San Sebastián, dos décadas atrás

Hace veinte años, varias calles de la Bella Easo sirvieron de plató para 'El Anónimo'. La película permite apreciar los sutiles cambios que ha sufrido el centro de la ciudad

GONTZAL LARGOSAN SEBASTIÁN.
El Udaberri, en Reyes Católicos con Larramendi, tal y como es en 2009 y tal y como fue retratado en 1989 en 'El Anónimo'. /GONTZAL LARGO/
El Udaberri, en Reyes Católicos con Larramendi, tal y como es en 2009 y tal y como fue retratado en 1989 en 'El Anónimo'. /GONTZAL LARGO

DV. En ocasiones, es más sencillo olvidar la ciudad que vivimos hace veinte años que aquella que nunca conocimos. Cuando el pasado está a la vuelta de la esquina, los recuerdos se diluyen con facilidad. Así, películas rodadas recientemente en San Sebastián como -a la que nos referiremos como , para abreviar- son capaces de ilustrar cuánto ha cambiado aquello que considerábamos inmutable. Desgraciadamente, el paso del tiempo le ha hecho un flaco favor al filme -dirigido por Alfonso Arandia en 1989- y no porque haya envejecido mal -que podría, pero no es el caso-, sino porque ha sido cubierto por capas y capas de olvido, ignorado en el mercado del DVD. Amable, resultón y supereficaz en su cometido -entretener durante 80 minutos-, narra la historia de un grupo de estudiantes -integrado por, entre otros, un jovencísimo Micki Molina o Martxelo Rubio- que comparten piso en el centro de San Sebastián. Tras ser suspendido injustamente uno de ellos, escriben una carta amenazante y sin firma dirigida al profesor causante del daño.

El problema surge cuando echan el anónimo al buzón y se percatan de que, en el mismo sobre, iba la papeleta con las notas que identificaba al autor. A partir de ahí, los intentos de recuperación de la misiva derivarán en una sucesión de enredos que van desde el robo del buzón, hasta flirteos con una pareja de mafiosos de provincias, pasando por conflictos con la portera y su gris marido, etc. Lo que nos interesa de la película es el 'uso' que hace de San Sebastián como un gran plató cinematográfico, centrándose en dos áreas de la ciudad que han experimentado una metamorfosis en las dos últimas décadas: el Boulevard y la calle Reyes Católicos.

retrata ese Boulevard romántico y algo cochambroso que mutó en 1999: se aprecian las dos calzadas que lo flanqueaban, la característica gravilla de su suelo, el quiosco de música -cercano a la bocana de la calle Narrika y rodeado por una gran maceta- o comercios populares que ya desaparecieron, como el Bazar Canarias. Reyes Católicos también cambió a principios de esta década para convertirse en una calle peatonal. En 1989 era, por supuesto, una vía con calzada, tráfico y coches aparcados a ambos lados, al igual que Getaria, que también asoma durante unos pocos segundos.

Revisar con ojos de donostiófilo es, también, un ejercicio de nostalgia urbana. Por un lado, sorprende que todos los locales comerciales que sirvieron de plató natural permanezcan prácticamente iguales que anteayer. Por ahí desfila el Udaberri (que por aquel entonces se llamaba Udaberri-Berri) en el que tiene lugar una parte importante de la trama, por lo que es inmortalizado varias veces, tanto el exterior como el acogedor interior. Sus líneas básicas apenas han cambiado, como ocurre con el Altxerri -este sí, absolutamente inmutable- o Viajes Sireica, situado en la calle Getaria, que también tiene su protagonismo en el filme. En una escena, destaca la tenue iluminación de la agencia, sus líneas decorativas ancladas en los años sesenta y setenta, así como las paredes revestidas de madera.

Una de las imágenes recurrentes en toda la cinta es el portal de la vivienda en la que viven los protagonistas, situada en el número 3 de la calle Alfonso VIII, aunque en la trama se haga creer al espectador -la magia del cine, dicen- que se ubica en Larramendi. Junto a éste puede observarse un signo de lo que, sin duda, fueron otros tiempos: pegado en la misma piedra arenisca de la fachada destaca un cartel que promociona el concierto donostiarra que dio el grupo norteamericano Bon Jovi en el Velódromo de Anoeta el 3 de diciembre de de 1989. También sorprende sobremanera hallar, en uno de los planos que recorren el antiguo Boulevard donostiarra, la estatua de Las Danzarinas, que mentamos en esta misma página hace apenas dos semanas. En se desvela su antigua ubicación -en el extremo occidental-, poco antes de ser trasladada a la plaza de Euskadi y, finalmente, al paseo de Francia, donde pace ahora.

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