Dos siglos del padre del damasquinado

Eusebio Zuloaga, abuelo de Ignacio y autor de numerosos trabajos para la reina Isabel II, nació el 15 de diciembre de 1808 y falleció en 1898

EUSEBIO GORRITXATEGI| EIBAR.
Sable con puño de hierro macizo, cincelado en relieve y con incrustaciones de hilo de oro. En un borde de la hoja está firmado , y en el otro, con la inscripción . /MUSEUM OF ART PHILDELPHIA/
Sable con puño de hierro macizo, cincelado en relieve y con incrustaciones de hilo de oro. En un borde de la hoja está firmado , y en el otro, con la inscripción . /MUSEUM OF ART PHILDELPHIA

DV. En un día como hoy, pero hace doscientos años, nació Eusebio de Zuloaga y González, a la sazón descubridor del damasquinado moderno y arcabucero del rey Fernando VII, personaje aventajado de su época y artesano inigualable. Nos hallamos inmersos en el bicentenario del nacimiento del inventor del citado arte eibarrés y en el 110 aniversario de su muerte, puesto que vio su primera luz el 15 de diciembre de 1808 y falleció en Deusto en 1898. Eusebio, si bien nació circunstancialmente en Madrid, es inequívocamente de ascendencia eibarresa y perteneciente al linaje de los Zuloaga.

El introductor del damasquinado, padre del también damasquinador Plácido y abuelo del inmortal pintor Ignacio, era hijo de Gabriela y Blas, éste excelente profesional que llegó a ser maestro examinador de las Reales Fábricas de Armas de Placencia de las Armas y Oviedo, respectivamente, por el año 1794. El autor, entre otras innumerables e irrepetibles obras, de una copia exacta de la espada del Rey Francisco I, que fue trasladada al Museo de Artillería de París, aprendió, desde los catorce a los diecinueve años en Placencia/Soraluze, junto a su tío Ramón, el oficio de armero.

Sus habilidades artísticas, pese a la precocidad de Eusebio, no pasaron desapercibidas para nadie, hasta tal extremo que en 1830 es pensionado para proseguir su aprendizaje en París y Saint Etienne, ciudades donde hace grandes progresos bajo la guía de afamados profesores, caso de Mr. Legape.

Tras una estancia de tres años en Francia, retorna a Madrid, donde trabaja con su padre, que era teniente armero mayor en la Guardia de Corps, tal como certifican en sus obras los estudiosos el sacerdote Pedro Celaya y el historiador y maestro grabador Ramiro Larrañaga Fernández de Arenzana, ambos tristemente fallecidos.

Incrustaciones de oro

La historia del damasquinado de Eibar comienza con Eusebio de Zuloaga, quien puso mayor agudeza e interés en las piezas de acero damasquino que había en la Real Armería y trató de analizar por todos los medios a su alcance la composición de aquel acero, que se llamaba damasquino por atribuírsele fórmulas metalúrgicas orientales o procedentes de Damasco, capital de Siria. Sin embargo, no hay que confundir este término con el de , aunque etimológicamente pueda tener igual origen, ya que el acero damasquino es aquél que ofrece vistosas tonalidades claroscuras, mientras que el acero es el que presenta incrustaciones de oro o plata por el procedimiento que se conoce bajo este nombre.

La técnica que inició el personaje hoy bicentenario consistía en preparar la superficie, con un fino picado romboide conseguido mediante pequeños golpes de una punceta bien templada y muy afilada. Por este sistema, el hijo de Blas y padre y abuelo de Plácido e Ignacio respectivamente, realizó incrustaciones de gran mérito artístico, fijando el hilo de oro sobre las casi microscópicas rebabas que daban aspereza a la pieza en el lugar que habría de trabajarse.

El picado a punceta, aunque efectivo para que el oro de ley quedase bien engarzado en sus minúsculos resaltes, era irregular si se observaba de cerca o con lente de aumento. Al considerarlo, se le ocurrió a su hijo Plácido probar a hacerlo con cuchilla, . Al manejarla manualmente y a fricción, no sólo logró igual efecto con mayor rapidez de ejecución, sino también que la superficie a grabar fuera más perfecta y uniforme. Así evolucionó totalmente el damasquinado mediante recursos de una mayor facilidad y perfección.

Si a Eusebio de Zuloaga se le debe la paternidad del damasquinado -hoy en día lamentablemente casi extinguido en la ciudad armera guipuzcoana por antonomasia-, a Plácido se le adeuda realmente el esplendor de esta industria artesanal de incrustación de oro sobre acero, dándole además nuevas aplicaciones en jarrones, ánforas, cuadros, objetos de uso personal y, sobre todo, en obras de tanto mérito como el mausoleo del general Prim en Reus (Tarragona) y el altar del Santuario de Loyola.

Eusebio, maestro de maestros, allá por el año 1840 viajó de nuevo al país vecino y a Bélgica para dedicarse al arte metalúrgico. Al volver de allí, se estableció en Eibar y fundó en la calle Matxaria una fábrica de arcabuces y, más tarde, un taller mecánico para la fabricación de cañones y armas en general.

