El whisky salvó el capitalismo

Cuando EE UU abolió la 'ley seca' para recaudar impuestos, muchos bancos en quiebra se convirtieron en bares

J. MUÑOZ
Al Capone, en el centro, rodeado de agentes del FBI, tras ser acusado de evasión de impuestos en 1931. /AP/
Al Capone, en el centro, rodeado de agentes del FBI, tras ser acusado de evasión de impuestos en 1931. /AP

Cuando estalló la crisis de las , durante el verano de 2007, la Gran Depresión era una cuestión académica. Hoy provoca una inquietud general, aunque la gente ignora que no todo fueron penalidades en la década de los treinta. Sin ir más lejos, el presidente Franklin Delano Roosevelt abolió la 'ley seca' en 1933, nada más llegar a la Casa Blanca, y los norteamericanos por fin pudieron beber toda la cerveza y el whisky que quisieron, sin preocuparse de la Policía. La medida produjo un efecto curioso: cientos de bancos que habían quebrado después del bursátil de 1929 se reconvirtieron en bares y licorerías, ya que en los tres años siguientes las autoridades no habían acudido en ayuda del sistema financiero, como sí ha ocurrido en nuestros días.

La prohibición del alcohol en Estados Unidos fue introducida en 1919 por la presión de movimientos protestantes de signo conservador que asociaban la bebida con el absentismo laboral, con la cultura de los inmigrantes no anglosajones y con el ambiente cosmopolita de las ciudades industriales. La 'ley seca', que en el sur fue apoyada violentamente por el Ku Klux Klan, logró que los tradicionales salones frecuentados por obreros masculinos entraran en declive; pero los jóvenes blancos urbanos empezaron a acudir a bares clandestinos donde la presencia de ambos sexos, el contacto interracial y la libertad sexual eran normales. En pocos años, el tráfico de licores y los negocios ilegales vinculados con los garitos multiplicaron la influencia del crimen organizado y lo convirtieron en el poder fáctico que hoy conocemos.

«Nuestro sistema americano -dijo el gángster Al Capone en una entrevista concedida en 1929-, le llamemos capitalismo, le llamemos americanismo o le llamemos como quieran, nos da a cada uno de nosotros una gran oportunidad, y nosotros sólo la tenemos que tomar con ambas manos y hacer todo lo que podamos con ella».

Cuando la economía estadounidense se hundió en la Depresión, las consecuencias de la 'ley seca' habían generado un amplio movimiento de rechazo social y político, así que el presidente Roosevelt y su equipo de colaboradores decidieron que ya era suficiente: los impuestos que se podían recaudar con el alcohol eran útiles para financiar los planes de emergencia económica e intervención estatal. Sólo en Chicago, el comercio ilegal de licores había producido 8.000 muertes entre 1920 y 1933. En 1927 se contabilizaron en todo el país 50.000 fallecidos por consumo de bebidas adulteradas, sin contar a los que quedaron ciegos o paralíticos.

Pero la abolición no sólo acabó con el de las destilerías ilegales, sino que tuvo efectos colaterales. Las bandas mafiosas se pasaron a las actividades que se habían propagado al calor de la prohibición: la prostitución, las apuestas ilegales y la droga. Así han mantenido su poder hasta ahora. El lugar que dejaron libre en la hostelería fue ocupado en muchos casos por antiguos negocios bancarios que se habían ido a pique a causa del pánico finaciero y que salieron del paso con la venta legal de whisky.

La conexión entre las finanzas y el alcohol se está repitiendo ahora. Muchos de Wall Street que han perdido su empleo y que no reciben ofertas del sector financiero se están matriculando en escuelas de hostelería. En la New York Bartending School, las inscripciones han aumentado casi un 20%, y según el director de ese centro, el incremento se debe a la afluencia de ex profesionales de las finanzas golpeados por la crisis.

Incautos arruinados

Para graduarse como barman deben aprobar una prueba escrita y preparar veinte cócteles en siete minutos. El examinador puede elegir entre una lista de doscientas recetas que incluye el y el . El primero es vodka con frambuesa y el segundo, una mezcla de licor de southern comfort, ginebra de ciruelo silvestre, zumo de naranja y lima, entre otros ingredientes que recordarán a los la abigarrada composición de los fondos estructurados.

Durante la Depresión, mucha gente también sintió la necesidad de ahogar las penas en alcohol, a un lado u otro de la barra, mientras los economistas de Roosevelt consideraban los beneficios fiscales de que tal costumbre se extendiera. Estados Unidos había tardado tres años en tocar fondo después del desastre de 1929, que vino precedido de una burbuja inmobiliaria en Florida. Algunos incautos compraron a crédito fincas situadas a kilómetros de la línea de playa.

El derrumbe posterior de la Bolsa arrastró a millones de norteamericanos endeudados y colapsó la economía. Cuando Roosevelt ganó las elecciones presidenciales, a finales de 1932, llegaron a contabilizarse 12,5 millones de parados en todo el país. Aquel periodo, que hoy se recuerda como el , fue tan traumático que, en la primavera de 1933, la Casa Blanca empezó a tomar medidas como si se enfrentara a una guerra. A ese conjunto de medidas se le conoce como los Cien Días del New Deal (nuevo trato).

El Congreso celebró sesiones especiales para aprobar, en cuestión de semanas, una ley de ayuda a las entidades financieras, un plan de repoblación forestal para dar empleo a tres millones de jóvenes, así como otra ley de apoyo a la agricultura, pues los granjeros no podían pagar las hipotecas y habían amenazado con linchar en público a los directores de banco. Del mismo modo, los habitantes de las ciudades pudieron refinanciar los préstamos de sus viviendas. Los programas gubernamentales de obras públicas y de empleo tomaron impulso y se negoció una ley para relanzar la industria.

Fue el comienzo de un giro histórico hacia un mayor protagonismo del Estado que requirió ingentes cantidades de recursos estatales. La decisión de aprovechar los impuestos del whisky y la cerveza, adoptada en aquellas mismas fechas, ayudó a Roosevelt a cuadrar el presupuesto federal y, con otros grávamenes de nueva creación, contribuyó a salvar el capitalismo de su descrédito moral y social... Los economistas del New Deal comprendieron que, en épocas de penuria, es aconsejable beber a la salud del libre mercado.