Desentrañado el enigma de la desaparición del pesquero pasaitarra 'Marero' hace una década

Una depresión que se generó con extrema rapidez sorprendió a la flota. Los boletines meteorológicos no alertaron de la virulencia del temporal

JAVIER PEÑALBA| SAN SEBASTIÁN.
Familiares de la tripulación del 'Marero' arrojaron flores al mar tras el funeral. /LUSA/
Familiares de la tripulación del 'Marero' arrojaron flores al mar tras el funeral. /LUSA

DV. Quienes les conocían aseguran que «era la mejor tripulación que había». Víctor Gago Chouza, 35 años; los hermanos Juan José, Joaquín y Alberto Cordeiro Rodal, 32, 30 y 28 años respectivamente; Jesús Torrado Sayans, 40 años; Enrique Dosantos Pintheiros, 29 años; Eladio Calo Maneiro, 28 años, y Joaquín Marcos Andorina, 51 años. Eran los hombres del palangrero pasaitarra . Hoy se cumplen diez años que dejaron a los suyos en tierra. La madrugada del 20 de diciembre de 1998, el mar engulló el barco con todos a bordo. En víspera de la Navidad, la tragedia sacudió a Pasaia. Hoy, la comunidad arrantzale les recuerda.

Una década después de aquel desastre, ya no existen dudas sobre lo que sucedió. Un estudio realizado por Miguel Ángel Manjón, responsable de Climatología de la Agencia Estatal de Meteorología del País Vasco, desentraña las causas que provocaron el naufragio. «Se produjo un fenómeno que denominamos ciclogénesis explosiva. Se dio una repentina bajada de la presión atmosférica. En apenas unos minutos, se desencadenaron vientos de 126 kilómetros por hora y olas de hasta catorce metros. La flota que faenaba frente a Arcachon se vio sorprendida por la manifestación tan repentina del fenómeno. Era de noche, la gente, probablemente, descansaba. Vino una gran ola, de unos doce metros de altura y hundió el barco», afirma Majón.

El , de 22 metros de eslora y 5,20 de manga, pertenecía a Enrique Chouza y Daniel Magán, dos hombres curtidos en la mar. Ninguno de ellos estaba aquel día en el barco. No eran dos armadores al estilo tradicional. Durante años trabajaron duro a bordo de muchos pesqueros, hasta que compraron el . En el que invirtieron dinero e ilusiones. Lo repararon y lo modificaron. Se hicieron con una tripulación, «los mejores de Pasaia», según ellos.

Con ellos trabajaron varios años, con ellos compartieron buenos y malos ratos, excelentes y malas capturas, hasta que decidieron que era ya momento de hacerse con un nuevo barco. Tenían nuevos proyectos sobre la mesa.

Pero se desvanecieron aquel fatídico 20 de diciembre. El último contacto con el se produjo la víspera. Era la mañana del sábado. Patrón y armador hablaron de sus cosas y acordaron que el lunes, día 21, volverían a contactar. Sin embargo, el día fijado la radio no respondió. El silencio auguraba malos presagios.

Un pesquero francés,, rastreó la zona. El barco recorrió el Cantil, unas treinta o cuarenta millas, pero no halló nada. La pérdida de todo rastro hizo que la voz de alarma se extendiera el mismo lunes a los servicios de rescate francés y español. Los aviones y barcos de reconocimiento no hallaban un solo resto.

Enrique Chouza y Daniel Magán sólo hallaron una explicación a lo sucedido. Ambos se mostraron convencidos de que el barco se vio sorprendido por un temporal no anunciado y sufrió un golpe de mar cuando estaba atravesado.

Olas de 13,9 metros

El estudio del centro meteorológico guipuzcoano desentraña diez años después lo que sucedió. «Lo que causó el naufragio fue una ciclogénesis explosiva que se formó en el Atlántico Norte, atravesó Gran Sol, se dirigió a una velocidad inusitada hacia Bretaña, el Golfo de Vizcaya y murió en el Mediterráneo. Alcanzó su máxima intensidad a la altura de Brest. Se produjo un bajada de presión en superficie de al menos 19 milibares en sólo doce horas, algo increíble. En la isla de Yeu, la caída fue de 32 milibares. Se registraron vientos medios de 68 kilómetros por hora con rachas máximas de 126 kilómetros. En la mar se desarrolló un temporal de fuerza 8, con una mar arbolada en la que llegaron a medirse olas de altura media de 7,5 y máxima de 13,9», afirma Manjón.

