Errenteria, la villa más galletera

ANTXON AGUIRRE SORONDO
Operarias en 'La Olibet'. /ARCHIVO MUNICIPAL DE ERRENTERIA/
Operarias en 'La Olibet'. /ARCHIVO MUNICIPAL DE ERRENTERIA

En ninguna otra región la industria galletera tuvo la implantación que disfrutó en el País Vasco. Y dentro de éste, Errenteria fue centro de referencia desde que en 1886 abriera sus puertas La Ibérica, Gran Manufactura Española de Bizcochos de Lujo y Galletas, empresa de capital francés a cuyo frente estaba la familia Olibet.

La planta tenía 3.500 metros cuadrados y se encontraba junto a la estación, lo que hacía que el camino hacia Lezo estuviera permanentemente envuelto en un delicioso aroma a galleta. Su estratégica ubicación se explicaba así: «El ferrocarril le presenta en las puertas de la fábrica las buenas harinas almidonadas, y casi sin gluten, de Castilla; por el puerto de Pasajes adquiere, con grandes ventajas, los azúcares de caña de Cuba, que son muy superiores a los azúcares franceses; y por último, los caseríos del país le proporcionan la leche pura y en buenas condiciones».

El negocio prosperó y se fue expandiendo con sucursales en Barcelona y Madrid. Hacia 1914 fabricaba hasta cinco toneladas diarias de galletas, empleando a 200 operarios de ambos sexos. Eran famosos sus , galletas de troquel en forma de hoja de roble que llevaban estampados los nombres de las provincias españolas, y también sus , sin olvidar los llamados ' de Olibet' rellenos de crema, los bizcochos, más la producción diaria de pan.

Hasta su cierre en los años sesenta, la visita a era un plan típico de veraneantes, mientras que los niños siempre que teníamos algo de dinero nos acercábamos a por galletas rotas y recortes. Una segunda empresa, Galletas Pakers, también produjo hasta la posguerra en una planta enclavada en terrenos que luego ocuparían los depósitos de Campsa. No extrañará, por tanto, que el gentilicio popular de Rentería fuera .

En Asteasu aún se mantiene la costumbre de tomar (anís o coñac) con galletas en el Ostatu a la salida de los funerales. Esto mismo lo hemos encontrado en otros muchos pueblos en relación a los anderos, los jóvenes que trasladaban el féretro a hombros desde el caserío hasta la iglesia para la misa y sepelio.