La gran humanidad de Isbert

Se recuperan las memorias de «esta pobre estrella fugaz», uno de los grandes actores del cine español

CHUSA L. MONJAS| MADRID.
Isbert se disgustaba ante sus defectos./
Isbert se disgustaba ante sus defectos.

«Si volviera a nacer cien veces, cien veces sería actor», afirmaba con rotundidad Pepe Isbert, cuyo ronco y bajo timbre de voz y su aspecto de hombre bueno hicieron de él el actor ideal para ciertos papeles de comedia costumbrista. Abuelo, taxista, santo, verdugo y alcalde fueron algunos de los muchos personajes que interpretó este «cómico de tripa» cuya franqueza, humanidad y naturalidad le hizo comunicarse siempre con el gran público, sobre todo con los chicos, «mis admiradores preferidos», según cuenta en sus memorias , obra que vio la luz en 1967 y ahora ha recuperado la Filmoteca de Albacete y la Fundación AISGE.

Escrito cuando estaba gravemente enfermo, tiempo en el que no perdió su buen humor, pero sí echaba de menos su trabajo, sus paseos al aire libre y sus tres o cuatro cajetillas de cigarrillos y sus puros, en ese relato en primera persona habla de su teatro, su cine, su época y de su adhesión «a cualquier régimen que significa orden trabajo y respeto a mi religión».

El inolvidable protagonista de y rememora su infancia. Ante los apuros económicos que tuvieron cuando falleció su padre, iba buscando una tienda en la que necesitaran un contable, cuando vio un cartel que pedía artistas de variedades. Entró y salió con la promesa de un duro diario por imitar a actores célebres de comedia y zarzuela.

Numerosos papeles en los escenarios, en los que «mi pequeñez no era tan notoria» precedieron a su aparición en el cine. «Por lo popular, aparentemente parece un arte sencillo, pero en realidad es el más difícil de entender. No hay que pasarse de la raya en la comicidad porque es muy poca la distancia que separa lo cómico de lo ridículo», avisa el que es el actor secundario español que más protagonistas interpretó a lo largo de varias décadas. Devoto de la Virgen del Pilar, el padre de María Isbert, por quien sentía predilección, entendía que no había mayor tragedia que «el suspenso» del público.

Sólo de espaldas

Corto de vista y muy hablador, ese señor bajito que hizo más de cien películas nunca iba a verlas «porque siempre me llevo un disgusto. Veo mis defectos y me enfado conmigo mismo, me abochorno».

Humildad, obediencia, disciplina y estar dispuesto a aguantar frío, calor, sueño o cansancio. Estos son los consejos que da «esta pobre estrella fugaz» que tantas veces hizo de taxista. «Era corriente que al reconocerme el taxista, no consintiese en cobrarme ni un céntimo».

Murió Isbert el 28 de noviembre de 1966, rodeado de las personas que le querían y de todo un país que le conocía. Está enterrado en Tarazona, el pueblo de su mujer. COLPISA

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