El fenómeno llegó al área en la que se encontraba el entre las dos y las cuatro de la madrugada, por lo que todo hace pensar que sorprendió a la tripulación del barco cuando descansaba. No tuvieron tiempo para reaccionar. «Las ciclogénesis explosivas, por la rapidez en su génesis y desarrollo, así como por la intensidad de los vientos que genera, provocan situaciones de temporal en la mar que pueden tomar desprevenidas a las embarcaciones», explica el meteorólogo. Un fenómeno identico a éste hundió parte de la flota de la Armada Invencible durante el reinado de Felipe II. Una ciclogénesis también fue la causante de los graves destrozos registrados en la costa guipuzcoana en marzo de este año.

Miguel Ángel Manjón afirma que si bien este tipo de fenómeno puede presentarse con cierta frecuencia, «lo excepcional que tuvo la situación del 20 de diciembre de 1998 fue la extrema rapidez en su desarrollo y también la violencia que desató en el mar». Subraya que el temporal cogió por sorpresa a toda la flota de bajura que faenaba ese día. «El hecho de que los barcos que estaban en la zona no se aproximaran unos a otros para capear al temporal, una práctica habitual entre los marinos en estas situaciones, así como la falta de contactos por radio, confirman la rapidez con la que llegó la depresión», explica Manjón.

El meteorólogo recuerda incluso que testigos de lo sucedido y supervivientes del naufragio aseguraron al volver a sus puertos que hacía años que no habían vivido un temporal tan intenso, que la mar presentaba un estado «confuso» sin direcciones predominantes de ola y que en aquellas condiciones era imposible regresar al puerto.

Pronósticos

¿Fallaron los pronósticos meteorológicos?, se preguntan muchos. Manjón aclara que ninguno de los servicios acertó a predecir lo que venía en su estricta dimensión. Los boletines franceses e ingleses anunciaron un temporal de fuerza 6 a 7 con ráfagas de 8. El Instituto Nacional de Meteorología fue el que más se aproximó. El día 19 lanzó un aviso de temporal, con una mar de viento gruesa, aunque luego, bien es cierto que la mar fue arbolada, un estadio superior. El estudio concluye que, probablemente, las discrepancias entre los partes meteorológicos y la ausencia de señales claras en la mar durante el día 19 hizo que toda la flota de bajura se confiara y permaneciese en la zona. En este sentido, destaca que ningún buque sopesó la posibilidad de regresar a puerto y evitar riesgos innecesarios. «Esto nos confirma de nuevo la excepcional rapidez que tuvo la depresión en su desplazamiento hacia Bretaña», afirma Manjón.

El autor del estudio cree en este sentido que los pescadores pensaron que con su dilatada experiencia y el equipamiento de sus buques, capearían la depresión que se anunciaba. Sin embargo, todo se desencadenó de manera repentina y, además, de noche. «Los pescadores llegaron a temer por sus vidas mientras capeaban el temporal. Relataron que una gran ola de unos doce metros de altura golpeó a los buques. Esta ola hundió al y a otro barco bautizado como , cuya tripulación pudo ser rescatada. A otro pesquero, la misma ola le rompió los cristales del puente».

Tras la catástrofe, los efectivos de búsqueda se mantuvieron durante dos semanas, al cabo de las cuales aparecieron algunos restos del pesquero, entre ellos una balsa salvavidas y un aro. Casi dos meses después, un arrastrero de Ondarroa recuperó entre sus redes el cadáver de uno de los marineros, el de Enrique Dosantos. Dos meses más tarde fue hallado el cuerpo del patrón, Víctor Gago Chouza, primo del armador. Los seis restantes descansan en el mar.

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