Motos 'made in Gipuzkoa'

Un coleccionista de Tolosa recupera dos modelos que dan fe de la pujanza que adquirió hace medio siglo la industria guipuzcoana de las dos ruedas

BORJA OLAIZOLA| SAN SEBASTIÁN.
La Lambretta fue  el buque insignia de la industria  de la moto guipuzcoana./
La Lambretta fue el buque insignia de la industria de la moto guipuzcoana.

DV. Sabido es que en Eibar se fabricaron durante el siglo pasado miles de unidades de la Lambretta, una escúter que rivalizó sin mucho éxito con la Vespa hasta bien entrada la década de los ochenta. Lo que ya no es tan conocido es que la Lambretta no fue la única moto que se hizo en Gipuzkoa en aquella época. Los rastreadores del pasado industrial y los aficionados a las dos ruedas más inquietos saben que en los talleres guipuzcoanos de la posguerra hubo una auténtica eclosión motociclista. Hasta quince marcas de motos y ciclomotores hechos en Gipuzkoa ha llegado a contabilizar Francisco Herreros, el más acreditado experto en la historia del motociclismo español.

«Hay que situarse en aquella época para entender el fenómeno», dice José Luis Izaguirre, un tolosarra que colecciona motos antiguas. «La mayor parte de los talleres de Gipuzkoa habían sobrevivido a la guerra fabricando material bélico y tras la contienda se les prohibió hasta hacer escopetas. Tenían buenas máquinas y mejores especialistas, así que algunos decidieron probar con lo de las motos».

El primer paso en aquella carrera hacia las dos ruedas fue la retirada de las restricciones de combustible para las bicicletas movidas a motor. Hay que tener en cuenta que tras la contienda bélica todos los vehículos estaban sujetos a limitaciones de gasolina. Las motos, recuerda Francisco Herreros, tenían un cupo de 15 litros al mes, 20 si se trataba de un médico. La eliminación en 1947 de esas restricciones para las bicis a motor marcó el camino para muchos pequeños talleres guipuzcoanos, que vieron abrirse una brecha de luz en el oscuro horizonte de la posguerra.

Pieza por pieza

Ese fue el caso de Jaime Ocariz, propietario de un taller que, según recuerda el coleccionista José Luis Izaguirre, estaba en la calle División Azul de Tolosa. Ocariz comenzó a fabricar inspirado en modelos franceses un pequeño motor que se adosaba sin dificultad a las bicicletas y al que bautizó con el nombre de Ziraco (su apellido leído al revés). El propulsor ganó merecida fama debido a su fiabilidad y se convirtió con el tiempo en un éxito de ventas.

La buena marcha de su incursión en el mundo de las dos ruedas hizo que Ocariz se plantease un objetivo más ambicioso. Las bicis a motor empezaban a ser sustituidas en calles y carreteras por pequeñas motos gracias al crecimiento de la capacidad adquisitiva de la población. Así que Ocariz se puso manos a la obra y en 1955 sacó a la luz su propia moto, a la que bautizó con el nombre de Lanch. Era un vehículo sencillo, con un robusto motor de dos tiempos de 75 centímetros cúbicos que era capaz de impulsarlo hasta casi los 60 kilómetros hora.

«Buena parte de los componentes de aquella moto estaban fabricados en otros talleres de Tolosa», dice sin ocultar su orgullo el tolosarra José Luis Izaguirre. «El carburador, que era un Amal, las llantas de las ruedas e incluso las manetas del manillar estaban hechos allí». Izaguirre sabe de lo que habla, pues no en vano ha completado el proceso de restauración pieza por pieza de una de aquellas motos. «Desde que oí hablar de ellas, hace ya muchos años, anduve a la busca de alguna pero no fue fácil porque no quedan muchas».

El coleccionista calcula que se fabricarían en torno a unas 800 motos Lanch que fueron vendidas en toda la península. La suya la localizó en Vitoria en un estado que dejaba bastante que desear. «Tardé casi un año en restaurarla por completo aunque para hacerlo casi no tuve ni que salir de casa. Piezas como el faro o el carburador las encontré en talleres de Tolosa que habían suministrado a la fábrica original».

La Lanch que muestra Izaguirre como si de una criatura de su propia sangre se tratase tiene un aspecto irreprochable. El azul claro que recubre el depósito y el chasis -«sacamos el color original de una moto que se conservaba en otro taller de Tolosa»- brilla radiante bajo la luz de la mañana. ¿Su valor actual? Izaguirre ni siquiera se plantea una cifra. «Para mí no tiene precio. Esta moto se construyó en unos talleres que estaban a 100 metros de mi casa y eso tiene un valor sentimental que no se paga con dinero».

Pero la Lanch no es la única moto que ha recuperado Izaguirre. Hace ya unos años localizó en una feria de aficionados a los vehículos clásicos de Valencia un modelo poco conocido, una Echasa, que fue fabricado en Eibar a mediados de los cincuenta. La andadura de la empresa que la hizo, Echave, Arizmendi y Cía, SA, da fe de la versatilidad y la capacidad de adaptación de la industria eibarresa de la época. Antiguo fabricante de escopetas de caza y armas cortas, al finalizar la Guerra Civil el taller pasó a hacer bicicletas -Fénix se llamaban- a las que luego incorporaría un pequeño motor. En una evolución similar al taller de Tolosa que hizo la Lanch, la empresa de Eibar sacó en 1954 a la luz una pequeña moto de 65 centímetros cúbicos que se fabricó con pequeñas variantes hasta 1962.

Cambiar la bujía

La Echasa que Izaguirre localizó en Valencia se conservaba en muy buen estado. «Prácticamente no la habían usado en los últimos cuarenta años», dice el coleccionista. «La trajimos, la limpiamos, quitamos la suciedad del carburador, cambiamos la bujía y arrancó sin problemas».

Tanto la Echasa como la Lanch constituyen hoy día piezas codiciadas por coleccionistas y aficionados a las dos ruedas. Pero son sobre todo un elocuente testimonio del tesón y la capacidad de adaptación de la pequeña industria guipuzcoana en el pasado más inmediato. Las dos motos se podrán ver hoy y mañana en el Salón de Vehículos Clásicos instalado en Ficoba (Irun). La entrada cuesta 8 euros (niños gratis). bolaizola