En sus viajes al extranjero no sólo había estudiado las condiciones de precisión y solidez de las armas, sino también el arte del enriquecimiento en su aspecto exterior a base de caprichosas incrustaciones de oro, como se refleja en la obra , redactada por Juan San Martín Ortiz de Zárate (1922-2005) y los referidos Pedro Celaya y Ramiro Larrañaga. Eusebio, adelantado a su época, analizó concienzudamente las entrañas de aquellos trabajos árabes dispuesto a imitarlos y superarlos, reto que consiguió tras muchos desvelos.

Espada de Francisco I

Hizo sus primeros ensayos en Eibar y ejecutó algunas piezas de armadura con un damasquinado perfecto, como lo demostró en las armas que fabricó y damasquinó para la reina Isabel II y otros muchos personajes. Tanto agradaron aquellos artísticos trabajos que, en recompensa, en 1844 fue nombrado Arcabucero de Su Majestad, siendo el último que ostentó el preciado título, y director de la Real Armería de Madrid, cargo en el que se mantuvo hasta la Revolución de 1852.

Por la copia de la espada del rey Franscisco I, arrebatada en 1525 en la Batalla de Pavía (Italia) por las tropas del emperador Carlos V, se le pagaron 4.000 reales. En 1834, por Real Orden de la reina gobernadora, se le nominó Teniente Armero Mayor de la Real Armería, juramento que realizó elmarqués de Cerralbo, conde de Alcudia. Este puesto lo ejercitó en palacio junto a su padre hasta que éste ascendiera al cargo de Armero Mayor de dicho departamento.

Como puntualización histórica, hay que hacer constar que en Eibar, ya en 1791, se trabajaba en este arte de incrustar oro en acero, principalmente en armas, disciplina o labor que podríamos denominarla ataujía, procedimiento que se basa en incrustar el oro en canales previamente abiertos a buril o mediante golpes de punzón. Así consta en una referencia que hace el estadista gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez después de una visita a la ciudad guipuzcoana al famoso armero Juan Esteban Bustinduy. Dice Jovellanos al respecto: «Los cañoneros saben incrustar perfectamente las miras y puntos de plata y las piezas de adorno de oro en el hierro y empavonarlas con la mayor perfección».

No obstante, hemos de resaltar que el procedimiento ideado e iniciado por Eusebio de Zuloaga y González y perfeccionado por su hijo Plácido -lo que denominamos damasquinado- era algo muy diferente a lo que vio el ilustre jurisconsulto asturiano a su paso por Eibar.

Eusebio, entre otros cometidos, expuso en el Catálogo de la Real Armería de Madrid los procedimientos y técnicas que él empleaba en el damasquinado, evidenciando que tenía motivos suficientes para estar satisfecho de la aceptación que sus primorosas obras alcanzaban en el mercado, pero no se mostró conforme con el coste, que le parecía excesivo. Su sistema de fabricación resultaba bastante caro y a fin de buscar otro procedimiento menos costoso, decidió que su hijo Plácido (1834-1910) se perfeccionase en el singular arte por él ideado.

Distinciones reales

En 1847 fue nombrado Ballestero, dos años después comenzó la reforma de la efigie de San Fernando que ocupa un lugar privilegiado en la Real Capilla y en 1850 realiza un cálculo aproximado de la armadura completa con rodela, espada y daga atravesada bajo relieve, damasquinado de oro, siendo uno de los que dieron importancia positiva a la industria del damasquinado.

Eusebio, en 1852, recibió el encargo de concluir para el rey Fernando VII -llamado por el pueblo y por algunos historiadores - una escopeta cincelada, toda cubierta de figuras y adornos, con el fondo embutido de oro, así como una armadura y una serie de seis escopetas de uso diario, conservándose alguna en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

El irrepetible damasquinador fue distinguido en 1876 Caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica y por sus numerosos méritos artísticos también fue condecorado con la Cruz al Mérito Militar, con distintivo blanco, así como Caballero de la Legión de Honor francesa y Caballero Benemérito de Malta.

Muerte en Deusto

De su primer matrimonio con Antonia Zuloaga, prima hermana, tuvo tres hijos, y tras enviudar se volvió a casar con su cuñada Agustina, falleciendo el 23 de febrero de 1898, a la edad de 90 años, en la anteiglesia de San Pedro de Deusto, municipio independiente hasta el 1 de enero de 1925, día en el que la capital vizcaína se anexionó su superficie para continuar con la expansión de la villa.

La personalidad artístico-laboral del padre de Plácido -innovador del procedimiento de ejecución del damasquinado- y de Daniel -gran ceramista, nacido del tercer matrimonio, cuyas obras causan admiración y alabanza- es acreedora de una amplia biografía, todavía pendiente de ser publicada, puesto que sus amplísimos conocimientos en distintas facetas del arte así lo exigen. Algunos períodos de su activa existencia, como muchas de sus obras, se detallan en el volumen .

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