«Cuando te apuñalan no sientes nada por la adrenalina y el miedo»

Emma Larreta fue brutalmente agredida por su ex pareja, que la acuchilló hasta en 27 ocasiones en pleno centro de San Sebastián. Un año después, cuenta lo que ha vivido

LIDE AGUIRRE|
«Cuando te apuñalan no sientes nada por la adrenalina y el miedo»

Nadie diría lo que ha vivido. Cercana y risueña, sólo una alargada cicatriz que perfila su mejilla derecha desde el mentón hasta la oreja recuerda que el 2 de abril de 2007 su ex pareja, un joven dominicano de 31 años, le asestó 27 puñaladas en pleno centro de Donostia. Año y medio después, ya recuperada de sus heridas Emma Larreta, de 33 años, ha decidido conceder su primera entrevista personal. «Hasta ahora, estaba tan ocupada sobreviviendo físicamente que no me ocupé de la cabeza. El bajón psicológico, llega ahora».

- Parece encontrarse muy entera para todo lo que ha sufrido.

- ¿Sabes por qué estoy así? Porque yo era así antes de la agresión, porque yo me tomo así cualquier problema o reto en mi vida. No hay otro secreto. Lo que me ha pasado, aunque ha sido muy traumático, no deja de ser otro escalón más de la vida. Este escalón, en vez de tener 30 centímetros tiene un metro cincuenta, pero es un escalón, y quien está acostumbrado a subirlos coge más impulso y lo supera. Me he esforzado al mil por mil por recuperarme y por estar bien.

- ¿Qué fue lo que ocurrió aquel dos de abril?

- Él, Ramón, vino a la tintorería donde trabajaba. Hablamos. Me preguntó que por qué le había puesto una denuncia el día anterior. Le dije que me tenía que respetar, que no se había portado bien conmigo el sábado en una sala de baile de Illumbe, que me dejara tranquila y estuviera tranquilo.

- ¿Y qué había pasado el sábado?

- Prefiero no entrar en detalles porque no sé cómo podría influir en el juicio pendiente. El domingo por la tarde puse una denuncia en la Ertzaintza. Y el lunes, en cuanto se enteró, aprovechó que estaba en el trabajo, en una tintorería, de cara al público, para venir. Tuvimos aquella conversación y se marchó.

- ¿A dónde?

- A comprar el cuchillo. Sé que quiso comprar uno más grande aún del que finalmente se llevó. Al vendedor le extrañó que se escondiera directamente el cuchillo entre las ropas y avisó a la policía. Mientras lo buscaban él venía hacia la tienda.

- Y entonces...

- No lo olvidaré. Entró en la tienda, se coló tras el mostrador y vino directo hacia mí. Empezó a acuchillarme. En microcentésimas de segundo me di cuenta de que sólo me salvaría saliendo de la tienda.

- ¿Y en la calle continuó?

- Sí. Yo era consciente de todo.

- ¿Incluso del dolor por las puñaladas?

- No, no sientes nada, ni una puñalada. Cuando te apuñalan, la adrenalina y el miedo son tan fuertes que no sientes nada. Sin embargo, fui muy consciente de lo que ocurría durante la agresión. No me abandoné en ningún momento. No me dejé morir. Pero me asombró la reacción de la gente en la calle.

- ¿A qué se refiere?

- No olvido que cuando me pusieron boca arriba en la carretera para meterme en la ambulancia, vi a dos adolescentes en un balcón de la calle San Martín, un chico y una chica, mirándome. El chaval, apoyado relajadamente observando la escena y ella arreglándose el flequillo con indiferencia. Solemos hablar del maltratador, pero no de la sociedad. Mientras era agredida nadie me ayudó.

- Excepto un escolta de una concejala que pasaba por allí, ¿no?

-- Sí. Pero hasta ese momento nadie hizo nada. Es tristísimo. Y pienso, 'pero vamos a ver, señores: ¿no tienen hijas, sobrinas, madre?' No te digo que te pongas a luchar con él, pero que aunque sea le des un grito, que le increpes.

- ¿Podía imaginarse que algo así le podía ocurrir?

