La exposición de Jacinto Olave vuelve a demostrar su maestría en el retrato

En vida no quiso mostrar sus cuadros y regaló retratos y pinturas de familias enteras a los eibarreses. La sala de exposiciones de la Kutxa acoge una muestra con 85 cuadros, de los que 59 son óleos y 26 dibujos

ALBERTO ECHALUCE
Una imagen en su estudio de Txirio Kale/
Una imagen en su estudio de Txirio Kale

EIBAR. DV. La exposición de Jacinto Olave (1877-1957), en la sala de exposiciones de la Kutxa, en Donostia, ha demostrado, nuevamente, la enorme capacidad del pintor eibarrés por el retrato, género en el que se desenvolvió con mayor maestría. Su vocación retratista se inició ya en su infancia, en aquellos primeros retratos ejecutados en Argentina, para continuar después con los que le ayudaron a subsistir durante sus estudios en Madrid y con los que durante cinco décadas realizó en Gipuzkoa. Incluso durante los tres lustros de abandono de la pintura continuó ejecutando retratos a lápiz y al carboncillo. Olave fue un gran retratista no sólo por poseer una magnífica capacidad técnica que le permitió reproducir con fidelidad las fisonomías de quienes posaban para él, sino, sobre todo, por su excelente habilidad para insuflarles vida y captar su alma. En su actitud ante el retrato hay cierta obsesión por la captación psicológica.

Los críticos llegaban a afirmar de Olabe que «cuando pintaba (...) toda su alma se concentraba en su modelo; miraba y remiraba con aquella su profunda y penetrante mirada; nervioso, se adelantaba y retrasaba, y cuando captaba la nota o el rasgo que a él le convenía, con vivo movimiento y firme decisión, mezclaba en su mágica paleta los colores y daba con energía una pincelada de trazo rápido».

A estas cualidades debe sumarse la elegancia natural de las que dotó a los retratados, en gran medida resultado de una estudiada sobriedad compositiva. Por lo general, los modelos se presentan sentados y en muchos casos de perfil, aunque girando el rostro hacia el espectador con serenidad. «Olave dispuso con gran corrección los brazos y las manos -magníficamente pintadas-, lo que favoreció también esa pretendida imagen de distinción», expresa el catálogo editado con motivo de la exposición en la sala Kutxa.

La contención se manifiesta, además, en las gamas cromáticas empleadas, que por lo general se alejan de las estridencias, para crear armonías en tonos fríos o cálidos. Sin constituir una norma estricta, habitualmente en los retratos masculinos tiende a los colores cálidos (marrones y rojos), y en los femeninos a los fríos (azules, malvas y morados).

Entre sus trabajos se encuentran retratos que fueron encargos de particulares eibarreses o regalos a familiares y amigos, con lo que habrá que considerar que en toda su obra también está reflejada parte de la historia de Eibar. En las décadas de 1930 y 1940 comenzó a dedicar mayor atención a los retratos infantiles, entendidos especialmente con el propósito de ejercitarse, y no como un modo de aumentar sus ingresos.

Con esa misma intención pintó en la última década de su vida un gran número de autorretratos. El carácter introspectivo de Olave favoreció sin duda el magnífico interés del artista por estudiar su propia figura, por convertirse a sí mismo en objeto pictórico.

En la exposición instalada en Donostia se han reunido cerca de una decena de ejemplos de los muchos que pintó en los años cuarenta, en los que varían los elementos con los que se viste, pero mantiene ese carácter severo, adusto, que transmite su mirada inquisitiva, del artista reconcentrado en el proceso pictórico.

Pintura costumbrista

Aunque de su primera época sólo nos ha llegado una pieza, ésta, (1901), evidencia la adscripción de Olave al círculo de Luis Menéndez Pidal, pese a que

no se conoce su vinculación directa con el maestro asturiano, puede suponerse que asimiló su lenguaje de raigambre velazqueña a través de sus compañeros Salaverría y Martínez Sierra, dos de los discípulos preferidos de aquel.

Las siguientes obras costumbristas tuvieron que esperar hasta la segunda mitad de la década de 1910, una vez que Olave retomase la práctica pictórica a raíz de su éxito en la Exposición de Artes e Industrias de Eibar de 1914 con, precisamente, la tardía presentación en sociedad de:

Pese a que a partir de entonces se consagró a la pintura de retratos, los temas de costumbres tendrían un significativo desarrollo en su producción. Un buen ejemplo lo constituyen las composiciones de finales de la década, todas ellas hoy en paradero desconocido y de las que sólo nos han llegado someras descripciones.

Tras esta intensa incursión en el género, con cinco obras en poco más de un año, de la década de 1920 sólo se dispone de un par de ejemplos: (1929). La primera recuerda en el tratamiento de las luces del fondo. Parece como si ampliara la visión de la escena de Aurelio Arteta, uno de sus compañeros de estudios, como si su pescador, que trata de encender su pipa frente al vendaval que comienza a arreciar, fuera uno más de esos personajes que asisten junto al mar a la llegada del temporal.

A estos dos ejemplos de los años veinte no le siguió ninguno durante la década de 1930-siempre a tenor de las piezas localizadas-, y no fue hasta mediados de los años cuarenta cuando retomó el género con fuerza.

Pintó entonces las dos versiones de (c. 1945 y 1950), las dos de (c. 1948), las dos de , y una nueva de: (1948) y (1948).

No obstante, durante la década de los años cincuenta, ya en sus años finales, recurrió al plano general para sus recreaciones de las escenas de costumbres.

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