Cuando los 'Marañones' fundaron la 'Academia Errante'

El l 11 de octubre era también domingo hace cincuenta años. Ese día en el antiguo balneario de San Juan, en Azkoitia, nacía la . Nacía al menos con esa denominación, ya que desde cuatro años antes un grupo de intelectuales vascos de ideologías dispares se venía reuniendo para dialogar sobre aspectos culturales diversos. Con motivo de la muerte de Pío Baroja, en 1956 en la venta de Aztirio, se hizo la primera sesión ya con un carácter formal; más tarde, en la venta de Azitain se recordó la figura de Arturo Campión y en 1958, en la Sociedad de Zumarraga, se realizó un homenaje a Gregorio Marañón. Anecdóticamente, a partir de esta reunión los participantes empezaron a autodenominarse . Sobre la paternidad del atrayente y sugestivo nombre de no hay acuerdo: unos dicen que fue imaginado por Luis Peña Basurto y otros por Luis Martín Santos. Lo que de cierto sabemos es que en aquel encuentro del 11 de octubre de 1959 en Azkoitia participaron: José Aranzadi, José María Busca Isusi, Reyes Corcóstegui, Martín Irizar, Ángel Cruz Jaka, Koldo Mitxelena, Josu Oregi, Luis Peña Basurto, Trino Uría, Juan Ignacio Uría, Álvaro del Valle Lersundi, José Villar e Iñaki Zumalde, excusando su asistencia Julio Caro Baroja y Federico Zavala. La reunión sirvió para evocar el mundo intelectual que a mediados del siglo XVIII cristalizó en la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País (de algún modo, los se sentían herederos de los ilustrados ). Posteriormente se incorporarían Jorge Oteiza, Luis Martín-Santos e Ignacio María Barriola, entre otros

En el desolador panorama de los años 50 y 60, la Academia Errante fue un intento de gran trascendencia en Gipuzkoa por romper con la costra de mediocridad cultural. Su principal impulsor, Luis Peña Basurto, retrató con maestría el espíritu de aquellas reuniones: «Producto de la caótica sedimentación social de una horrible guerra civil, nos creíamos proscritos en el ambiente indiferente y desmoralizador que nos rodeaba, mas a impulsos de un afán constructivo, logramos superarnos por encima de una apatía general y sustituimos la crítica incoherente y baladí por el diálogo ameno y ordenado. Habiéndonos hecho la guerra, individualistas feroces, nos hicimos sociables. Indisciplinados, nos plegamos a la razón. Anárquicos en nuestras aficiones, aceptamos el método. Heterogéneos en nuestras ideas y creencias, prescindimos de colores para gozar de la amistad y disfrutábamos creyéndonos bullir en el ilusorio crisol ardiente de un nuevo renacimiento».

Esto no quiere decir que la Academia fuera un paraíso de armonía y concordia, como explicó José Antonio Ayestarán Lecuona: «La Academia Errante no era un grupo homogéneo y las diferencias políticas, sociales y, sobre todo, religiosas, hacían chirriar con cierta frecuencia el amable clima de tolerancia que regía en las reuniones, cuya única pretensión era abrir una brecha en el muro de opresión cultural y política existentes».

Después de haber publicado cuatro libros en 1963 (, , y ), y quedando otros tres inéditos (, y ), la Academia tuvo que disolverse en 1964 cuando sobre ella planetaba la negra sombra del Tribunal de Orden Público representado entonces por el comisario Melitón Manzanas. Este amenazó a Ángel Cruz Jaka, que era recadista de Zumarraga y principal responsable de la Academia en aquellos años, con introducir propaganda ilegal en sus envíos para poder encarcelarle, a menos que cesaran sus actividades. Triste desenlace, que retrata unos tiempos no menos tristes.

En la Academia Errante un grupo de vascos con orígenes, ideologías y sensibilidades diversas se unió en un empeño común: recuperar lo mejor y más valioso de nuestra cultura. Su ejemplo debe servirnos como acicate contra los intentos por levantar muros infranqueables entre formas diferentes y hasta excluyentes de entender el país. A menos que nos resignemos a pensar que «contra Franco vivíamos mejor».

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