinauguración de los murales que terminó de pintar, en segunda convocatoria, hace 25 años en la Cripta del Santuario de Arantzazu.

«Por fin puedo dar esa obra por terminada», dice, «emocionado y halagado» tras haber visto el resultado de la remodelación de la Cripta. Un resultado que le ha satisfecho porque, «aunque está mal que yo lo diga, me parece un conjunto formidable de murales y ahora, con la nueva iluminación, que es extraordinaria, parece que ha revivido». La presentación en sociedad de la renovada Cripta -el principal acto del primer Arantzazu Eguna, que tendrá lugar mañana-, dará cerrojazo definitivo a un desencuentro de más de medio siglo que es, también, la crónica de hasta qué punto se puede complicar un viaje de novios...

«Me quedé con la Cripta»

Ahora que ya ha hecho las paces con la comunidad franciscana de Arantzazu, Basterretxea, extraordinariamente activo a sus 85 años, prefiere pasar de puntillas por los episodios más dolorosos de una historia que le ha acompañado desde los 27 años y que recuerda en todos sus detalles.

Con esa edad, en 1952, Néstor Basterretxea, hijo del político nacionalista Francisco Basterrechea que al comienzo de la Guerra Civil tuvo que exiliarse con toda su familia, llevaba ya once años viviendo en Argentina, donde puso durante un tiempo sus dotes artísticas al servicio del departamento de publicidad de Nestlé, hasta que le echaron y pudo emprender su propio camino.

«Allí había conocido a Jorge Oteiza. Congeniamos enseguida, y entre nosotros surgió una amistad muy intensa». Así, cuando recién casado con María Isabel Irurzun emprendió en 1952 su viaje de novios, con la intención de que fuera un viaje de ida y vuelta, lo primero que hizo -en realidad, lo segundo, porque en primer lugar se fueron a sanfermines-, fue visitar a su amigo Oteiza. «Él ya estaba trabajando en Arantzazu, y me animó a que me presentara al concurso que se había convocado para pintar el interior de la Basílica. Creía que mi estilo, que en aquella época era un estilo expresionista con mucha influencia del muralismo mexicano, le iba muy bien a la estética del templo».

El joven Basterretxea, sin embargo, había durante muchos años sellar su cartilla militar en el consulado español de Buenos Aires, y le acompañó en su viaje a España la ficha de prófugo, que sólo le permitía permanecer un mes en el país. «Aún así, Jorge me convenció, me quedé, me presenté al concurso, y gané». En realidad, ganaron Basterretxea y el pintor madrileño Carlos Pascual de Lara. La decisión salomónica que rompió el empate del jurado -«a quién se le ocurre, un jurado par...»- determinó finalmente que Basterretxea pintara la Cripta y Pascual de Lara el ábside que, tras la prematura muerte del artista, terminaría acogiendo la extraordinaria obra de Lucio Muñoz.

Pero el Ejército se cobró las deudas pendientes, y se lo llevó a África, «donde pasé nueve meses protestando, hasta que un coronel auditor me mandó a casa». Y comenzó a trabajar en Arantzazu, mano a mano con el resto de los artistas, hasta que «aparecieron unas acusaciones llenas de mala leche que nos obligaron a defender nuestro trabajo ante el Vaticano» y, finalmente, derivaron en la paralización de las obras de Arantzazu.

Y, en 1955, llegó la noche negra en la que «borraron con agua y jabón» y cubrieron de blanco los dibujos que tan sólo esperaban a ser coloreados en los 500 metros cuadrados que constituían el gigantesco lienzo de la Cripta. Después, «un largo tiempo muerto, hasta que pensé que no quería morirme sin pintar Arantzazu y me puse en contacto con el entonces diputado general de Gipuzkoa».

Acababa de comenzar la década de los 80, y Xabier Aizarna presidía la Diputación. «Le dije que no quería ganar una peseta, pero que me facilitaran los materiales necesarios y dos ayudantes. Me respondió que sí, así que subí a Arantzazu y empecé a pintar una versión de los murales que no tenía nada que ver con la primera».

«Creé con total libertad»

En la primera versión, «me dieron el tema los franciscanos: pecado, expiación, perdón y gloria. Yo les dije que aquellos conceptos no había manera de pintarlos pero, no obstante, me puse a ello». En el segundo intento, «no les conté nada de lo que iba a hacer. Incluso me preguntaron si iba a repetir los primeros murales, pero les dije que no. En primer lugar, porque me los habían borrado y, en segundo, porque yo ya no era, ni como persona ni como artista, el Basterretxea de 27 años que ganó el concurso».

Tras alquilar un garaje «porque en el interior de la Cripta nos moríamos de frío y yo allí no podía pintar», y localizar un contrachapado utilizado en los barcos que «si resistía tempestades, también podría resistir la humedad de la Cripta», empezó a pintar, a «crear con total libertad». «En los 18 murales, conté mi historia, que relata, aunque no lo hace en orden cronológico, la creación del universo, la confusión del hombre ante la fuerza de la naturaleza, el nacimiento de los mitos...». Un recorrido -que no obvia aspectos de marcado cariz social como la guerra o la falta de libertad y en el que también tiene un lugar el santo humilde que fundó la Orden Franciscana-, cuya culminación supone el impactante e imponente Cristo vestido de rojo del altar.

«Ese Cristo, que tanto se aleja de las representaciones habituales que nos muestran un Jesucristo guapo y amable, es también una segunda versión», recuerda Basterretxea. «Me metí redentor e hice un Cristo que, con la cruz a cuestas y de espaldas, se alejaba de nosotros, que no estábamos a su altura». Altas instancias eclesiásticas le recordaron que su propuesta alteraba el sentido de la misa. «Como de eso entendían más que yo, le dí la vuelta y pinté un Cristo tremendamente severo. Creo que es la cara que nos pondría Cristo si volviera».

A partir de mañana, esa historia podrá contarse, por fin, en las mejores condiciones.

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