«Muchas mujeres vienen a consultar cómo les irá el trabajo a sus maridos»

Tiene una lista de espera comparable a las de Osakidetza. Debe ser que en tiempo de crisis crece la incertidumbre por saber nuestro futuro y qué va a ser de nosotros

M.L.
Mikel Lizarralde, junto a las cartas, en su consulta de la calle Etxaide. /M.L./
Mikel Lizarralde, junto a las cartas, en su consulta de la calle Etxaide. /M.L.

A parcó sus estudios de Periodismo para dedicarse a adivinar el porvenir. Vidente, médium y tarotista, comenzó a leer las cartas a los 14 años y en la actualidad está titulado como clarividente por la escuela fundada por John y Marilyn Rossner, el Instituto Internacional de Ciencias Humanas Integrales de Canadá. También regenta la tienda K'an Li Txoko Majiko, en la calle Etxaide, en la que realiza predicciones.

- He encontrado a compañeros de la Facultad de Periodismo de camareros, de dependientas de Zara, de cajeras del Eroski... Usted es el primer vidente.

-Yo me pagué la carrera haciendo de camarero, aunque la dejé antes de terminar.

- No es habitual cambiar los estudios por una profesión así.

- Original y, a veces, dura, sobre todo cuando ves cosas que no quieres ver o te viene gente que está enferma, gente a la que ves mal y necesita ayuda.

- Así que hará de psicólogo.

- Hay que serlo. Cuando estudié en Montreal hice prácticas en un psiquiátrico para aprender a distinguir a una persona sana de la que no lo está y saber qué patología padece y cómo hay que tratarle dependiendo del caso.

- ¿Cómo se inició en el esoterismo?

- Con 14 años ya leía la baraja española, pero era muy drástica y me asustaba, así que a los 16 aprendí el tarot.

- ¿Uno nace con ese sexto sentido o se cultiva?

- Se nace, pero también se puede cultivar. Por eso me fui a Montreal, a un centro afiliado a Naciones Unidas, donde se otorga la única titulación oficial de este tipo en el mundo. Es más fácil trabajar el tarot que la videncia. La intuición también puede potenciarse para psíquicamente captar cosas a partir de energías.

- Cuénteme, ¿cuál es su especialidad? ¿Tarot, posos del café o, tal vez, la clarividencia pura y dura?

- Suelo empezar con el tarot, aunque siempre lo mezclo con la videncia. Cuando dejas la razón en off, a través de los símbolos se despierta el otro ojo. Para uno mismo no suele funcionar. Cuanto menos sabes de la persona en cuestión, mejor. La intuición está más a flor de piel.

- Ser vidente equivale, en la vida cotidiana, a jugar con ventaja. Puede descubrir los secretos más íntimos del que tiene en frente.

- Sí, sí, es cierto. Suelo ver cosas, más de las que quisiera, pero no las digo. No puedes dar mensajes a la gente que no quiere recibirlos. No es sano, a parte de que pueden pensar que estás loco.

- Casi da miedo.

- Te lo aseguro. El susto más grande me lo llevé en Oiartzun una noche, cerca de las cuevas de Landarbaso. Iba conduciendo cuando de repente se me cruzó alguien en bici. Pensé que le había atropellado, pero allí no había nadie. La persona que iba a mi lado también vio unas ruedas. Después me enteré que unos metros más arriba un ciclista había muerto semanas antes. Lo vi más nítido de lo que suelo ver a otros espíritus. Normalmente aparecen borrosos y de cintura para arriba.

- ¡Qué me dice!

- Es cierto.

- Uuuf. Mejor cambiemos de tema. Aseguran que en tiempos de crisis la incertidumbre de la gente por saber su futuro crece.

- Lo he notado. He pasado de tener una lista de espera de un mes o mes y medio a siete e incluso ocho meses. Muchas mujeres vienen a consultar cómo les irá el trabajo a sus maridos.

- ¿Nos cuesta menos preguntar por nuestra suerte?

- El 96% de las personas que recibo son mujeres, aunque también atraigo a mucho joven euskaldun, del Goierri, bajo Urola. Entre los jóvenes el porcentaje de hombres es algo superior que entre los mayores. El trabajo es la mayor preocupación. En el caso de las mujeres siempre es la familia. A algunas les regaño, porque no hay que vivir tanto para los demás y tener una autoestima floja.

- ¿Cuántas consultas realiza en un día?

- Seis o siete. Me gustaría atender a más gente, pero no puedo. Vas dejando la energía con cada persona y eso te acorta la vida. Cuando salgo de aquí, necesito ir al gimnasio o al monte. Suelo acabar con dolor de espalda y de cuello. Tanta emocionabilidad te deja agotado.

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