- Jamás. Yo he vivido, he visto y aprendido mucho. Me quiero mucho a mí misma y me respeto, por lo que si hubiera visto algún indicio de falta de respeto hacia mí habría roto en ese mismo momento la relación. Aclaro que no he sido una mujer maltratada, yo he sufrido una agresión.

- ¿Le ha pedido perdón él?

- No. Ni nadie de su círculo próximo ni él han venido a decirme «qué tal estás». Nadie. Pero bueno, peras al olmo no se le puede pedir.

- ¿Cree que se arrepiente?

- Sí, de no haberme matado a pesar de todo su esfuerzo. Para su entorno cercano, Ramón está en la cárcel por mi culpa. Para ellos 'algo le haría yo para que me agrediera', porque él era 'un pan de Dios y lo que pasó fue que 'se le montaría el demonio encima'. Ahora me ven de esta manera, recuperada, y en vez de decir 'cómo te has tenido que esforzar para estar así', quieren pensar que no fue nada. Pero ahí están los informes, las operaciones, las horas y horas, y meses y meses dolorosísimos de rehabilitación. Mira, el día dos de abril Ramón me intenta matar. El día diez ya está circulando una carta en la que su círculo próximo relata que lo que él había hecho «le podía pasar a cualquiera». Pedían dinero para contratar a un abogado muy bueno y conseguir así una reducción de condena. Se me hundió el mundo. Yo me he tenido que gastar en un año y medio todos mis ahorros en mantenerme sin trabajar, a mí y a mi hijo, que tenía dos años y que no lo pude ni coger en brazos durante siete meses. Tuve que contratar a una persona que nos cuidara. Me tenían que bañar, dar de comer...

- ¿Tiene ahora miedo a las relaciones sentimentales?

- No. Lo que ha pasado lo ha hecho una persona puntual únicamente. Me encantaría enamorarme, tengo mucha ilusión de encontrar a mi pareja. Hay hombres maravillosos, mis mejores amigos son chicos, no me queda una mala sensación sobre los hombres. A Ramón ya le dediqué mi tiempo. Ahora no tengo ninguna relación con él.

-¿De qué manera vivió su hijo la agresión?

-Afortunadamente, cuando ocurrió, mi hijo iba a cumplir dos años, por lo que no se dio mucha cuenta, se acostumbró a que 'la ama tiene miña y no me puede coger en brazos'. Me vio malita. Mi estado era un poco escandaloso, por las escayolas. Pero fui avanzando.

-¿Cómo se puede avanzar después de un suceso tan tremendo?

-Me lo planteé poco a poco. Lo primero que pensé fue, ¿qué tengo que hacer? Arreglarme la mano. Y puse toda mi energía en ello. Después, el brazo. Y así continuamente. Pensaba, ¿yo? ¿quedarme como un vegetal con toda la vida que me queda por delante? No me da la gana. Ni me planteé que no me iba a quedar bien. Soy tan curiosa, me gusta tanto la vida, sé que me van a pasar tantas cosas, que cómo me las voy a perder, es que me da algo. Pero, por más que te quieran ayudar desde afuera, la decisión la tiene una misma. Aunque la infraestructura humana exterior sea importante, la voluntad ha de ser personal. Yo dije «me tengo que curar», y puse todo mi empeño en hacerlo. Eso sí, fueron meses de rehabilitación, y viví unos dolores insoportables.

- ¿Y psicológicamente?

- Estaba tan ocupada curando mi cuerpo, que prioricé y dejé un poco de lado lo que había sucedido. Me lo tomaba, no sé, como un accidente o algo similar. Yo quería verme bien. Y mi objetivo era que mi familia y amigos no me vieran mal. Fíjate, quería que me arreglaran el pelo y el rostro para estar guapa en el hospital. Y no por superficialidad, no. Yo quería ser como antes, la de antes, y lo que tenía sano tenerlo bien puesto. Lo malo es que el bajón psicológico viene ahora. Antes, estaba tan ocupada curándome físicamente que relegué la cabeza a un segundo plano.

-¿Cómo afronta el futuro?

-Con ilusión. Siento angustia, siento muchas cosas, pero por mi manera de ser, quiero tirar hacia adelante. Tengo cierto temor al juicio, a que no se haga justicia, pero no a ver a mi ex pareja. De hecho, quiero que me vea y que me escuche. He pedido a mis amigos y familia que no me dejen flaquear.