Enfermedad mental, asignatura pendiente

Los centros gerontológicos llaman la atención sobre la falta de respuesta a las necesidades de los pacientes psiquiátricos cuando envejecen

MIRENKO CARECHESAN SEBASTIÁN.

DV. Las residencias geriátricas del País Vasco registran dificultades para atender a los enfermos mentales crónicos que desde hace algunos años han comenzado a recurrir a sus servicios. Se trata de personas con psicosis como la esquizofrenia, trastornos bipolares, de la personalidad o de tipo neurótico que hasta su ingreso en estos establecimientos han permanecido en sus casas siguiendo un tratamiento ambulatorio.

Con el tiempo, la desaparición de sus cuidadores o su incapacidad para seguir prestándoles apoyo ha provocado que con 50, 55, 60 años y un grado muy alto de dependencia den con sus huesos allí donde les reciben, aunque el lugar no reúna condiciones para asistirles de forma correcta y el personal se sienta a menudo desbordado. Esta cuestión centró la atención durante la Jornada sobre Patologías Psiquiátricas que Envejecen, celebrada recientemente en San Sebastián.

«En los centros gerontológicos no se sabe lo que es la enfermedad mental. Se desconoce como abordarla» reconoce Borja Inza, terapeuta ocupacional del Servicio de Psiquiatría del Hospital Donostia y consultor de Fundación Matía e Ingema. «Los enfermos mentales crónicos son usuarios con un perfil muy diferente del que estamos acostumbrados a tratar y, a día de hoy, no estamos preparados para acogerles».

«Llegan como una planta»

La incorporación de personas con este tipo de dolencias se viene produciendo en los últimos años, como consecuencia de la decisión de cerrar los grandes hospitales psiquiátricos aplicada entre los años 70 y 80. Tres décadas después, la primera generación de este tipo de pacientes que ha vivido fuera de un manicomio empieza a acogerse a los dispositivos sociales de atención a las personas mayores y tienen lugar los primeros contratiempos.

«Nos llegan como una planta, se han pasado los últimos años sentados en la butaca de su casa, fumando y tomando cafés. Ya no ingresan porque apenas tienen brotes agudos, pero están completamente desactivados», refiere Inza. La mayor dificultad, en opinión de este profesional, reside en motivarles, en hacerles participar, pues en la medida en que no se adaptan, suponen un factor de desequilibrio que afecta a los demás residentes.

«En gerontología las rutinas deben ser muy estables, con el mínimo de estridencias. Si alguien grita o se tira al suelo, el miedo, la angustia que está sintiendo, se propaga como una onda expansiva. Más en una comunidad en la que un 80 o un 90 por ciento sufre deterioro cognitivo. Entonces, en lugar de tener una persona angustiada, tenemos cien».

Por otra parte, «si alguien me viene con delirios o con alucinaciones, no le puedo meter en una unidad psicogeriátrica con alzheimer terminales» señala, «porque vulneraría hasta los derechos humanos».

Necesidades sin valorar

La cara de las enfermedades mentales con el paso del tiempo es que pierden virulencia; la cruz, que el afectado se vuelve progresivamente más dependiente. «Las necesidades sociales de estas personas no están valoradas. La estadística sólo contempla lo que se precisa desde el punto de vista sanitario y no tiene nada que ver» asegura Lourdes Blanco, psiquiatra y responsable de programas de la Asociación Guipuzcoana de Familiares y Enfermos Psíquicos (Aguifes).

«Las situaciones que se viven en sus casas son dramáticas. Hace poco me llegó un señor de 90 años buscando una solución para su hijo. Las pensiones son miserables y las familias, muy envejecidas, se arruinan. Se viven situaciones de tensión porque cuando el paciente empeora, la hospitalización se hace esperar demasiado».

Agifes gestiona nueve pisos concertados con la Diputación que proporcionan 46 plazas ocupadas en la actualidad por personas de entre los 45 y los 50 años.

Junto con otras 33 que se reparten entre pisos y un centro sociosanitario de la Cruz Roja completan, según el Departamento de Política Social de la Administración foral, la oferta residencial existente, 79 camas, una cifra que contrasta con los 6.735 guipuzcoanos que padecen enfermedades mentales, en estimación de la plataforma de entidades sociales sin ánimo de lucro Sargi, realizada hace un par de años y basada en datos procedentes de la Sanidad pública. No obstante, este recurso no es indispensable en todos los casos.

«Para muchos de los que ya no pueden ser atendidos convenientemente en casa, sería suficiente con tener un apoyo externo del que hoy en día carecen», reivindica la facultativa de la asociación.

«Eso les permitiría seguir viviendo en su domicilio. Es necesario también que se proceda a la hospitalización cuando se constata el mínimo riesgo de violencia, porque una vez que se da un estallido, la familia se asusta y es más difícil la convivencia. Y habría que mejorar su situación económica».

Desde el sector de la gerontología, la llegada de este tipo de usuarios a los centros se vive con creciente preocupación, como probó la afluencia de profesionales a la jornada dedicada a esta cuestión que organizó Ingema recientemente.

Según Borja Inza, «el número de estas incorporaciones no da la dimensión del problema. Una sola provoca la incomodidad de cien personas».

No obstante, se muestra partidario de que las residencias para ancianos de la red ordinaria asuman también la atención a los enfermos mentales cuando llegan a una edad avanzada. «Pero para ello es imprescindible formar al personal en el conocimiento de estas dolencias. Si me viene un residente con delirios psicóticos tengo que saber cómo lo abordo. Hay que garantizar una coordinación eficaz con la red sanitaria de atención psiquiátrica y desarrollar programas de activación que faciliten la participación de este tipo de usuarios».

En cualquier caso, advierte, «hay ya un número importante de personas con este perfil tocando a las puertas de los centros. Estamos hablando de gente que va a entrar con 60 años y que va a pasar quince, veinte años dentro de la institución geriátrica. Eso requiere una reflexión por parte de la sociedad».