Tras los pasos del Doctor Asuero

Ochenta años atrás, medio planeta posó la mirada en San Sebastián. El Doctor Asuero, todo un heterodoxo donostiarra, puso el mundo de la medicina patas arriba

GONTZAL LARGOSAN SEBASTIÁN.
El Hotel Príncipe de Saboya en 1929./
El Hotel Príncipe de Saboya en 1929.

DV. Existió un hotel en el número 3 de la calle Ramón María Lilí. Se llamaba Príncipe de Saboya y tenía la categoría de 1ª clase. Más allá de las historias que acontecieron tras sus paredes o las gentes ilustres que se alojaron, el Príncipe de Saboya se hizo famoso en mayo de 1929, cuando ni tan siquiera se habían finiquitado las obras de acondicionamiento. Fue allí, en varias de sus estancias, donde el Doctor Asuero instaló temporalmente su consulta para atender a los centenares de personas que, desde toda España, habían peregrinado con la esperanza de una curación. Este hecho, en apariencia tan simple, fue uno de los fenómenos más mediáticos, ruidosos y polémicos de la época y la razón por la que la ciudad de San Sebastián se situó en el punto de mira de curiosos, polemistas y profesionales de la medicina de medio planeta.

El causante de todo ello fue Fernando Asuero y Saenz de Cenzano, un doctor otorrinolaringólogo que, de la noche a la mañana, se convirtió en el hombre de moda y, a la vez, en el ojo de un violento huracán. ¿La causa? Un método médico revolucionario, curioso y simple como pocos, que había puesto en marcha con un éxito arrollador: mediante calculados golpecitos con un estilete en el nervio trigémino -ubicado en el interior de la nariz-, el Doctor Asuero conseguía curar, casi instantáneamente, todo tipo de males y dolencias.

Este discreto procedimiento fue capaz, sin embargo, de generar un descomunal tsunami que hizo temblar los cimientos sociales, políticos y científicos de la época. Raro fue el periódico -nacional o regional- que no hablara del médico, bien desvelando los últimos milagros, bien anunciando sus últimas intenciones o publicando opiniones de colegas que cargaban contra él. El Doctor Asuero no sólo ocupaba las portadas, sino que lo hacía a cinco columnas, como los grandes acontecimientos bélicos.

En cierto modo, Asuero desató involuntariamente una guerra. Una pacífica, pero una guerra al fin y al cabo, entre defensores y detractores que, incluso, se manifestó en Cuba y Argentina, países a los que el facultativo viajó para realizar curas. Así, Fernando Asuero se erigió en un auténtico heterodoxo donostiarra, generando un acontecimiento sin precedentes (ni consecuentes) en la historia de San Sebastián. Por un lado, por la increíble repercusión de sus actos. Por otro, porque el donostiarra en cuestión no albergaba deseos de trascendencia y, finalmente, porque, ochenta años después de aquello, el nombre del Doctor Asuero todavía tiene visos de actualidad, aunque su disciplina no haya trascendido a la Historia de la Medicina moderna, si no es como una anécdota de un tiempo y una época. El fenómeno es explorado en profundidad en el interesante libro de José Carlos Vea Orte (Txertoa, 1995) que no sólo analiza el fenómeno social sino que se adentra en los recovecos médicos y científicos.

¿Qué huellas quedan en la ciudad de todo aquello? Unas pocas. De existir una hipotética ruta donostiarra del Doctor Asuero, ésta comenzaría en el número 3 de la calle Miramar -el edificio en el que nació en 1887, y que todavía sigue en pie-, proseguiría en el número 1 de la calle Loyola, donde se ubicó su domicilio y la consulta. Fue allí donde la llamada dio los primeros pasos, con tal éxito de pacientes que las instalaciones se quedaron pequeñas a las pocas semanas de práctica: el éxito de los tratamientos y el boca a boca provocaron una avalancha de gente, de ahí que se optara por trasladar la consulta al número 3 de la calle Ramón María Lilí, al hotel Príncipe de Saboya antes citado, que se encontraba en proceso de construcción. El edificio original desapareció en la década de los años setenta, siendo sustituido por el moderno edificio de viviendas Urumea en 1979, que puede ser contemplado en la actualidad.

A finales de mayo de 1929, la leyenda del Doctor Asuero llegó al paroxismo. Mucha culpa de ello la tuvo un arquitecto bilbaíno, aficionado al arte cinematográfico, llamado Nemesio Manuel Sobrevila, que se desplazó a San Sebastián para rodar una película documental sobre este fenómeno social. Así surgió el delicioso filme , cuyo visionado nos fue facilitado por la Filmoteca Vasca. En él se capta a la perfección la expectación levantada por el fenómeno médico y se puede apreciar cuán simples (y exitosos) eran los procedimientos del Doctor Asuero cuando actuaba sobre el famoso trigémino de sus pacientes. Pero lo que realmente hizo legendario al celuloide y lo aupó a la categoría de mito fue la prohibición de su exhibición pública por parte de la Dirección General de Seguridad. Es decir: la cinta nunca llegó a ser proyectada. ¿Por qué? En el interesantísimo libro , de Luis Fernández Colorado (Filmoteca Vasca, 1994) se apunta como una de las posibles causas la necesidad del gobierno de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja de poner un freno -o, al menos, sedarlo- a este fenómeno social que nadie sabía bien cómo podía acabar. En España, la fiebre y la controversia remitió a los pocos meses, hecho que fue aprovechado por Asuero para viajar a Sudamérica, dejando tras de sí otra estela de éxitos y polémicas. En 1942, el médico falleció y, con él, los secretos de trigémino, las polémicas y los enigmas. ¿Fue un genio o todo lo contrario?

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